Mala leche

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La noticia en sí ya estaba anticuada cuando se hizo pública, porque se refería a unos hechos sucedidos unos meses atrás. Nada sorprendente, teniendo en cuenta cómo funciona nuestro mundo y el modo de actuar de los gobernantes que escogemos u otros escogen para nosotros. Pero no por ello resulta menos indignante.

Se sabe desde hace mucho tiempo —uno siente tentaciones de afirmar que desde siempre y no sería falso, si bien en algún momento un falso sentido de la modernidad pareció ponerlo en entredicho— que la lactancia materna es mucho mejor que la artificial —las llamadas leches de fórmula— para los bebés. Particularmente, aunque no solo, los humanos. Y, sin embargo, todavía hay quien pone en entredicho tal afirmación y recurre a toda clase de subterfugios para favorecer el negocio de las grandes compañías dedicadas a las leches infantiles. Son muchos los que niegan la mayor y también hay bastantes mujeres que, obligadas por las circunstancias o convencidas ellas mismas, sacrifican la lactancia materna en el sagrado altar del trabajo o pensando primitivo dar el pecho a su criaturita, si es que no se confunden suponiendo que amamantar desfigurará sus esbeltos cuerpos. Entre los que, con conocimiento de causa, se empeñan en vender la moto de las leches en polvo destacan, obviamente, los responsables de las empresas lácteas y los políticos que los representan, quizá más a estas compañías que sufragan en ocasiones sus campañas, como muchas otras empresas, que a los sufridos votantes que ponemos nuestra confianza en ellos.

Que el señor Trump y el gobierno al que representa den la nota en un asunto de esta índole ya no sorprende a nadie, pero no deja de ser miserable y lamentable. Si esto son la modernidad y el progreso es imposible tener esperanza en el futuro.

Recapitulo brevemente: la Organización Mundial de la Salud (OMS), que lleva décadas fomentando la lactancia materna y señalando que los bebés deberían tomar leche durante un par de años o más y que ese sea su alimento exclusivo por lo menos los seis primeros meses de vida, pretendía presentar una resolución recordando que la lactancia materna constituye el modo de nutrición más saludable para los bebés, particularmente en países pobres, además de pedir que no se permitiera publicidad «imprecisa», por no decir engañosa, de las leches de fórmula como sustitutos. El país encargado de presentar la resolución era Ecuador y tanto la delegación sudamericana en particular como las de algunos otros estados fueron presionadas por la estadounidense para que retirasen la propuesta o reformulasen sus términos. Porque claro, el señor Trump y sus colegas debían pensar que era horrible fomentar algo tan pernicioso como la lactancia materna y, al tiempo, pedir que la publicidad de sus sustitutos estuviera sometida a control. Por fortuna —quizá más bien como afortunada consecuencia, por una vez, de un pique histórico de lo más desagradable en la mayoría de las ocasiones—, la delegación rusa hizo suya la propuesta y la resolución salió adelante. Lo que entonces sucedió quedó acallado, pero recientemente saltó a la prensa por una investigación del New York Times. Con razón el señor presidente está convencido de tener al enemigo en casa.

El caso es que al señor Trump parece ser que lo apoyaron en las elecciones algunas empresas lácteas que veían peligrar sus pingües beneficios con tan malintencionada resolución y, entre salud y beneficios económicos de los amigos, ya se sabe cuál es la postura correcta para muchos mandatarios.

Que la leche materna sea la que mejor alimenta al bebé, la que este asimila con más facilidad, que le aporte una inmunidad adquirida que puede ser vital o que se creen unos especiales lazos afectivos entre la criatura y su progenitora por medio del pecho son asuntos por completo intrascendentes en comparación con el dólar. Fruto de absurdas investigaciones de científicos desocupados y, quizá, antisistema.

Curioso que la historia venga de bastante más atrás y tenga otro capítulo negro, nunca concluido, desde hace cuarenta años.

baby-killer

Antes de comentar esta primera parte de nuestro relato, me parece oportuno incluir un breve apunte, a modo de prólogo, para dejar claro que no siento ninguna animadversión por las leches de fórmula ni las empresas lácteas, ni soy uno de esos lunáticos que demonizan el uso de ganado para ordeñarlo y consideran el consumo de lácteos como alimento un invento poco menos que imperialista y, sin duda, un caso más de criminal explotación animal.

Los sustitutos de la leche materna fueron un gran invento. Útil. Vital incluso para algunos niños. Basta que nos pongamos en antecedentes comentando lo que sucedía en la antigüedad a aquellos niños que quedaban sin madre que les diera el pecho o cuya mamá, por la razón que fuera, no podía amamantarlos:

Caso A: niños de clase elevada o afortunados de clase humilde podían disponer de una nodriza o ama de cría —que cobraba en el primer caso y lo hacía por amistad o afecto en el segundo, originando por el camino hermanos de leche— que sustituía o acompañaba a su propio retoño con el huérfano de teta. Por si alguno no lo sabe, los pechos femeninos tienen esa milagrosa propiedad de producir más leche cuando se les exige en mayor cantidad. Los papás de alta sociedad, en ocasiones, pagaban la nodriza por comodidad o por demostrar su estatus y no por necesidad, y hasta había quienes buscaban unos rasgos físicos o morales en la mujer destinada a criar a sus hijos.

Caso B: niños pobres, abandonados y sin recursos, mostraban la extraña tendencia a fallecer en ausencia de madre ni sustituta porque no toleraban bien como tales a ovejas, cabras ni vacas, de modo que la mortalidad infantil de lactantes en los hospicios era elevadísima incluso cuando las autoridades se proponían, contrariamente a la costumbre, poner los medios para sacar adelante a las criaturas.

En este segundo caso no se encontraban sustitutos válidos más allá de alguna alma caritativa que hacía de teta adoptiva. Por eso cuando, hace siglo y medio, el químico alemán Nestlé fue capaz de eliminar el almidón de una leche artificial hecha a base de leche de vaca en polvo y harina —los luego famosos cereales hidrolizados también se relacionan con estos productos— el invento salvó literalmente la vida a muchos niños. Por desgracia, desde entonces las cosas han cambiado y, por favorecer el negocio, muchas empresas y algún gobierno han olvidado las buenas intenciones iniciales y han permitido que se pierdan numerosas vidas infantiles por el camino.

harina lacteada

Y así llegamos al primer episodio ya anunciado, que se remonta a los años 70 del siglo XX. Justo la década en la que, en el occidente desarrollado, más lactantes se quedaron enganchados al biberón en lugar de la teta de sus madres. Lo que en el mundo rico ya era un problema de salud pública, en países pobres se convertía en catástrofe.

Una de las compañías más poderosas del sector, Nestlé, heredera del creador de la leche de fórmula original, decidió extender su exitoso negocio a los países del tercer mundo, donde obtuvo enormes beneficios sin tener en cuenta —o sí lo tuvo y no importó a nadie, lo cual aún habría sido más grave— que la gente humilde se enfrentaba a dos problemas. El primero que, ante una muestra gratis del producto, casi todas las mujeres aceptaban probar y luego, al reducirse la producción de su propia leche, algunas pensarían —como suele decirse y casi siempre equivocadamente— que «se les había retirado la leche» y no tendrían más remedio que adquirir más preparado cuando carecían de medios para comprarlo. Sobre este problema ya había advertido e increpado la pediatra Cicely Williams cuatro décadas antes, aunque sus palabras cayeron, al parecer, en saco roto. El segundo, más grave quizá, por definitivo y letal, era la falta de agua en buenas condiciones que, unida a la incultura de las compradoras —sobre todo en África—, que no entendían los textos que indicaban la necesidad de esterilizar dicha agua, provocaba la muerte de muchos lactantes al contraer diarreas fatales por consumir el maravilloso producto.

El asunto saltó a la palestra por medio de la colaboración entre una ONG y un periodista de modo que la empresa, después de negar los hechos y denunciar a los acusadores, terminó por cambiar de política, pero el daño ya estaba hecho. Es curioso que, por aquel entonces, una fuerte campaña en EEUU se dedicara a boicotear los productos de la multinacional, cuya imagen quedó un tanto ensombrecida. No se trató de un boicot gubernamental, claro está. Los de ese tipo, como el recientemente publicitado a cuenta de la OMS y la lactancia, siempre tienen por objetivo a las víctimas, aunque las llamen clientes, séanlo o no en potencia. Si se trata de un asunto de falta de escrúpulos o de moralidad, no es algo que merezca la pena juzgarse. Muchos habrá que afirmen que en amor, guerra y negocios todo vale. Es sencillo anteponer egoísmos y hasta opiniones a la moralidad. A mí, en todo caso, me parece que en este tema algunos han demostrado tener muy mala leche.

hermanos de leche

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