El impagable don de la desocupación

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¡Qué mala fama tiene la pereza! Siempre considerada pecado o lacra.

Y qué difícil distinguirla de la desocupación.

Parecemos obligados a actuar, a movernos, correr. Aunque casi siempre sea como pollos sin cabeza.

Y sí, todos llevamos un perezoso dentro, un pequeño o gran vago, deseoso de tomar las riendas de nuestra vida, de impedirnos avanzar, y agotarnos, que nos engatusa con la idea del descanso y la comodidad. Huir de complicaciones y esfuerzos, escapar de obligaciones y culpas, no hacer nada, o hacer oídos sordos a los que nos recriminan nuestra perezosa inactividad.

De acuerdo, la pereza es una tentación pero, en el fondo, tampoco parece tan deseable. Algunas personas son capaces de vegetar permanentemente, de mantenerse indolentes en una mera contemplación casi pasiva, sin raciocinio ni la más mínima actividad física. Pero creo que abundamos más los que, al margen de los necesarios descansos, siempre tenemos planes en la cabeza, los pies o las manos. ¡Hay tanto que hacer y tan poco tiempo para llevarlo a la práctica! Tanto que es un crimen dejarse arrastrar por la pereza, galbana, desidia, vagancia, gandulería, holgazanería, dejadez, desgana o simple apatía.

La mayoría de los seres humanos necesitamos actividad, pero no cualquier actividad.

Personalmente, siento lástima por aquellos individuos, cada vez más abundantes en nuestros días, que parecen correr constantemente, sin respiro pero hacia ninguna parte que uno pueda imaginar aun poniendo en la deducción todo su intelecto. Esa gente que trabaja sin descanso por un sueldo, o una fortuna, para sacar adelante un trabajo, una empresa, fábrica u obsesión que absorbe todo su tiempo y buena parte de su vida. Me dan pena esos ancianos que no pueden dejar de trabajar en la rutina que han seguido toda la vida, alienados, atados a un trabajo capaz de anular sus sueños tanto como su personalidad. Personas que se deprimen cuando se jubilan, o los jubilan. Individuos que se pasan años renegando de su empleo para luego echarlo en falta. Que habrían deseado, quizá, nacer más tarde para poderse jubilar, según el ridículo signo de nuestros tiempos, marcados por unas supuestas necesidades económicas que nada tienen que ver con las personales, con sesenta y siete, setenta años, o morir con las botas puestas, al pie del cañón en su obra, su mostrador o su tétrica y miserable oficina. ¡Qué tristes vidas las que se arrastran por este mundo siguiendo solo deseos y normas ajenos!

Y, claro, también siento pena por mí si me comparo con aquellos otros que no deben someterse a más servidumbres que las que ellos se imponen. Algunos por la propia fuerza de carácter y al margen de cualquier condicionante ambiental. Pero me fijo, ante todo y con cierta envidia, en aquellos que pueden permitirse no trabajar para nadie, o hacerlo para sí mismos sin tener que llamarlo empleo u ocupación, sin que se les convierta en rutina, obligación o necesidad. ¡Quién fuera uno de esos desocupados! No un triste parado o desempleado que busca, casi siempre con la desesperación de las estrecheces y la necesidad, cualquier ínfima fuente de ingresos con la que alcanzar una mínima e inestable seguridad material.

Yo quiero para mí el impagable don de la desocupación. Quiero disponer de mi tiempo sin tenerlo que vender a cambio de dinero. No se trata de ser rico o de huir de las obligaciones. El sueño dorado no es ese, sino el de poder dedicar el tiempo a lo que consideres oportuno y pertinente, sin tenerte que someter a un jefe, un sueldo, un ritmo más impuesto desde fuera que por ti mismo.

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¿Habría podido mi admirado Charles Darwin desarrollar su teoría de la evolución, pergeñar siquiera su libro, si no hubiera dispuesto de tiempo y recursos casi ilimitados para ello? Buena familia, buen matrimonio. Bien es cierto que realizó un agotador viaje alrededor del mundo, sometido a la autoridad castrense de un capitán y unas obligaciones, pero entonces y luego tuvo tiempo más que de sobra para meditar y escribir. Incluso obtuvo buenos beneficios con la redacción de su personal crónica de aquel viaje aventurero. ¿Acaso no intuyó los mismos principios su amigo Wallace? Quizá no poseía su talento, sus dotes naturales o su carácter. Pero, en ocasiones, me inclino a pensar que a Alfred Russel Wallace le fallaron la familia y los dineros antes que el deseo o el intelecto. Ni su formación ni su trabajo fueron tan cómodos como los del primero.

¿Y qué decir de un Marcel Proust, capaz de arrastrar las palabras y los detalles casi hasta el infinito? ¿O de un Borges meditando cada palabra de un cuento de cuatro páginas? ¿Podrían haber desarrollado sus obras si no hubieran sido unos desocupados?

Sí, ya sé que, en muchas ocasiones, el talento y el arte se manifiestan con especial intensidad ante la adversidad, cuando el individuo es sometido a presión. La historia está llena de genios de toda índole maltratados por el mundo, la vida y las penalidades. Pero uno no se cambiaría por ellos tan alegremente como por cualquiera de los desocupados anteriores.

¿Qué importa que muchos desocupados malgasten su tiempo, el dinero heredado y su propia vida dedicándolos al hedonismo o la más vacua indolencia? ¿Acaso no hacemos lo mismo casi todos los desgraciados que vendemos nuestro tiempo y empeñamos nuestras ilusiones por un plato de lentejas?

Pues entonces, dejadme seguir admirando a esos grandes desocupados que pudieron encontrar la inspiración en la pausa y la meditación antes que en la espada de Damocles que tan pocas satisfacciones da en vida tanto al que obtiene el éxito como al que sufre el fracaso. Los que dicen que el sufrimiento purifica el espíritu y fortalece el carácter de las gentes tal vez tengan razón, pero no creo que quien posee el impagable don de la desocupación estuviera dispuesto a cambiarse por ninguno de esos talentos forjados en el dolor.

La pereza puede ser un vicio pero también parece demencial ese continuo afirmar con pleno convencimiento que el trabajo es salud. Puestos a repetir mantras, me quedo con los de tipo plácido y meditativo.

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De música, por ejemplo

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Los Grammy no tienen la culpa, creo, de lo siguiente.

¿Por qué no de música? ¿Por qué no de pintura? ¿De matemáticas? ¿Siquiera de arquitectura?

Los premios Nobel, tan valorados como subjetivos y peculiares, que excluyen por igual casi todas las artes y algunas ciencias. La omisión de estas últimas hasta parece razonable. En tiempos de Alfred Nobel la Biología y la Geología, las grandes olvidadas de los premios, al margen de sus conexiones con Medicina y Fisiología, Química o Física, que han dado varios galardones a algunos investigadores, puede explicarse fácilmente porque ambas ciencias eran recién nacidas, apenas salidas de aquel viejo nido de la poco científica Historia Natural de otros tiempos. Pero, si las artes en su conjunto son excluidas de los premios, ¿por qué sí aparece la Literatura entre ellos? ¿Por qué, apareciendo las dos ciencias duras por excelencia, más la primera que la segunda, Física y Química, no se concede un Nobel a la madre instrumental de ambas, las Matemáticas? ¿Por qué hay un Nobel de la Paz y no de Ciencias Sociales, como la por entonces bien asentada Historia? O la veterana Filosofía, tal vez devaluada para un empírico positivista como el sueco. Y, ¡qué curioso! Aunque no hubo Nobel de Economía, sí surgió la ocurrencia de inventar un sucedáneo suyo, por el Banco de Suecia, al que, oficiosamente, se asigna el mismo valor.

Uno piensa que tales peculiaridades pueden resolverse estudiando la historia —volvemos a uno de los Nobel sociales olvidados— del premio y su autor. Pero el relato frío, pretendidamente objetivo, tampoco termina de explicarnos las omisiones. Como tampoco el más voluntarioso lector acaba de comprender algunos de los ganadores, candidatos y olvidados de su ya centenaria historia.

Es muy conocida la leyenda que acompaña al nacimiento de los Nobel. Su creador, desde ultratumba, a modo testamentario, se sentía culpable por haber dado al mundo herramientas tan poderosas como para ser convertidas, a sabiendas, en armas, como la primera pólvora sin humo o balistita, más allá de su archiconocida dinamita, deudora de las algas diatomeas, que le hizo de oro aunque no llegó a tiempo de salvar a su hermano. Menos personas conocen las ínfulas literarias del sueco. Ávido lector desde su juventud, autor de muchos poemas —casi todos destruidos por él mismo— y de un drama que nunca llegó a estrenarse y la mayoría de cuyas copias desaparecieron —Némesis, de la que ya hay versión en castellano—, no es extraño que, de entre todas las artes, solo quisiera premiar a su predilecta, de la que se consideraba partícipe: la Literatura. Ahora bien, no cualquier obra literaria sino que, según él mismo dejó indicado, pero en absoluto explicado, debía premiarse a las obras de género idealista, lo cual casa poco con algunos nobeles actuales y, al tiempo, parece explicar ciertas omisiones y algunos galardones. Aunque sospecho que tienen más que ver en ello quienes cuentan con derecho a realizar las propuestas. Igual que resulta llamativo que el señor Nobel indicara que los premios debían ser para los hallazgos del año anterior, si bien parece lógico el aplazamiento hasta comprobar que el fabuloso descubrimiento queda asentado y admitido, no vaya a ser que en estos tiempos acelerados se dé el nobel de física a la fusión fría antes de descubrir el error.

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¿Y el de la paz? Curioso pacifista el señor Nobel, dotando al ejército italiano con su balistita y fomentando ambiciones imperiales rusas entregando sus técnicas petrolíferas a las gentes del zar, de tan liberal perfil. Pues sí, pacifista y relacionado con pacifistas, como su amiga la condesa Von Suttner, que mucho debió de tener que ver con la decisión. Y, ya puestos, ¿por qué no dejar que sean los amigos noruegos, socios por aquel entonces y confederados de los suecos, los que lo entreguen? Pues eso, por qué no.

Pero de Matemáticas o de Música no, ni de Filosofía o Historia. Ni de Biología o Geología. Conque no es de extrañar que se pueda entregar un Nobel de Literatura a un cantante como el idealista Dylan, el de la paz a enemigos irreconciliables de cualquier pelaje o el de química a Otto Hahn pero no a Lise Meitner. Y se asume que un fallecido no pueda llevarse un premio. Se comprende que teorías tan secundarias como la Tectónica de Placas o la Teoría de la Evolución apenas hayan merecido galardones. Y que cualquier decisión, como en casi todos los premios, acabe siendo tan subjetiva como discutible.

Es lo que tiene organizar unos premios personales y que alcancen solera. Al final, todo el mundo venera a los premiados y se olvida, o casi, de los que, merecida o inmerecidamente, quedaron sin obtenerlos.

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Ciencia ficción

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Reconozco que el nombre no es afortunado. Tampoco otros con los que se ha pretendido sustituir el calificativo como ficción especulativa, novela de anticipación o especulación científica. Pero no entiendo realmente por qué tiene tan mala prensa, en ciertos ámbitos, un género literario capaz de brindarnos auténticas joyas, de contenido tanto como de estilo.

Me temo que la culpa es, no sé si a partes iguales o asimétricas, de la falta de imaginación de muchos tanto como de la popularización, a través del cómic y el cine, de ciertos estereotipos de subgénero. Si nuestra imagen de ciencia ficción son los superhéroes de tebeo y cine, la guerra de las galaxias que eran estrellas y sus sucedáneos, o cualquier película de acción situada en un escenario futurista, pues resulta que no tenemos mucha idea de lo que es la ciencia ficción.

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El género es bien antiguo. Basta con encontrar un texto en el que se especule razonablemente sobre un futuro plausible para que podamos hablar de inclusión. En todo caso, se suele hablar de Kepler y Bergerac como antecedentes del género, aunque, sobre todo en el mundo anglosajón que hoy en día todo lo influye, se considera a Mary Shelley con su Frankenstein la auténtica madre de ambas criaturas literarias: monstruo y variedad literaria. Si bien es Julio Verne, gracias a sus visionarias novelas tecnológicas, el mundialmente reconocido padre del género y quien, al tiempo, le dio popularidad. Con muy dignos sucesores como H. G. Wells, la recién nacida ciencia ficción mantuvo su éxito y lozanía, al margen de la proliferación de aventuras espaciales o el auge de folletines, gráficos o cinematográficos, como el famoso Flash Gordon que aún divierte recordar. En nuestro país, algo más tarde, el género creó escuela, con personajes como aquel coronel Ignotus que hoy da nombre a ciertos premios que van adquiriendo solera. Ya avanzado el siglo XX surgen autores que engrandecen la ciencia ficción y le dan entidad propia. Ficciones que permiten hablar de un género duro, esa hard sience fiction de los sajones, de la que me declaro admirador, tanto en su vertiente meramente tecnológica como en la social y hasta filosófica.

Habrá quien ningunee a tales autores y sus obras. Y, sin embargo, pocos de los que reniegan de la ciencia ficción y la tachan de infantil, absurda o intrascendente habrán leído a Simak, Clarke, Asimov, Bradbury, Keyes, Farmer, Varley, Herbert, K. Dick, Le Guin, Banks o Bujold, entre tantos otros representantes del género, sin olvidar clásicos que, quizá por ello mismo, algunos se empeñan en negar que pertenezcan a esta categoría como Orwell, Golding, Huxley. Es como si yo me pongo a criticar la novela histórica porque solo he leído pastiches y bestsellers.

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Ahora que hay mil variantes y escuelas, cuando proliferan los subgéneros y se diversifican, ni los más fanáticos pueden estar al día de todo lo que se escribe. Y claro, entretanto, los negacionistas y adalides del realismo de vía estrecha, se empecinan en afirmar que la ciencia ficción fue una moda pasajera ya concluida y que sus logros, conceptuales y literarios, son más bien escasos, si no nulos. Quizá piensan que space opera o cyberpunk son meros insultos o, peor aún, que es en ciertas películas donde han alcanzado su máximo exponente.

Sea como sea, predicar entre esa gente o hacer proselitismo de la ciencia ficción carece de objeto. Sin imaginación no puede valorarse demasiado lo que la suele incluir como bandera. Pero a mí, personalmente, hay algo que me sorprende mucho más que ese rechazo del ignorante o el incapaz. Resulta que a muchos de los que dicen aborrecer la ciencia ficción, el terror o lo fantástico, les encandilan todo tipo de patochadas pseudocientíficas y, en sus sesudas conversaciones, todavía incluyen admirativos comentarios acerca de Freud, el karma o la adivinación. Y no digamos ya lo que es el summum, a mi juicio, de la mentecatez, los que se confiesan devotos seguidores de esa ciencia tan exacta llamada economía, que no llega al nivel de ciencia blanda, ni al realismo de la ciencia ficción dura, pero que convierte modelos imprecisos e interesados en verdades absolutas y nos hace aceptar, sin espíritu crítico, que solo existe un modo razonable de realizar la gestión de los recursos y que hacer crecer la economía no significa aumentar la cantidad de materia, energía e información —únicos parámetros físicos en los que debería sustentarse la valoración—, que la redistribución de la riqueza es secundaria o que la cifra importa más que las personas a las que debería servir. Y es sorprendente, cuando no increíble o sonrojante, observar cómo se aplaude a los supuestos gurús que aparentan saberlo todo y se ignora que las premisas y acciones emprendidas a partir de ellas solo favorecen a una minoría, una especie de oligarquía plutócrata, mientras el común de los mortales queda al margen del cacareado progreso o se limita a repartirse migajas.

Si no se tratase de un asunto tan serio, causaría verdadera hilaridad el comprobar que muchos de los que creen a pie juntillas en esta aspirante a ciencia se burlan de la ciencia ficción literaria, por ajena a la realidad o despegada de ella, sin darse cuenta de que la suya es aún más fantasiosa y, por desgracia, trascendente y determinante en sus consecuencias.

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Mala educación

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Elías no entendía a sus hijos. Tiempo atrás perdió la esperanza de comprender. Pero todavía lamentaba haber alcanzado ese punto. Y no lograba explicárselo cabalmente. La madre, su Casilda que en paz descanse, lo llevaba mejor. También usaba bastante el corazón y él, por decisión propia, trataba de ser más cerebral.

Ambos se marcharon del pueblo a la ciudad cuando jóvenes. Años sesenta, posguerra más lejana que las recientes estrecheces y miles de oportunidades en un mundo cambiante donde se imaginaban perros atados con longanizas o casi.

Pueblos distintos. Igual podía haber sido el mismo. Para el caso, pocas eran las diferencias.

Gente humilde, inculta, buena, trabajadora, religiosa. Son adjetivos que parecen indicar poco acerca de sus portadores. Pero es que Elías y Casilda no eran especiales. Personas de su generación, formadas durante poco tiempo en la escuela bajo la doctrina fascista y en familia con escaso esmero y mucho ocultamiento.

Ambos deseaban un futuro mejor para sus hijos, Francisco y Jesús. Trabajaron como mulos, el uno fuera de casa, la otra a ratos fuera y siempre dentro, para sacarlos adelante y darles ese soñado porvenir. No querían que sus chicos fueran unos desgraciados. Los niños debían estudiar para progresar. Convertirse en médicos, abogados, ingenieros, siquiera maestros de escuela. Pero no destripaterrones como el padre. No bastaba el esfuerzo para cambiar de clase social y, más importante, de soldada. Hacía falta cultura para tener un trabajo respetable, de los de pensar.

Los chavales les salieron buenos y aplicados. Obedientes y sensatos. No unos rebeldes, o de esos que acaban en drogas y malas compañías. Con esfuerzo y sacrificio, los padres el físico del trabajo y las pequeñas privaciones, los chicos con codos y mucha constancia, estudiaron carrera. El uno se hizo químico. No se supo de dónde le vino el interés. El otro filósofo, otra inutilidad que, al cabo, le permitió ser profesor. Elías y Casilda pudieron sentirse orgullosos de sus vástagos. ¡Anda que no presumían de lo lejos que habían llegado en comparación con otros del pueblo de cada cual o del barrio!

Ambos hijos se colocaron razonablemente bien, aunque no exactamente de lo suyo. Los dos se echaron novia formal y, con el tiempo, se casaron y hasta los hicieron abuelos. Padres e hijos podrían haberse considerado razonablemente satisfechos con su vida. Pero no Elías, no del todo. Ni Casilda, aunque menos. Porque para ambos quedó una espinita que los mortificaba mucho más de lo que demostraban.

¡Y es que los hijos se les habían vuelto ateos!

Elías siempre recordaba las palabras de don Braulio, el cura del pueblo cuando mozo:

—Las letras solo sirven para hacer pecadores y ateos.

La curiosidad y el pensar no eran santos de su devoción. Quien sabía demasiado no lo usaba para nada bueno.

El cura murió hacía mucho, pero sus palabras perseguían a Elías, dándole que pensar y que sufrir. Él sabía que sus chicos se estaban condenando por su culpa, y de su Casilda, por buenas que hubieran sido sus intenciones.

Ellos intentaron inculcar la fe a los chicos. Ambos hicieron la comunión llenos de ilusión. El mayor hasta se confirmó. Pero luego se fueron apartando de la iglesia, de la misa, de la fe. Al ritmo que progresaban sus estudios.

Ninguno bautizó a sus hijos. Dos nietas y el pequeñín, ninguno cristianado. ¡Qué iba a ser de aquellas pobres criaturas! Y de nada servía porfiar o tratar de convencerlos. No entraban en razón, o entraban demasiado y Elías no podía seguir sus argumentos. Le ofendía cuando le hablaban de la Navidad como Solsticio o sustituto de las saturnales, de Krisna, Adonis. Lo sublevaba que se tomasen a broma la liturgia. Que le hablasen, en tono erudito y como a un niño, de los cismas de oriente y occidente, de “fallos” de la Biblia, de influencias grecolatinas del Evangelio. Al tiempo que lo confundía.

Él solo entendía que sus hijos eran unos herejes. Buenos chicos, sí, pero ateos, o añósticos, como decía el pequeño. Por ganarse la cultura, el jornal, la posición social y económica, también por el orgullo de los padres, Francisco y Jesús se habían perdido, alejándose de la fe católica.

El cura del barrio tampoco entendía. Elías le confesaba sus preocupaciones, su culpa, y el otro le hablaba del laicismo imperante, como si aquello lo sacara de pobre.

¿Y qué iba a hacer él? ¿Enemistarse con los chicos? ¿Llevarse a los nietos en secreto a la pila bautismal, aunque fuera crecidos y todo? No podía. Intentaba hacerlos entrar en razón. Procuraba no irritarlos, no convertirse en objeto de sus burlas o lecciones. Y lloraba. Y hablaba, en sus oraciones, con su Casilda, que en paz descanse. Y pedía a Dios, Virgen y Santos que iluminaran a los rapaces. Aunque cada vez lo veía más difícil. A él le quedaba poca vida. Por más sacrificios que ofreciera, sentía que sus rezos y llantos caían en saco roto. También entendía que Dios lo probaba, y a toda la familia. Y confiaba en que, tarde o temprano, cuando él ya hubiera muerto pensándolos en pecado mortal, sus hijos, los buenos chicos que criaron él y Casilda, recuperarían la fe y la extenderían a los nietos. Los caminos del Señor son insondables. Pero qué tristeza, qué pena ver que se le habían malogrado con los libros, con el estudio que ellos les inculcaron sin saber las terribles consecuencias que tendría para sus almas.

—Señor, sabes que nunca pido nada para mí —murmuraba Elías cada domingo ante el altar, tras la misa—, pero a ellos no me los abandones…

Y así fabricaba la débil esperanza que se le difuminaba durante la semana.

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El padre O’Harac

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No, no voy a hablar de religión. Salvo que alguno considere que el fenómeno de los fans y seguidores acérrimos se incluye en esa categoría.

Para quien no lo sepa, el curita del título es una creación de los incomparables Les Luthiers. Una humorada, una broma musical de las suyas llena de más contenido que muchas novelas y profundos ensayos.

O’Harac aparece durante la introducción de “Cartas de color”, cuando el protagonista va relatando por carta, a su tío, sus andanzas durante su particular destierro americano. Yogurtu quiere triunfar en el mundo de la canción y entra a formar parte del coro del susodicho reverendo O’Harac, con quien no pasa la prueba de ingreso pues todos los miembros cantan como él mientras que Yogurtu… digamos que va por libre.

¿A qué viene todo esto? A que estoy empezando a sentirme muy harto de la proliferación de reverendos O’Harac que tratan de enlatar el talento ajeno obligando a todos a que canten exactamente como ellos. Hablo en sentido literal y también figurado. No todo el asunto trata de voces cantando.

Por una parte se nos inculca lo maravillosos que podemos llegar a ser en cualquier faceta de la vida si nos dedicamos a ella con empeño. En plan hacerse pivot de la NBA si eres pigmeo o cosa semejante.

Al margen de autoayudas, coaching y demás “recetas”, está claro que uno no puede ser todo lo que pretende ni con el excelso lucimiento que desearía. Pero esto tampoco es el meollo del asunto al que quiero llegar, aunque sí se acerca.

De boquilla, por intereses de cualquier índole o por simple estupidez, se nos anima a ser originales, distintos, rebeldes incluso. Y uno empieza a pensar que, en los casos más interesados, no se trata de dar valor al individualismo o a cada persona en particular, sino de evitar, en la medida de lo posible, que la gente recurra al a veces sano gregarismo para enfrentarse a algún poder superior. De tanto ir por libre, y en plan sobrado, al cabo nos olvidamos de asociarnos y nos masturbamos con el “Yo, mi, me, conmigo” del que no escucha ni ve lo que le rodea en el mundo.

Hay que ser imaginativos, especiales… Hasta horteras o imbéciles, con tal de destacar entre el rebaño. Y, sin embargo, después de tanto ponderar nuestra individualidad única, personal e intransferible, junto con el mensaje de la originalidad se nos inculca también el de la necesaria emulación. ¡Hay que hacer las cosas como fulano o mengano! Como el padre O’Harac.

Se pone de moda cantar y todo el mundo se presenta a las pruebas para convertirse en triunfito. Una vez seleccionado, hay que trabajar muy duro, aprender, ensayar, competir, hasta convertirse en el número uno… Cantando como todos los demás tras haber eliminado cualquier resto de la propia personalidad y las peculiaridades de tu voz. Hay que matar al ilusionado Yogurtu para obtener una nueva colección de padres O’Harac que cantan todos por igual. ¿Qué habría sido de esas voces rotas de los 80 como Rod Stewart o Bonnie Tyler? ¿Qué de Tina Turner o Joe Cocker? ¿De los más castizos Jaime Urrutia o Germán Coppini? Lo digo por poner un mínimo ejemplo. Ahora todos han de cantar por igual. Y preferiblemente las canciones al uso, repetitivas hasta la saciedad, clónicas, versiones de versiones de versiones, aunque lleven distinto título, letra y hasta algunas notas cambiadas. ¿Cómo no recordar esa máquina de componer canciones de 1984 que, en el texto de Orwell, tiene más de churrera que de inteligencia artificial?

Da igual que se trate de música, de concursos de cocina, ahora tan de moda, de tertulias de verduleras televisivas —a veces dicen hablar de política, o temas supuestamente serios, si no sesudos—, de deportes o de votar y pensar e informarse antes de hacerlo. Primero se nos invita a ejercer nuestra individualidad y luego —o quizás es antes— se nos mata la imaginación y cualquier tipo de iniciativa o peculiaridad. ¡Curiosa combinación! Ofensiva para ese constructo inasible y al parecer en franca decadencia al que llamamos inteligencia.

Por suerte, siempre nos quedarán Les Luthiers. Y los Yogurtus a los que nadie acepta en el coro.

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Escaparates (II)

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El animalito de la foto es un turón de pies negros (Mustela nigripes).

Estrictamente hablando, esta entrada no es una continuación de la anterior.

Pero sí que tiene relación con ella.

Esta cuestión, tan nuestra, del exhibicionismo, puede tener, y tiene, repercusiones bastante lejos del mundo humano.

No es que ahora vaya a hacer un alegato en favor de los animales para indicar que son mejores que nosotros en todo. Alguno, mal informado y por el hecho de que soy biólogo, pensaría que me pega bastante. Pero no. No es eso lo que voy a apuntar. Los animales son distintos de nosotros y, a mi juicio, eso de concederles una superioridad moral sobre el hombre es, cuando menos, bastante dudoso. Sucede que, como seres mínimamente racionales, contamos con una cierta conciencia y valores que obligan a exigirnos mucho más que a otras criaturas sobre las que, para su desgracia, ejercemos bastante poder.

Sí que podría mencionar el detalle de que, en cuanto al hecho en sí del alarde, hay numerosos animales que superan ampliamente al común de los humanos. Rituales de cortejo, camuflajes, engaños de muchas especies no van en absoluto a la zaga del artificio que nosotros podamos exhibir.

Pero tampoco es de esto de lo que pretendo hablar.

Sí diré que, entre los asuntos en que el fingimiento se ha vuelto pertinaz en la actualidad, figura, en lugar destacado, el del ecologismo de fachada. ¿A qué me refiero? Pues a la bonita bandera verde con la que ahora todos tratan de ocultar sus vergüenzas y engañar a los ignorantes. Políticos, empresarios y aprovechados de toda clase se apuntan al color verde. A todos, de boquilla, les preocupan notablemente el medio ambiente y cada una de las criaturitas que por él pululan, incluido, obviamente, el prójimo por cuya salud e integración ambiental todos postulan. Claro que el buen rollito de la mayoría de ellos termina cuando se les ve el plumero. Bien porque demuestran bien a las claras que su cartera es lo único que les importa, porque se descubre que no tienen ni puñetera idea de ecología, cuyo estatus de ciencia ni siquiera conocen o respetan, o bien por la conjunción de ambas circunstancias lo que, me temo, suele ser la norma.

Con el párrafo anterior sí que me he acercado al tema de este ensayo, pero aún no he llegado al meollo de la cuestión. Ni a los escaparates del título.

El caso es que, entre los que se consideran verdaderos ecologistas, también hay mucho papanatas que ni sabe ni se entera. Y que, entre los que sí lo hacen y defienden algún tipo de interés, es usual que haya competencia por los recursos limitados que podrán sufragar su correspondiente campaña, en perfecta consonancia con el medio natural que les preocupa y el medio artificial en el que nos desenvolvemos y peleamos los humanos. Particularmente, me interesa aquí hablar de los conservacionistas que tratan de preservar un ecosistema, un paraje o una especie y se esmeran en conseguir dinero para llevar a cabo sus proyectos. Como el dinero es limitado y no son muchos los donantes ni los políticos pacientes o concienciados con el tema, resulta que no hay pasta para proteger a todas las especies. Tampoco hay recursos para regenerar los paisajes ancestrales. Y, si a eso vamos, ni siquiera contamos con los conocimientos o la tecnología para recuperar esos ecosistemas vírgenes. Con lo cual, no son demasiadas la opciones que quedan. Igual que muchos se envuelven en la bandera del ecologismo, bastantes conservacionistas sinceros convierten una única especie en su bandera y es a ella a la que dedican sus esfuerzos y los medios que pueden lograr. Algunos justifican su elección indicando que la especie de cabecera es clave en el ecosistema y su conservación protege al entorno y a todas las demás especies. Otros, se limitan a defender la que les gusta, sin pretender justificar la elección en aras de un bien común.

Así las cosas, aunque todos sabemos que existen miles de especies en peligro de extinción, supuestamente protegidas por la legislación internacional y convenios como el CITES, no son muchos los animalitos que chupan cámara. Aún más escasas las plantas. Y de otros organismos, salvo excepciones que se justifican solo por supuestas utilidades presentes o futuras para la humanidad, mejor ni hablamos.

Cuando uno escoge su bandera, intenta que sea bonita e interesante. Puede causar ternura o dar miedo, pero no asco o grima. Conque se tiende a proteger, en primer lugar, a los vertebrados más vistosos, con predominio de mamíferos y aves. Pero, ¿alguien conoce una plataforma en defensa de los rotíferos o los priapúlidos? Incluso bichitos bien majos como las ranitas, tan bien consideradas ellas, lo tienen crudo para pillar una portada conservacionista. Está visto que, hasta aquí, hay que tener padrino para bautizarse.

Pues el turón de pies negros, animalito de aspecto simpático, adecuado para peluches y fotos, lo tenía crudo para sobrevivir. Como vivía en los EEUU, se propusieron salvarlo y parece que lo están logrando, pero no sin dificultad. Quedaban tan poquitos y la endogamia de la población es tan grande que, para aumentar la variabilidad del mustélido, se están planteando usar ingeniería genética y ADN de cadáveres para diversificar su información.

También el diablo de Tasmania está en peligro. Claro que, para su desgracia, no se parece al famoso Taz de la Warner más que en sus malas pulgas.

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Y como contraejemplo, de que los feos también se salvan, solo se me ocurre recurrir a vertebrados como buitres y el majestuoso cóndor, aunque cabe suponer que aquí el tamaño sí importa y el supuesto de que, al retirar fiambres, se los considera útiles. Me gustaría saber si el gallinazo cabeciamarillo —o aura, que, en ocasiones, tienen gracia los sinónimos— merecería idéntica consideración. O si las bonitas flores y mariposas pueden usarse, como un animalito de ojos grandes, para recibir ayudas conservacionistas.

El asunto de la fachada ya fue clave cuando se fundó la WWF (papá, o mamá, por aquello de ser una fundación, de nuestra antigua ADENA). Sir Julian Huxley, notable biólogo y pereteneciente a una notable saga de naturalistas, implicado en la fundación de dicha organización, consideró oportuno, junto con unos cuantos colegas, aprovechar la tesitura de la presencia de un hermoso y exótico panda en Londres para tomarlo como imagen icónica de la nueva organización. ¿Casualidad? Lo dudo. La circunstancia de que Chi-Chi residiera en Inglaterra resultó muy afortunada, pero estaba claro que la imagen no podía ser corriente ni fea. El panda peludito, mullido y de mirada triste da para estupendos peluches infantiles. Dejo para lectores más curiosos, o morbosos, que investiguen por su cuenta otras historias más truculentas que se cuentan en la red acerca de los orígenes de tan admirable organización.

Así las cosas, en el mundo natural también se estilan los pases de modelos para venderse y, puestos a buscar escaparates, solo unos cuantos animalitos y escasísimas plantas son capaces de convertirse en top models del conservacionismo. Y es que, hasta cuando nos ponemos voluntariosos y nos aprieta la moralidad, somos incapaces de olvidar nuestros prejuicios o, si se quiere, digamos que nuestra sensibilidad artística.

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Escaparates

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Vivimos en una época particularmente propensa al escaparatismo. No solo en los centros comerciales y las tiendas, que eso es obvio y natural dentro de nuestro sistema económico y, cada vez más, social. También, y eso es lo que me molesta, a nivel personal y humano: cada cual, individualmente o de forma colectiva como parte de algún grupo, trata de elaborar una imagen pública favorable que exhibir ante el mundo.

No digo que sea una novedad. En toda época las personas han estado preocupadas por su fama y buen nombre y se ha tendido, en no pocas ocasiones, a actuar de cara a la galería en vez de en conciencia, incluso en asuntos de vital importancia.

Pero es que hoy en día esta práctica del escaparatismo alcanza cotas insospechadas.

A nadie extraña que cualquier comercio exhiba una selección de productos debidamente ordenados como reclamo en su escaparate. Entendemos que un empresario de posibles contrate a un profesional del gremio, un escaparatista, para que atraiga a su local al mayor número de clientes con esa suerte de bodegón contemporáneo que es el escaparate de cristal. Pero no solemos llamarnos a engaño. Lo exhibido pocas veces va a ser una muestra realmente representativa de la variedad que encontraremos dentro de la tienda, ni los precios —si es que están reflejados en los artículos expuestos— van a ser los típicos de la mayoría de productos. Incluso aceptamos que algunas mercancías exhibidas no estén en almacén puesto que tenemos bien asimilado que el escaparate es un gancho, un reclamo más o menos lícito usado por el vendedor.

Pero causa pasmo que muchos individuos, a título particular, conviertan su imagen pública —sea esta de interés mediático o meramente la exhibida ante un reducido círculo de relaciones— en un auténtico escaparate, tan vistoso como falso.

¿Qué hacemos la mayoría de nosotros cuando nos mostramos en las redes sociales o en páginas personales como esta? Adornarnos, maquillarnos, embellecernos, ocultar defectos y vicios. En una palabra, engañar, aunque sea de modo más o menos inocente, por cuanto que uno ni se plantea que tal proceder pueda dar lugar a alguna consecuencia desagradable.

Parece normal, tan perdonable como los excesos de los escaparates comerciales. Y, sin embargo, con tales hábitos llenamos el mundo de mentira e hipocresía. Cuando un particular olvida sus valores o apetencias y se exhibe ante todos con una imagen pública fabricada a conciencia para agradar, ensalzando o inventando lo bueno y eliminando o alterando lo malo, el asunto puede parecer trivial y hasta divertido. Alguno, pillado en renuncio, puede avergonzarse, disculparse y hasta, en raras ocasiones, hacer verdadero propósito de enmienda. Pero, siquiera por una mera cuestión de grado, los personajes con renombre, o las corporaciones que representan, nos molestan bastante más cuando ejercitan ese mismo derecho a adornarse. Lo que para unos parecen mentiras inocuas y hasta un poco absurdas, para otros se convierten en planes perfectamente tramados y malintencionadamente ejecutados.

Que sí, que si te pillan en tu negocio, lo mismo te arruinas o bajan tus acciones. Rara vez se te condena al ostracismo, lo cual te hace pensar que entre pillos anda el juego. Pero nadie te quita lo bailao, aunque te pongan multas o, en contadísimos casos, te juzguen por las mentiras. Y, más frecuentemente, todo queda igual, disculpa mediante o, directamente, sin que nadie entone mea culpa o similar.

Nos podemos reír de aquellos Milli Vanilli que estafaron burdamente al público y los medios, pero muchos aficionados todavía no han perdonado el sentirse engañados y es de suponer que algún profesional de la música podía haberse llevado algún dinero vendiendo sus discos o haciendo galas en el lugar de aquellos granujas de medio pelo, aunque lucieran abundantes melenas que tampoco se sabe si eran verídicas. Los cantantes ocultos y sus sustitutos visibles y mediáticos me hacen recordar una escena de una película mediocre obra de uno de nuestros más grandes directores. Me refiero a “Moros y Cristianos” del inmenso Berlanga. En cierto punto de la película, la familia de turroneros que en ella aparece, los Planchadell, decide publicitar sus productos y, para ello, qué mejor que colocar carteles con una foto familiar que represente el negocio. Al verla, alguno dice: “qué feos son, deben estar malísimos”, en un rocambolesco razonamiento, tan absurdo como, desgraciadamente, cotidiano. Tras lo cual cambian los carteles por otros con una familia falsa pero de estupendo aspecto.

Claro está que la imagen es importante, a veces vital. Que se lo digan a las galerías de arte. A los propios artistas que, en ocasiones, basan su éxito tanto en su obra como en su peculiar imagen pública. Cuántos discos, libros o películas se convierten en éxitos a partir de una portada o un vídeo promocional. Cualquier lector que se acerque a estas líneas podría pensar en la portada de un disco que le impactó y lo animó a comprarlo. Incluso puedo imaginar a muchos que, sin conocer a Pink Floyd, identificarían al instante la cara de uno de sus discos con solo ver un prisma y un arco iris. Se me ocurre invitar al lector a que me indique alguno de esos discos que marcaron época por su portada. Si esto fuera una emisora de radio en vez de un vertedero de pensamientos, podríamos hacer un bonito concurso. Lamento decir que, en este caso, el único premio será mi sincero agradecimiento por la colaboración.

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Así las cosas, nos movemos entre lo necesario y lo impresentable. Como en tantas situaciones, los extremos suelen ser bastante inapropiados. Quien no se publicita ni se molesta en adornarse ante la sociedad que, lo quiera o no, lo va a juzgar, es casi seguro que no será visto con ojos favorables. Todo lo más, conseguirá pasar más o menos desapercibido si es ese su deseo. El que sobrepasa los límites de lo razonable, inventando y mintiendo, puede lograr esa imagen favorable y hasta labrarse una posición, pero se arriesga a ser descubierto y perder todas o parte de sus prebendas. Y, lo que a mi juicio es aún más importante, él mismo se traiciona y se perderá por el camino. No por dejar de ser quien era, sino por pretender no serlo y engañar a los demás, perdiendo la honradez al tiempo que el respeto por los demás.

En este punto de la exposición, podría hablar de políticos, de millonarios, de famosos de toda clase cuyos nombres me vienen a la imaginación. También de individuos anónimos con los que me he cruzado y hasta tengo cierto trato. Personas, en todo caso, que engañan con un fin. Sin importar medios o consecuencias. Incluso les da igual la desgracia ajena que provocan y hasta la muerte que puedan sembrar. Podría hablar de ellos. También podría mencionar todos esos negocios y servicios que nos engatusan con una fachada hermosa y falsa que oculta una triste realidad. Empresas, colegios, centros sanitarios, polideportivos, centros sociales, residencias de ancianos que invierten más dinero y esfuerzo en lavar su cara y mostrar una imagen favorable que en mejorar sus servicios que tan poco casan con lo ofertado. Pero no lo haré. Todos sabemos la cantidad de embaucadores que nos rodean y el nivel de fingimiento que pueden exhibir para alcanzar sus oscuros propósitos.

Para mí, se trata de gente corta de miras. Por mucho que se empeñen, no dejarán de ser unos individuos intrascendentes cuya fama o dinero pasarán como lo harán sus breves existencias. Quizá alguno muera manteniendo una imagen pública favorable. Otros, ni tan siquiera eso. Pero todos, sin excepción, se habrán perdido por el camino y no habrán conseguido, salvo que se engañen a sí mismos, un mínimo cambio real en lo que son o desean ser. Y poco importa al respecto que el individuo forme parte de una empresa y justifique sus mentiras por la imagen corporativa.

Supongo que soy un ingenuo y doy demasiada importancia a cierta clase de honradez. Pero si uno pasa por la vida tratando de ser quien no es o de aparentar ser otra persona, me da la sensación de que está sustrayendo tiempo y sentido a una existencia que, de por sí, anda bastante escasa del primero, y no digamos ya del segundo.

No seré de los que afirmen taxativamente aquello de que a cada cerdo le llega su San Martín, porque no lo creo. Pero sí estoy seguro de que todos, en un momento u otro de nuestras vidas, tenemos que mirarnos al espejo y ver la persona que somos. Cada uno da valor a unos aspectos de su existencia pero, para mí, lo que pueda ver en el reflejo tiene cierta importancia. Más, sin duda y aunque cueste reconocerlo, que la imagen que me devuelvan aquellos que apenas me conocen y a los que podría haber engañado.

Por terminar con una imagen bastante más simpática, diré que, hablando de escaparates y engaños, no puedo dejar de recordar a ese magnífico personaje del admirable Ibáñez, el tendero tramposo del colmado de 13 Rue del Percebe. El tipo da grima. Se nota a la legua que es un timador, un aprovechado y un pesetero. Pero no pierde la sonrisa ni deja escapar ocasión para hacer pasar por respetable su negocio al tiempo que ejercita su burdo magín en el arte de sisar unos cuartos a los pobres clientes.

tendero percebe

Extraños compañeros de viaje

carros de fuego

Voy a hablar de sinergias. Artísticas, ante todo. De amistades peligrosas. De afinidades electivas. De parejas, tríos, cuartetos. De suerte y oportunidad. Hablando, al tiempo, de viajes, quizá tan pausados como los que mencionaba en la entrada anterior.

Voy a hablar de la influencia de unas partes de una obra artística coral o, cuando menos, grupal, sobre las otras partes.

Que el mundo del “arte” y la “cultura” es extremadamente competitivo, al menos desde un punto de vista meramente mercantil, que es el único realmente válido, quizá importante, para el arte popular y de masas, no es algo que se le escape a casi nadie. Digo el casi porque siempre habrá ingenuos, de los de verdad o de los de pose, que ejercen como tales por mera impostura o por un peculiar sentido de la belleza o su propio concepto de sensibilidad, que piensen que el arte va más allá de lo monetario y la publicidad.

Pero no quiero hablar de arte capitalista, como tampoco hablaré de arte marxista ni de ningún incómodo e intrascendente ismo. Quiero hablar de influencias. Forzadas o naturales. Afortunadas o lamentables.

Cuando un director de cine o teatro, en colaboración —uso este término por simple eufemismo— con los productores, pone en marcha un proyecto, siempre debe conjuntar partes diversas y dispersas. Por gusto, por obligación, por necesidad, por compromiso, por exigencias del argumento, de la empresa, del pagador, de aquel comerciante que contribuye a la obra a cambio de que su amiga figure en el reparto. Igual ocurre, quizá en mayor medida y con consecuencias de más calado, cuando se comienza el rodaje de una película, no digamos ya una superproducción. E imagino que sucederá también para cualquier espectáculo, musical, circense o televisivo.

El caso es que tal unión de mentes, fachadas, voluntades, habilidades y talentos, en ocasiones da lugar a resultados extraños. No buscados, obviamente, y en los que tal vez parece poderse aplicar ese famoso efecto mariposa que conduce a generar variaciones inmensas a partir de sucesos o detalles intrascendentes. ¡Cuántas veces hemos oído quejarse al atribulado director de que su magnífica obra ha sido destrozada por el papel de los productores en el montaje o en la elección de actores y localizaciones! O lamentarse al guionista de la tropelía perpetrada por el director sobre su argumento. Al autor de la novela por el crimen de los guionistas en la adaptación. De nuevo al director por los egos calamitosos de las estrellas, impuestas o elegidas, que han malogrado la obra. Y eso sin contar con el papel de censores oficiales o extraoficiales, sean siervos de una dictadura o voluntarios adalides del maccarthismo.

Así las cosas, quien participa de un macroproyecto está claro que arriesga su buen o mal nombre y, en parte, su futuro artístico, al resultado impredecible, en la mayoría de los casos, de las tales sinergias. Quizá acepta ilusionado por el arte incluido aunque, las más de las veces, lo hará exclusivamente por el dinero y la necesidad de trabajar. También, sobre todo si tiene nombre y dinero, se involucrará por la confianza en que aquello funcione y mantenga o relance su carrera.

¿Cuántas películas han fracasado por un mal guión, una mala adaptación, un protagonista mal escogido, un deficiente montaje, una veleidad de productor/director/estrella? Y, a la inversa, ¿cuántos casos se han dado en el séptimo arte de proyectos de bajo presupuesto y discretas expectativas que se convierten en un bombazo? Los suficientes, en este último caso, para que los yanquis se hayan inventado el término sleepers para referirse a tales éxitos imprevistos. Uno y otro caso influyen en las carreras de los que participan. Profesionales consagrados, en el primer caso, que pueden condicionar su caché y los proyectos que se les ofrezcan. O promesas y hasta perfectos desconocidos que ascienden repentinamente en el escalafón, en el segundo.

Pero también otros aspectos que se consideran menos relevantes pueden alterar el producto. La fotografía o la banda sonora, incluso el vestuario y los efectos especiales podrían incluirse entre ellos. Un caso clásico: ¿Serían valoradas igual algunas películas de David Lean sin la música de Maurice Jarre? ¿Habría sobrevivido un mínimo recuerdo del filme “Carros de Fuego”, pese a sus oscars, sin la banda sonora del mismo título que lanzó a Evangelos Odysseas Papathanassiou al estrellato, al margen de ser conocido por sus numerosos éxitos menores previos?

DrZhivago

No debe extrañarnos que, en muchas ocasiones, una adaptación cinematográfica de un best-seller editorial resulte decepcionante. No se trata tan solo del diferente lenguaje de uno y otra. A veces la traducción es adecuada. A esa dificultad se suma, obviamente, la conjunción de talentos y personalidades, así como intereses. Por eso no sorprende que, en ocasiones y al contrario de lo apuntado, una novela mediocre dé lugar a una obra maestra del séptimo arte. Durante años eso es lo que se ha dicho de la obra más conocida de Margaret Mitchell, que la película es mucho mejor que el libro.

No diré que para gustos los colores, pero sí es bien cierto que nuestra imagen y nuestra carrera profesional, tanto entre los divos como entre la gente humilde, están más condicionadas por nuestros compañeros de viaje de lo que pensamos. No en vano, nuestro amplio refranero incluye frases como aquel “dime con quien andas y te diré quien eres” o el cervantino “a un hombre se le conoce por sus obras”, reflejo de aquel “a un árbol por sus frutos”.

Tampoco diré que mires bien qué compañeros de viaje escoges. Supongo que, a los que dependen de ti y te acompañarán durante lo esencial de tu vida, ya los seleccionarás con buen criterio. A los otros, que te vienen impuestos,deberás aceptarlos sin más y unir esfuerzos con ellos o, en el peor de los supuestos, protegerte de sus obras, según sea menester.

mariposa

Práctica del montañismo

cervino

Podría decir que lamento decepcionar a quienes hayan imaginado, al leer el título, las altas cumbres y nevados paisajes que pueden verse en la hermosa imagen de presentación. Pero no sería cierto, puesto que el equívoco es intencionado.

Salvo por el retiro y la posibilidad de meditación que ofrecen las montañas referidas, las semejanzas entre la noble actividad de la escalada y el tema de este artículo son, por decirlo eufónicamente, más bien escasas.

En realidad, al margen de la castellanización del término, de quien quiero hablar en estas líneas es de Michel de Montaigne y la práctica del ensayo intelectual, del ejercicio del pensamiento crítico e individual que, me temo, viene siendo un ejercicio desacostumbrado para una triste mayoría de personas en nuestro tiempo. No sé si en todo tiempo, si bien la aceleración de las costumbres y la obligada, en muchos casos, superficialidad de relaciones y esfuerzos me hacen intuir que es en estos días que nos ha tocado vivir cuando, habiendo más información a disposición de todos, menos la utilizan y digieren la mayoría de los felices mortales.

montaigne

Obviamente, el género del ensayo no lo inventó Montaigne. Pensadores de toda época lo han llevado a la práctica, aunque no hayan usado tal nombre. Quizá observaríamos el asunto de otro modo si a los filósofos y pensadores de la antigüedad clásica hubiéramos tenido por costumbre denominarlos ensayistas. Montaigne lo es, igual que se confiesa deudor de la sabiduría griega y romana, la primera filtrada a través de la segunda, cuya peculiar educación le hizo recibir de un modo aún más intenso del que se acostumbraba en su siglo, aun entre gente bien formada. Nuestro hombre llena sus ensayos de citas clásicas y demuestra su admiración por muchos autores, como Plutarco o Tácito. Pero no se limita, ni mucho menos, a parafrasearlos. Él digiere experiencias, recaba informes, rumia pensamientos y nos ofrece el resultado de los mismos. Su lógica no pretende ser silogística. Al contrario, el francés está lleno de dudas y contradicciones. A veces nos parece un adelantado a su época y otras un noble anticuado. Pero se trata de ofrecernos su visión del mundo, meditada y filtrada a través de su personalísima mente y sus no menos peculiares gustos y servidumbres. Nos dice que le falla la memoria y eso lo obliga a repensar cachazudamente, casi con parsimonia, a veces con pereza y siempre, según él, con lentitud característica, todo lo que se presenta a sus ojos. No sabemos si tal imagen responde a humildad, falsa modestia o a una percepción propia y real, para su subjetividad al menos. Y a mí, personalmente, me parece lógico ese divagar y devanarse la cabeza, dando vueltas una y otra vez a las cosas, o, al revés, llegando a una pronta y firme conclusión.

Uno está harto de ver loros a su alrededor, repitiendo pensamientos ajenos, como hacían muchos peripatéticos de otro tiempo. Y otros que, por no tener, no poseen ni opiniones ajenas cuando las suyas son inexistentes. O sí las tienen, pero carentes del mínimo poso de meditación o mera intelección.

Leyendo a Montaigne uno lee los pensamientos de un ser humano y, se sienta o no identificado con el contenido, sí lo hace con la forma. Viendo a tanta gente alrededor o escuchando la radio, programas de televisión o películas de éxito, tiene la sensación de que solo se relaciona con cerebros a medio gas o sin combustible. Cuando le anuncian un debate televisivo casi le dan ganas de sonreír, si no fuera una situación tan triste el ver hermanados en falta de argumentos los coloquios amarillistas del escándalo o el mal llamado corazón con las intervenciones de políticos o mal llamados expertos sobre un tema. Casi llega a echar de menos el viejo debate de La Clave, aun con tertulianos fumando.

Y no es raro que, si se quiere marchar a toda velocidad y llegar a una infinidad de personas a las que uno se refiere como público, televidente o consumidor, no quede mucho espacio para la meditación, el sosiego o la crítica, pero resignarse a la superficialidad como una necesidad democratizadora resulta tan patético como denominar debates o tertulias a las referidas trifulcas de verduleras a que nos tienen acostumbrados.

Y, pensando en el sosiego, recuerdo con ternura al maestro Gila viajando en tren en su olvidada “El hombre que viajaba despacito”. Y hasta puedo contemplar con simpatía al lunático que asciende a la montaña más alta, más como eremita o monje budista que como mero montañista, para buscar el retiro y la posibilidad de silencio y meditación en un mundo que parece moverse a un ritmo más tranquilo que el de nuestras ciudades, mal llamadas modernas.

el hombre que viajaba despacito

El sueño de Napoleón

Napoleón

Con excusa del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea —el famoso “Brexit”, perdón por el horrible vocablo, o “palabro”, tan de moda durante estos días—, en fecha reciente leía con perplejidad la comparación que el exalcalde de Londres realizaba entre nuestra maltrecha y más económica que nunca Comunidad Europea y tiranos del pasado como los nazis y el mencionado emperador del título. Quizá le faltó añadir a nuestro Carlos I para tener un triunvirato maldito, a sus ojos, de conquistadores “europeístas” deseosos de unificar el continente por las bravas.

Al margen de la opinión que tamaño papanatas pueda suscitarme, al leerlo me acordé de un detalle de la vida de Napoleón y, por desgracia, de sus subordinados, que me parece curioso y es el motivo de este ensayo.

No quiero hablar del sueño europeo de Napoleón, ni de sus ínfulas y ambiciones. El pequeño gran hombre, tan pagado de sí mismo, presumía, entre otras cosas, de su escasa necesidad de reposo. Un personaje tan ocupado como él no podía malgastar su tiempo —un tercio de su vida para ser exactos— del mismo modo que el resto de los mortales con los que, posiblemente, no se sentiría particularmente hermanado.

Se supone que dijo que “Las mujeres y los idiotas necesitan diez horas de sueño, los heridos ocho y los hombres seis”, lo cual parece retratarlo como machista —suavicémoslo indicando que fue un hombre de su tiempo— y como obtuso de esos que piensan que lo válido para uno lo es también para los demás, asunto este último que bien merecería una entrada del blog. En otra parte he leído que en la frase hablaba de seis para el idiota, cinco para la mujer y cuatro para el hombre, pero me parece más de fiar la primera cifra. No solo porque cuatro me resulten particularmente escasas sino porque en otro lugar leí que, generoso, suponía inferiores a él a sus hombres, y no solo en rango, y ya que él tenía bastante con cuatro o cinco horas concedía a sus subordinados que necesitasen seis horas de reposo. Y lo llevaba a rajatabla, forzando a la tropa a seguir aquellos horarios independientemente de las necesidades fisiológicas de cada quien. Por lo visto, el sueño del corso tampoco era continuado, sino bastante irregular, con periodos de reposo de dos o tres horas con despertares intermedios de activo trabajo. En esto demostraba que tampoco era tan especial ni sus trastornos del sueño caso único. Ya que estamos hablando de un líder insomne, podríamos aquí mencionar el caso de la Dama de Hierro británica que dormía poco y mal, martirizaba a sus ayudantes y, como es bien sabido, terminó sus días demenciada, asunto que no tendría nada de particular si no fuera por el hilo conductor de este artículo.

Por si alguien no lo sabe, debo indicar que parece demostrada una importante correlación entre escasez de sueño y demencia en edades avanzadas. Igual que la hay con estrés, mal genio, falta de concentración o, directamente, la muerte en caso de privación total y prolongada.

Como confesión personal, diré aquí que, hasta que no disfruté de las noches toledanas en compañía de mi retoño, jamás pude imaginar que se pudiera sobrevivir durmiendo tan poco. Y me atrevo a añadir, sin temor a confundirme, que la sucesión de noches de insomnio podía convertir los días en auténticas pesadillas.

Que Napoleón no se demenciase tampoco debe sorprender a nadie. Lo primero porque es cierto que no todo el mundo tiene la misma necesidad de sueño. Lo segundo porque murió relativamente joven y quizá no tuvo ocasión de desarrollar los signos visibles de la enfermedad. O sí lo hizo y ello, entre otras cosas, sirvió para dar pábulo a las teorías posteriores acerca de su posible envenenamiento, ya fuera como magnicidio o accidentalmente a través del arsénico empleado en diversas pinturas. Habrá incluso quien opine que no podía demenciarse más de lo que ya apuntaba desde joven, aquejado como estaba de megalomanía.

Falta saber, claro está, si la demencia de la británica tuvo que ver también con la química aprendida en su juventud y no con la falta de sueño, lo cual daría pie a una interesante investigación al tiempo que privaría a este ensayo de parte de su sentido. Aunque parece poco probable que manejase muchas sustancias peligrosas en su trabajo con la señora Hodgkin.

Pero no es ahora el señor Bonaparte quien me preocupa, sino sus infelices soldados. Si bien las crónicas y la propia literatura nos han mostrado siempre que sus veteranos y licenciados lo admiraron y adoraron reverencialmente cuando vivo y después de muerto, lo que no podemos comprobar de modo fehaciente es si entre ellos la tasa de demencia fue mayor que en el general de sus contemporáneos como consecuencia de esa privación forzada de horas de sueño ordenada por su Emperador. Quizá sería este un asunto de interés para los historiadores y arqueólogos de lo curioso. Aunque no veo probable que pueda realizarse comprobación alguna al respecto. Dejo, pues, la idea en esta breve nota y confío en que la correlación no sea extensible a tantos desdichados padres que pierden horas y días de sueño durante el cuidado de sus hijos, ya sea mientras son bebés o, peor aún, cuando ya de mayores deciden vivir con tanta libertad como desinterés por los sentimientos y preocupaciones de sus mayores.

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