Escaparates

milli-vanilli

Vivimos en una época particularmente propensa al escaparatismo. No solo en los centros comerciales y las tiendas, que eso es obvio y natural dentro de nuestro sistema económico y, cada vez más, social. También, y eso es lo que me molesta, a nivel personal y humano: cada cual, individualmente o de forma colectiva como parte de algún grupo, trata de elaborar una imagen pública favorable que exhibir ante el mundo.

No digo que sea una novedad. En toda época las personas han estado preocupadas por su fama y buen nombre y se ha tendido, en no pocas ocasiones, a actuar de cara a la galería en vez de en conciencia, incluso en asuntos de vital importancia.

Pero es que hoy en día esta práctica del escaparatismo alcanza cotas insospechadas.

A nadie extraña que cualquier comercio exhiba una selección de productos debidamente ordenados como reclamo en su escaparate. Entendemos que un empresario de posibles contrate a un profesional del gremio, un escaparatista, para que atraiga a su local al mayor número de clientes con esa suerte de bodegón contemporáneo que es el escaparate de cristal. Pero no solemos llamarnos a engaño. Lo exhibido pocas veces va a ser una muestra realmente representativa de la variedad que encontraremos dentro de la tienda, ni los precios —si es que están reflejados en los artículos expuestos— van a ser los típicos de la mayoría de productos. Incluso aceptamos que algunas mercancías exhibidas no estén en almacén puesto que tenemos bien asimilado que el escaparate es un gancho, un reclamo más o menos lícito usado por el vendedor.

Pero causa pasmo que muchos individuos, a título particular, conviertan su imagen pública —sea esta de interés mediático o meramente la exhibida ante un reducido círculo de relaciones— en un auténtico escaparate, tan vistoso como falso.

¿Qué hacemos la mayoría de nosotros cuando nos mostramos en las redes sociales o en páginas personales como esta? Adornarnos, maquillarnos, embellecernos, ocultar defectos y vicios. En una palabra, engañar, aunque sea de modo más o menos inocente, por cuanto que uno ni se plantea que tal proceder pueda dar lugar a alguna consecuencia desagradable.

Parece normal, tan perdonable como los excesos de los escaparates comerciales. Y, sin embargo, con tales hábitos llenamos el mundo de mentira e hipocresía. Cuando un particular olvida sus valores o apetencias y se exhibe ante todos con una imagen pública fabricada a conciencia para agradar, ensalzando o inventando lo bueno y eliminando o alterando lo malo, el asunto puede parecer trivial y hasta divertido. Alguno, pillado en renuncio, puede avergonzarse, disculparse y hasta, en raras ocasiones, hacer verdadero propósito de enmienda. Pero, siquiera por una mera cuestión de grado, los personajes con renombre, o las corporaciones que representan, nos molestan bastante más cuando ejercitan ese mismo derecho a adornarse. Lo que para unos parecen mentiras inocuas y hasta un poco absurdas, para otros se convierten en planes perfectamente tramados y malintencionadamente ejecutados.

Que sí, que si te pillan en tu negocio, lo mismo te arruinas o bajan tus acciones. Rara vez se te condena al ostracismo, lo cual te hace pensar que entre pillos anda el juego. Pero nadie te quita lo bailao, aunque te pongan multas o, en contadísimos casos, te juzguen por las mentiras. Y, más frecuentemente, todo queda igual, disculpa mediante o, directamente, sin que nadie entone mea culpa o similar.

Nos podemos reír de aquellos Milli Vanilli que estafaron burdamente al público y los medios, pero muchos aficionados todavía no han perdonado el sentirse engañados y es de suponer que algún profesional de la música podía haberse llevado algún dinero vendiendo sus discos o haciendo galas en el lugar de aquellos granujas de medio pelo, aunque lucieran abundantes melenas que tampoco se sabe si eran verídicas. Los cantantes ocultos y sus sustitutos visibles y mediáticos me hacen recordar una escena de una película mediocre obra de uno de nuestros más grandes directores. Me refiero a “Moros y Cristianos” del inmenso Berlanga. En cierto punto de la película, la familia de turroneros que en ella aparece, los Planchadell, decide publicitar sus productos y, para ello, qué mejor que colocar carteles con una foto familiar que represente el negocio. Al verla, alguno dice: “qué feos son, deben estar malísimos”, en un rocambolesco razonamiento, tan absurdo como, desgraciadamente, cotidiano. Tras lo cual cambian los carteles por otros con una familia falsa pero de estupendo aspecto.

Claro está que la imagen es importante, a veces vital. Que se lo digan a las galerías de arte. A los propios artistas que, en ocasiones, basan su éxito tanto en su obra como en su peculiar imagen pública. Cuántos discos, libros o películas se convierten en éxitos a partir de una portada o un vídeo promocional. Cualquier lector que se acerque a estas líneas podría pensar en la portada de un disco que le impactó y lo animó a comprarlo. Incluso puedo imaginar a muchos que, sin conocer a Pink Floyd, identificarían al instante la cara de uno de sus discos con solo ver un prisma y un arco iris. Se me ocurre invitar al lector a que me indique alguno de esos discos que marcaron época por su portada. Si esto fuera una emisora de radio en vez de un vertedero de pensamientos, podríamos hacer un bonito concurso. Lamento decir que, en este caso, el único premio será mi sincero agradecimiento por la colaboración.

Dark_Side_of_the_Moon

Así las cosas, nos movemos entre lo necesario y lo impresentable. Como en tantas situaciones, los extremos suelen ser bastante inapropiados. Quien no se publicita ni se molesta en adornarse ante la sociedad que, lo quiera o no, lo va a juzgar, es casi seguro que no será visto con ojos favorables. Todo lo más, conseguirá pasar más o menos desapercibido si es ese su deseo. El que sobrepasa los límites de lo razonable, inventando y mintiendo, puede lograr esa imagen favorable y hasta labrarse una posición, pero se arriesga a ser descubierto y perder todas o parte de sus prebendas. Y, lo que a mi juicio es aún más importante, él mismo se traiciona y se perderá por el camino. No por dejar de ser quien era, sino por pretender no serlo y engañar a los demás, perdiendo la honradez al tiempo que el respeto por los demás.

En este punto de la exposición, podría hablar de políticos, de millonarios, de famosos de toda clase cuyos nombres me vienen a la imaginación. También de individuos anónimos con los que me he cruzado y hasta tengo cierto trato. Personas, en todo caso, que engañan con un fin. Sin importar medios o consecuencias. Incluso les da igual la desgracia ajena que provocan y hasta la muerte que puedan sembrar. Podría hablar de ellos. También podría mencionar todos esos negocios y servicios que nos engatusan con una fachada hermosa y falsa que oculta una triste realidad. Empresas, colegios, centros sanitarios, polideportivos, centros sociales, residencias de ancianos que invierten más dinero y esfuerzo en lavar su cara y mostrar una imagen favorable que en mejorar sus servicios que tan poco casan con lo ofertado. Pero no lo haré. Todos sabemos la cantidad de embaucadores que nos rodean y el nivel de fingimiento que pueden exhibir para alcanzar sus oscuros propósitos.

Para mí, se trata de gente corta de miras. Por mucho que se empeñen, no dejarán de ser unos individuos intrascendentes cuya fama o dinero pasarán como lo harán sus breves existencias. Quizá alguno muera manteniendo una imagen pública favorable. Otros, ni tan siquiera eso. Pero todos, sin excepción, se habrán perdido por el camino y no habrán conseguido, salvo que se engañen a sí mismos, un mínimo cambio real en lo que son o desean ser. Y poco importa al respecto que el individuo forme parte de una empresa y justifique sus mentiras por la imagen corporativa.

Supongo que soy un ingenuo y doy demasiada importancia a cierta clase de honradez. Pero si uno pasa por la vida tratando de ser quien no es o de aparentar ser otra persona, me da la sensación de que está sustrayendo tiempo y sentido a una existencia que, de por sí, anda bastante escasa del primero, y no digamos ya del segundo.

No seré de los que afirmen taxativamente aquello de que a cada cerdo le llega su San Martín, porque no lo creo. Pero sí estoy seguro de que todos, en un momento u otro de nuestras vidas, tenemos que mirarnos al espejo y ver la persona que somos. Cada uno da valor a unos aspectos de su existencia pero, para mí, lo que pueda ver en el reflejo tiene cierta importancia. Más, sin duda y aunque cueste reconocerlo, que la imagen que me devuelvan aquellos que apenas me conocen y a los que podría haber engañado.

Por terminar con una imagen bastante más simpática, diré que, hablando de escaparates y engaños, no puedo dejar de recordar a ese magnífico personaje del admirable Ibáñez, el tendero tramposo del colmado de 13 Rue del Percebe. El tipo da grima. Se nota a la legua que es un timador, un aprovechado y un pesetero. Pero no pierde la sonrisa ni deja escapar ocasión para hacer pasar por respetable su negocio al tiempo que ejercita su burdo magín en el arte de sisar unos cuartos a los pobres clientes.

tendero percebe

Extraños compañeros de viaje

carros de fuego

Voy a hablar de sinergias. Artísticas, ante todo. De amistades peligrosas. De afinidades electivas. De parejas, tríos, cuartetos. De suerte y oportunidad. Hablando, al tiempo, de viajes, quizá tan pausados como los que mencionaba en la entrada anterior.

Voy a hablar de la influencia de unas partes de una obra artística coral o, cuando menos, grupal, sobre las otras partes.

Que el mundo del “arte” y la “cultura” es extremadamente competitivo, al menos desde un punto de vista meramente mercantil, que es el único realmente válido, quizá importante, para el arte popular y de masas, no es algo que se le escape a casi nadie. Digo el casi porque siempre habrá ingenuos, de los de verdad o de los de pose, que ejercen como tales por mera impostura o por un peculiar sentido de la belleza o su propio concepto de sensibilidad, que piensen que el arte va más allá de lo monetario y la publicidad.

Pero no quiero hablar de arte capitalista, como tampoco hablaré de arte marxista ni de ningún incómodo e intrascendente ismo. Quiero hablar de influencias. Forzadas o naturales. Afortunadas o lamentables.

Cuando un director de cine o teatro, en colaboración —uso este término por simple eufemismo— con los productores, pone en marcha un proyecto, siempre debe conjuntar partes diversas y dispersas. Por gusto, por obligación, por necesidad, por compromiso, por exigencias del argumento, de la empresa, del pagador, de aquel comerciante que contribuye a la obra a cambio de que su amiga figure en el reparto. Igual ocurre, quizá en mayor medida y con consecuencias de más calado, cuando se comienza el rodaje de una película, no digamos ya una superproducción. E imagino que sucederá también para cualquier espectáculo, musical, circense o televisivo.

El caso es que tal unión de mentes, fachadas, voluntades, habilidades y talentos, en ocasiones da lugar a resultados extraños. No buscados, obviamente, y en los que tal vez parece poderse aplicar ese famoso efecto mariposa que conduce a generar variaciones inmensas a partir de sucesos o detalles intrascendentes. ¡Cuántas veces hemos oído quejarse al atribulado director de que su magnífica obra ha sido destrozada por el papel de los productores en el montaje o en la elección de actores y localizaciones! O lamentarse al guionista de la tropelía perpetrada por el director sobre su argumento. Al autor de la novela por el crimen de los guionistas en la adaptación. De nuevo al director por los egos calamitosos de las estrellas, impuestas o elegidas, que han malogrado la obra. Y eso sin contar con el papel de censores oficiales o extraoficiales, sean siervos de una dictadura o voluntarios adalides del maccarthismo.

Así las cosas, quien participa de un macroproyecto está claro que arriesga su buen o mal nombre y, en parte, su futuro artístico, al resultado impredecible, en la mayoría de los casos, de las tales sinergias. Quizá acepta ilusionado por el arte incluido aunque, las más de las veces, lo hará exclusivamente por el dinero y la necesidad de trabajar. También, sobre todo si tiene nombre y dinero, se involucrará por la confianza en que aquello funcione y mantenga o relance su carrera.

¿Cuántas películas han fracasado por un mal guión, una mala adaptación, un protagonista mal escogido, un deficiente montaje, una veleidad de productor/director/estrella? Y, a la inversa, ¿cuántos casos se han dado en el séptimo arte de proyectos de bajo presupuesto y discretas expectativas que se convierten en un bombazo? Los suficientes, en este último caso, para que los yanquis se hayan inventado el término sleepers para referirse a tales éxitos imprevistos. Uno y otro caso influyen en las carreras de los que participan. Profesionales consagrados, en el primer caso, que pueden condicionar su caché y los proyectos que se les ofrezcan. O promesas y hasta perfectos desconocidos que ascienden repentinamente en el escalafón, en el segundo.

Pero también otros aspectos que se consideran menos relevantes pueden alterar el producto. La fotografía o la banda sonora, incluso el vestuario y los efectos especiales podrían incluirse entre ellos. Un caso clásico: ¿Serían valoradas igual algunas películas de David Lean sin la música de Maurice Jarre? ¿Habría sobrevivido un mínimo recuerdo del filme “Carros de Fuego”, pese a sus oscars, sin la banda sonora del mismo título que lanzó a Evangelos Odysseas Papathanassiou al estrellato, al margen de ser conocido por sus numerosos éxitos menores previos?

DrZhivago

No debe extrañarnos que, en muchas ocasiones, una adaptación cinematográfica de un best-seller editorial resulte decepcionante. No se trata tan solo del diferente lenguaje de uno y otra. A veces la traducción es adecuada. A esa dificultad se suma, obviamente, la conjunción de talentos y personalidades, así como intereses. Por eso no sorprende que, en ocasiones y al contrario de lo apuntado, una novela mediocre dé lugar a una obra maestra del séptimo arte. Durante años eso es lo que se ha dicho de la obra más conocida de Margaret Mitchell, que la película es mucho mejor que el libro.

No diré que para gustos los colores, pero sí es bien cierto que nuestra imagen y nuestra carrera profesional, tanto entre los divos como entre la gente humilde, están más condicionadas por nuestros compañeros de viaje de lo que pensamos. No en vano, nuestro amplio refranero incluye frases como aquel “dime con quien andas y te diré quien eres” o el cervantino “a un hombre se le conoce por sus obras”, reflejo de aquel “a un árbol por sus frutos”.

Tampoco diré que mires bien qué compañeros de viaje escoges. Supongo que, a los que dependen de ti y te acompañarán durante lo esencial de tu vida, ya los seleccionarás con buen criterio. A los otros, que te vienen impuestos,deberás aceptarlos sin más y unir esfuerzos con ellos o, en el peor de los supuestos, protegerte de sus obras, según sea menester.

mariposa

Práctica del montañismo

cervino

Podría decir que lamento decepcionar a quienes hayan imaginado, al leer el título, las altas cumbres y nevados paisajes que pueden verse en la hermosa imagen de presentación. Pero no sería cierto, puesto que el equívoco es intencionado.

Salvo por el retiro y la posibilidad de meditación que ofrecen las montañas referidas, las semejanzas entre la noble actividad de la escalada y el tema de este artículo son, por decirlo eufónicamente, más bien escasas.

En realidad, al margen de la castellanización del término, de quien quiero hablar en estas líneas es de Michel de Montaigne y la práctica del ensayo intelectual, del ejercicio del pensamiento crítico e individual que, me temo, viene siendo un ejercicio desacostumbrado para una triste mayoría de personas en nuestro tiempo. No sé si en todo tiempo, si bien la aceleración de las costumbres y la obligada, en muchos casos, superficialidad de relaciones y esfuerzos me hacen intuir que es en estos días que nos ha tocado vivir cuando, habiendo más información a disposición de todos, menos la utilizan y digieren la mayoría de los felices mortales.

montaigne

Obviamente, el género del ensayo no lo inventó Montaigne. Pensadores de toda época lo han llevado a la práctica, aunque no hayan usado tal nombre. Quizá observaríamos el asunto de otro modo si a los filósofos y pensadores de la antigüedad clásica hubiéramos tenido por costumbre denominarlos ensayistas. Montaigne lo es, igual que se confiesa deudor de la sabiduría griega y romana, la primera filtrada a través de la segunda, cuya peculiar educación le hizo recibir de un modo aún más intenso del que se acostumbraba en su siglo, aun entre gente bien formada. Nuestro hombre llena sus ensayos de citas clásicas y demuestra su admiración por muchos autores, como Plutarco o Tácito. Pero no se limita, ni mucho menos, a parafrasearlos. Él digiere experiencias, recaba informes, rumia pensamientos y nos ofrece el resultado de los mismos. Su lógica no pretende ser silogística. Al contrario, el francés está lleno de dudas y contradicciones. A veces nos parece un adelantado a su época y otras un noble anticuado. Pero se trata de ofrecernos su visión del mundo, meditada y filtrada a través de su personalísima mente y sus no menos peculiares gustos y servidumbres. Nos dice que le falla la memoria y eso lo obliga a repensar cachazudamente, casi con parsimonia, a veces con pereza y siempre, según él, con lentitud característica, todo lo que se presenta a sus ojos. No sabemos si tal imagen responde a humildad, falsa modestia o a una percepción propia y real, para su subjetividad al menos. Y a mí, personalmente, me parece lógico ese divagar y devanarse la cabeza, dando vueltas una y otra vez a las cosas, o, al revés, llegando a una pronta y firme conclusión.

Uno está harto de ver loros a su alrededor, repitiendo pensamientos ajenos, como hacían muchos peripatéticos de otro tiempo. Y otros que, por no tener, no poseen ni opiniones ajenas cuando las suyas son inexistentes. O sí las tienen, pero carentes del mínimo poso de meditación o mera intelección.

Leyendo a Montaigne uno lee los pensamientos de un ser humano y, se sienta o no identificado con el contenido, sí lo hace con la forma. Viendo a tanta gente alrededor o escuchando la radio, programas de televisión o películas de éxito, tiene la sensación de que solo se relaciona con cerebros a medio gas o sin combustible. Cuando le anuncian un debate televisivo casi le dan ganas de sonreír, si no fuera una situación tan triste el ver hermanados en falta de argumentos los coloquios amarillistas del escándalo o el mal llamado corazón con las intervenciones de políticos o mal llamados expertos sobre un tema. Casi llega a echar de menos el viejo debate de La Clave, aun con tertulianos fumando.

Y no es raro que, si se quiere marchar a toda velocidad y llegar a una infinidad de personas a las que uno se refiere como público, televidente o consumidor, no quede mucho espacio para la meditación, el sosiego o la crítica, pero resignarse a la superficialidad como una necesidad democratizadora resulta tan patético como denominar debates o tertulias a las referidas trifulcas de verduleras a que nos tienen acostumbrados.

Y, pensando en el sosiego, recuerdo con ternura al maestro Gila viajando en tren en su olvidada “El hombre que viajaba despacito”. Y hasta puedo contemplar con simpatía al lunático que asciende a la montaña más alta, más como eremita o monje budista que como mero montañista, para buscar el retiro y la posibilidad de silencio y meditación en un mundo que parece moverse a un ritmo más tranquilo que el de nuestras ciudades, mal llamadas modernas.

el hombre que viajaba despacito

El sueño de Napoleón

Napoleón

Con excusa del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea —el famoso “Brexit”, perdón por el horrible vocablo, o “palabro”, tan de moda durante estos días—, en fecha reciente leía con perplejidad la comparación que el exalcalde de Londres realizaba entre nuestra maltrecha y más económica que nunca Comunidad Europea y tiranos del pasado como los nazis y el mencionado emperador del título. Quizá le faltó añadir a nuestro Carlos I para tener un triunvirato maldito, a sus ojos, de conquistadores “europeístas” deseosos de unificar el continente por las bravas.

Al margen de la opinión que tamaño papanatas pueda suscitarme, al leerlo me acordé de un detalle de la vida de Napoleón y, por desgracia, de sus subordinados, que me parece curioso y es el motivo de este ensayo.

No quiero hablar del sueño europeo de Napoleón, ni de sus ínfulas y ambiciones. El pequeño gran hombre, tan pagado de sí mismo, presumía, entre otras cosas, de su escasa necesidad de reposo. Un personaje tan ocupado como él no podía malgastar su tiempo —un tercio de su vida para ser exactos— del mismo modo que el resto de los mortales con los que, posiblemente, no se sentiría particularmente hermanado.

Se supone que dijo que “Las mujeres y los idiotas necesitan diez horas de sueño, los heridos ocho y los hombres seis”, lo cual parece retratarlo como machista —suavicémoslo indicando que fue un hombre de su tiempo— y como obtuso de esos que piensan que lo válido para uno lo es también para los demás, asunto este último que bien merecería una entrada del blog. En otra parte he leído que en la frase hablaba de seis para el idiota, cinco para la mujer y cuatro para el hombre, pero me parece más de fiar la primera cifra. No solo porque cuatro me resulten particularmente escasas sino porque en otro lugar leí que, generoso, suponía inferiores a él a sus hombres, y no solo en rango, y ya que él tenía bastante con cuatro o cinco horas concedía a sus subordinados que necesitasen seis horas de reposo. Y lo llevaba a rajatabla, forzando a la tropa a seguir aquellos horarios independientemente de las necesidades fisiológicas de cada quien. Por lo visto, el sueño del corso tampoco era continuado, sino bastante irregular, con periodos de reposo de dos o tres horas con despertares intermedios de activo trabajo. En esto demostraba que tampoco era tan especial ni sus trastornos del sueño caso único. Ya que estamos hablando de un líder insomne, podríamos aquí mencionar el caso de la Dama de Hierro británica que dormía poco y mal, martirizaba a sus ayudantes y, como es bien sabido, terminó sus días demenciada, asunto que no tendría nada de particular si no fuera por el hilo conductor de este artículo.

Por si alguien no lo sabe, debo indicar que parece demostrada una importante correlación entre escasez de sueño y demencia en edades avanzadas. Igual que la hay con estrés, mal genio, falta de concentración o, directamente, la muerte en caso de privación total y prolongada.

Como confesión personal, diré aquí que, hasta que no disfruté de las noches toledanas en compañía de mi retoño, jamás pude imaginar que se pudiera sobrevivir durmiendo tan poco. Y me atrevo a añadir, sin temor a confundirme, que la sucesión de noches de insomnio podía convertir los días en auténticas pesadillas.

Que Napoleón no se demenciase tampoco debe sorprender a nadie. Lo primero porque es cierto que no todo el mundo tiene la misma necesidad de sueño. Lo segundo porque murió relativamente joven y quizá no tuvo ocasión de desarrollar los signos visibles de la enfermedad. O sí lo hizo y ello, entre otras cosas, sirvió para dar pábulo a las teorías posteriores acerca de su posible envenenamiento, ya fuera como magnicidio o accidentalmente a través del arsénico empleado en diversas pinturas. Habrá incluso quien opine que no podía demenciarse más de lo que ya apuntaba desde joven, aquejado como estaba de megalomanía.

Falta saber, claro está, si la demencia de la británica tuvo que ver también con la química aprendida en su juventud y no con la falta de sueño, lo cual daría pie a una interesante investigación al tiempo que privaría a este ensayo de parte de su sentido. Aunque parece poco probable que manejase muchas sustancias peligrosas en su trabajo con la señora Hodgkin.

Pero no es ahora el señor Bonaparte quien me preocupa, sino sus infelices soldados. Si bien las crónicas y la propia literatura nos han mostrado siempre que sus veteranos y licenciados lo admiraron y adoraron reverencialmente cuando vivo y después de muerto, lo que no podemos comprobar de modo fehaciente es si entre ellos la tasa de demencia fue mayor que en el general de sus contemporáneos como consecuencia de esa privación forzada de horas de sueño ordenada por su Emperador. Quizá sería este un asunto de interés para los historiadores y arqueólogos de lo curioso. Aunque no veo probable que pueda realizarse comprobación alguna al respecto. Dejo, pues, la idea en esta breve nota y confío en que la correlación no sea extensible a tantos desdichados padres que pierden horas y días de sueño durante el cuidado de sus hijos, ya sea mientras son bebés o, peor aún, cuando ya de mayores deciden vivir con tanta libertad como desinterés por los sentimientos y preocupaciones de sus mayores.

Wrinkles_(Arrugas)_poster

Arte sobredimensionado

Fantasia-poster-1940

Vivimos en un mundo tridimensional y ya nos cuesta trabajo entenderlo. Lo bidimensional, que comentaba en el epígrafe anterior, es más sencillo de entender. Pese a su complejidad. Igual que lo lineal. Sin embargo, más de tres dimensiones, los hiperespacios, son difíciles no ya de visualizar sino también de comprender e imaginar.

¿Es que voy a hablar de geometría? ¿De física? No, que nadie tema. Y si alguien se había creado ilusiones al respecto, lo lamento, no es mi intención hacer una digresión matemática, ni mínimamente científica. Pensaba seguir hablando de arte y de artistas tan pagados de sí mismos y de sus obras como para exhibir impúdicos ese arte sobredimensionado, o ridículo más bien, que muchos se lanzan a aplaudir como perfectos idiotas.

En ocasiones me da la impresión de que el más visto no es el más talentoso o juicioso sino el más ruidoso y prepotente. Aquel “el que no llora no mama” llevado al arte. A veces, hablan más el autor, sus amigos o sus influencias que la propia obra. El que chilla y se vende es visto. El tímido, pusilánime o, meramente, discreto puede pasar perfectamente desapercibido.

Obra del subjetivismo, el mercadeo y la capacidad de socializarse de cada cual.

Me viene a la cabeza esa feria de arte —la minúscula es intencionada—, la Feria de Arte —ahora las mayúsculas también lo son— que se supone la más importante del país. Me refiero a ARCO. Y solo para recordar esa renovación ochentera que supuso una burbuja, pequeña en comparación con las actuales, pero ciertamente sangrante. El nuevo arte arrasaba con su “modernidad”. Se pagaba un dineral por todo tipo de mamarrachadas, o no tanto, ensalzadas por críticos, expertos y galeristas. Y muchos “clásicos” no se comían un colín. Luego, aquellos artistas, audiovisuales y de otra índole, se devaluaron. ¡Cómo no! Pero tuvieron sus días de gloria y billetes contantes y sonantes. No quiero ni imaginarme qué habrá podido ser de alguna obra en un magnífico VHS de resolución digna de vergüenza o de aquel arte pseudopop que quería acompañar a otras “movidas” culturales. No todo el cine, ni toda la música, ni la moda, pero mucho menos el arte de aquellos años han envejecido bien. Pero hubo quien pensó que adquiría un auténtico tesoro.

Me hablaba el otro día un compañero, de profesión y vicios literarios, de una feria del libro de ciudad mediana, con pocas casetas, escaso público y apenas grandes nombres. De la necesidad, para el autor, de asaltar, o poco menos, a posibles lectores para ofrecer el libro que uno pretende dedicar. De su vecino de caseta remiso y apocado que no estampó una firma en el tiempo que estuvo por allí. Y yo pensaba en un Kafka que pide al amigo que se deshaga de sus textos al morir. Por suerte, el amigo salva la obra. No ocurrió igual con las partituras ocultas o destruidas por Dukas, al juzgarlas mediocres. Y uno se pregunta si el autor de El aprendiz de brujo estaba en lo cierto o nos privó de alguna maravilla musical. Y pienso, sobre todo, en tantos artistas desconocidos y olvidados, cuyo talento, casi como su obra, fueron ignorados, imposible juzgarlos, y ningún arqueólogo de su arte ha recuperado, como otros hicieron con un Walser, un Ettore Schmitz o el más reciente Toole, al margen de lo que de leyenda haya en sus respectivas historias.

Quizá, por una cuestión de carácter, de timidez o de introspección, el mundo se ha perdido las más grandes creaciones o, cuando menos, todo tipo de sensibilidades artísticas. Y, tal vez, nuestro arte, en todas sus facetas, está sesgado, no sé si profundamente, por el afán exhibicionista, de pavo henchido de orgullo, de sus creadores. Mientras que hemos perdido todas las voces que sonaban como susurros, como arrullos o meros pensamientos que nunca hallaron receptor ni tuvieron en sus autores un presentador adecuado ante el mundo.

Sucede que, con talento o sin él, solo se alcanza a escuchar al artista que grita y alza alrededor  voces a su favor. Y entre tanto ruido es difícil, si no imposible, que los susurros de los otros alcancen ningún oído.

El tiempo no recobrará a los silenciosos, salvo extrañas excepciones. Pero cabe pensar que ese mismo tiempo y la distancia permitan, como con parte de ese ARCO ochentero, que el arte sobredimensionado recupere un tamaño más apropiado y reducido.

kafka

Arte bidimensional

munnings going out at kempton

No pretendo hablar de pintura versus escultura. Ni de cine 2D frente a 3D. Ni menos aún de arte superficial frente a arte profundo, sean estos lo que cada cual pretenda. Se trata de un asunto mucho más sencillo. Quiero hablar de artistas plásticos tuertos, limitados por su deficiencia a la hora de percibir el mundo que querían plasmar y, me atrevo a suponer, impelidos por el mismo defecto a enamorarse de las facetas del arte para las que se les presuponía limitados.

¿Quién no ha cerrado alguna vez un ojo para mirar por un ocular de micro o telescopio? Igual que al hacer fotos o enhebrando una aguja. Es arquetípica la imagen del fotógrafo colocando ambas manos, pulgares extendidos, formando un rectángulo ante sus ojos y guiñando un ojo, por captar mejor el encuadre, prever la esencia de la imagen bidimensional que atrapará la cámara. Evidentemente no se ve igual. Pero no siempre ver con un ojo es signo de concentración o precisión. Con un ojo no se tiene profundidad de campo ni se calculan bien las distancias.

Los humanos poseemos visión estereoscópica, como los depredadores que deben lanzarse raudos sobre su presa. Nuestros antepasados saltaban de rama en rama y necesitaban tal visión. Por ello vemos en tres dimensiones. Pero, si nos falta un ojo, se acabó el 3D. Una limitación visual, sin duda. Propia de tuertos o estrábicos. Más frecuentes de lo que uno quiere pensar. Es relativamente fácil perder la vista, aunque solo sea la de un ojo y luego cause mayor terror pensar que un nuevo accidente ocular nos puede dejar ciegos.

Pero, sea por nacimiento o adquirido, el defecto no parece incompatible con las artes visuales, sino al contrario. Causa asombro —por lo menos a mí me lo produce— comprobar cuántas personas tuertas, o con importantes limitaciones visuales, se han dedicado al cine o la pintura a lo largo de la historia. Difícil comprobar si, en porcentaje, su presencia en este mundo se corresponde con la proporción general de los de su clase entre toda la población. Quizá sí, y tan solo parecen más notables por su peculiaridad, pero uno tiende a pensar que el mal que los aqueja les aumentó la atracción por lo visual.

No nos extraña saber de militares o escritores tuertos, para estos últimos tampoco la ceguera sería un impedimento. A nadie le parece que un Aníbal Barca se viera perjudicado por su falta. Tampoco que un Blas de Lezo o un Nelson fueran peores marinos aunque no tuvieran visión tridimensional. Aunque, pese al éxito de algunos de ellos y la impactante imagen que presentan, a nadie se le escapa que un torero tuerto pierde puntería al entrar a matar, aunque pueda compensarla con oficio. Desde luego ni Aníbal sería el mejor de los arqueros ni Moshe Dayán un gran tirador. Tampoco se sospecha de la sensibilidad de Luis de Camoens o James Joyce con su único ojo útil. Pero sí nos parece más raro y complejo el que un tuerto se dedique las artes plásticas, como si la percepción defectuosa significara menoscabo para su creatividad. Pintores como Victor Brauner o Sir Alfred J. Munnings. Un escultor como Francesco Fanelli. Pero, ante todo, un buen puñado de estupendos directores de cine entre los que se puede contar a John Ford, Raoul Walsh, Fritz Lang, André de Toth , Nicholas Ray, Sam Fuller o nuestro Fernando Trueba. Nadie pone en duda su arte. Al contrario, varios de ellos se cuentan entre los más grandes directores de la historia del séptimo arte y, sin embargo, su visión no era perfecta y un productor actual albergaría serias dudas a la hora de cederle un proyecto en 3D a cualquiera de los anteriores. Me pregunto si Trueba tiene previsto rodar en tres dimensiones alguna película.

Sea como sea, queda claro que, pese a la monocularidad, el arte no se vio perjudicado o, si lo fue, no se puede imaginar qué cotas sublimes habrían alcanzado los autores caso de haber rodado con los dos ojos y una visión perfecta. Pero claro, en la tierra de los artistas tuertos, igual que en cualquier tierra de artistas, los ojos físicos no han de ser lo esencial. ¿O es que imaginamos que un Monet, un Degas o un Rembrandt perdieron su valor cuando su visión se tornó defectuosa?

Me refería a visión bidimensional, no a arte plano, gris, sin sustancia. Son cosas bien distintas las dos dimensiones que sirven de continente y el arte —o la ausencia del mismo— que se puede colocar en su interior.

¡Cuántas personas con una visión magnífica serían incapaces de asomarse siquiera a la sensibilidad y oficio de alguno de estos artistas supuestamente limitados!

Hace falta bastante más que dos ojos, o uno bien usado, para ver lo que un verdadero artista, tuerto o no, desea mostrar al mundo.

john-ford

Celebrity de andar por casa

celebrity

Hace poco que me siento como uno de esos famosetes de andar por casa. Como televisivo provisional o visitante ocasional de la prensa amarilla —lo sé, suena mejor referirse al papel couché, pero no quería adornar—. Sin más mérito que el del mero azar, el pasaba por allí o me tocó en suerte un instante de notoriedad, casi como el minuto de gloria de Andrew Warhola.

Veo a esos tipejos exhibiendo intimidades o vacuidad y siento cierta pena, mezclada con vergüenza ajena. Tal vez necesitan la pasta y se prestan a lo que sea. Tal vez se han acostumbrado a ser reconocidos, quizá hasta se sienten admirados, y es eso lo que prima a la hora de venderse. Y no es que yo me venda, ni me siento verdaderamente identificado con tales espantajos. Pero sí que me siento una celebrity de andar por casa. Un personaje sin mérito alguno al que, momentáneamente, se presta atención.

Anuncio la presentación de mi libro y percibo un interés especial hacia mí. No sé si el de la sorpresa o la novedad. Pero me siento como si, de repente, me hubieran colocado en un escaparate o frente a una lupa, atravesado por el alfiler analítico de un entomólogo.

“Este tipo ha escrito un libro”, susurran, murmuran a mi alrededor.

Bueno, sí. Este y otros cuantos. Para mí, para amigos. Pero ahora a muchos les parece que el último es el especial, lo que me vuelve inesperadamente diferente para quienes no me conocen mucho y, más sorprendentemente, para otros con los que sí mantengo un cierto trato.

—Es en una pequeña editorial. Coedición.

Me defiendo. Pero es inútil, por más sentimiento que ponga a mis explicaciones.

—Ha escrito un libro. Se lo han publicado. Es escritor.

Bueno, yo creo que ya lo era antes. Y si era aficionado, o mal escritor, que también puede ser, ahora nada impide que lo siga siendo. Pero la lupa magnifica, aunque el foco que la ilumina solo dura un instante.

Por el momento, poco importa. Percibo, o creo percibir, gestos de sorpresa, de repentino interés:

“Así que el sosaina este ha escrito un libro”

“El sansirolé ha resultado escritor”

“Y parecía un sin gusto”

Recibo enhorabuenas, sinceras unas y postizas las otras. Mi presencia genera curiosidad. Y bastantes amigos acuden a ver mi presentación del libro, mi minuto de gloria. Amigos, familiares, compañeros. No me cabe duda de que todos con cariño. Sí que las tengo acerca del motivo último de su interés. Quizá no existe y les mueve solo el afecto. Pero una vocecita me dice, pícara y cruel, que no les interesa el libro ni piensan que merezca demasiado la pena. Vienen por compromiso o por amistad, alguno por el morbo de verme en tal tesitura. ¿Hablará como un escritor? ¿Cómo habla un escritor?

No sé si defraudo expectativas o la gente se va satisfecha. Confío en que lean el libro, que les guste. Pero también soy consciente de que mi día especial, marcado en el calendario por otros tantos como por mí, pasa a la historia, quizá al debe, y que la atención se diluirá. Soy celebrity de andar por casa, famosillo efímero de programa casposo ante supuestos tertulianos. A mí, me digo, al menos no me despellejarán. Mi gente me quiere y me ha concedido ese instante de protagonismo, breve e intenso, intrascendente.

Celebrity de andar por casa pero, ¿acaso no lo son todas? Ni la infamia es eterna, por más que hagamos protestas de ello, ni la fama duradera. Tampoco está mal volver al tranquilo grisor. Mis palabras, mis pensamientos, están en sus manos. Es lo que quería, no convertirme yo en sujeto de observación. Así que toca volver al segundo plano, al agradable anonimato. Aunque confieso que me gustaría recibir cantos de sirena que me halaguen y me repitan, como un dulce eco, que mis palabras han encontrado oídos y que las mentes tras ellos las han considerado de su agrado. Eso, lo admito, sí llenaría mi ego, aunque fuera de modo igualmente efímero, y no el verme actor ante un público que espera de mí algo que justifique la atención brindada, el regalo de su tiempo.

Esta bien ser reina por un día, pero prefiero el playback, la retroalimentación de los que han conectado con mis pensamientos aunque no me vean, sus comentarios bien digeridos y en diferido. Mejor si no me ven.

queen for a day

Madurez

Valdes_Leal_-_In_Ictu_Oculi

El paso del tiempo.

Dimensión, entelequia o sentir. Igual da si lo sientes en tus carnes y lo percibes tan nítidamente en las ajenas.

Agrada presumir de ella, igual que espanta. Nadie afirma: “Madurez, divino tesoro”. Cualquier chiquillo desea aparentar más edad de la que tiene y cualquier adulto, más o menos entrado en años, dejar de parecerlo. El caso del primero lo tomamos por un divertimento ingenuo, el del segundo no, aunque no deje de ser un juego, como la vida toda, con su inevitable “GAME OVER” uniformizador y definitivo.

Pocas personas resultan tan patéticas como aquellas a las que percibimos como fuera de su edad. El que quiere aparentar juventud o aun vivir como joven cuando ya le pesan los años. La que desea enmascarar con excesivos afeites la ruina de los años caídos. Y, sin embargo, es casi seguro que todos tratamos de escapar en mayor o menor medida de la edad. Sin saber si resultaremos patéticos ante otros ojos.

¿A qué viene todo esto? Varias imágenes en sucesión acuden a mi mente.

La del infante inacabado. Tan hermoso como prometedor. Cachorrillo amable y bello en su inocencia. Que se convierte en adolescente y se transmuta en imperfecto proyecto, quizá desgarbado y granujiento. La de la primera juventud, hermosa por la novedad aun sin la belleza del niño que fue, pero todavía llena de dudas e inacabada. Y entonces llega el primer atisbo de madurez. La consumación de lo que podías ser. El proyecto construido. Y, como aquel cisne del cuento, parece que un cierto tipo de bella perfección es alcanzada. Solo para darse cuenta de que, tras aquel instante de sublime plenitud, se encuentra, indefectiblemente, el comienzo de la degradación y la ruina. Un día eres un joven completo y al siguiente caminas, con paso lento pero inexorable, hacia la vejez, mientras todos hablan de la innegable madurez y callan el anuncio de tu incipiente deterioro. Caminarán hacia la senectud acumulando cansancio y obligaciones, salpicadas de breves, levísimos destellos, de la belleza pasada, instantes de felicidad que traslucen en el rostro, el gesto y los ademanes. Hasta la más cansada madurez que, con paso firme, más rápido que progresivo, lleva a la imperfecta y fea vejez, que nunca recuperará la belleza ni la inocencia, aunque pueda acarrear la pérdida de la memoria y la vuelta imaginaria a esa infancia añorada y que nunca podrá volver.

Madurez, castigo de impacientes, anhelo de quien no conoce su precio.

eco

A quién le importa

Peter_pan_1911_pipes

Tanta gente dispuesta a traicionarse, a dar la nota con tal de parecer especial u original y, sin embargo, cuánto nos gusta presumir de inmutabilidad.

Ser auténtico, invariante. “Yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré”, que decía la canción de María Olvido Gara y su grupo. Un himno para muchos, unos debido a sus tendencias afectivas y otros, meramente, por edad y el brillo en el recuerdo de aquella movida ya tan lejana en el tiempo como próxima en la memoria. Una canción pegadiza y que ha resistido razonablemente bien el paso del tiempo. La clara demostración, por contra, de que el arte no debe contener un mensaje racional para transmitir belleza y emociones. Porque, si uno lo piensa fríamente, qué horror eso de no cambiar nunca jamás. Quedarse infante como aquel Peter Pan literario o hecho un vejestorio perpetuo, por más que el envase no cambie, igual que ese temible y monstruoso Dorian Gray. Es tan fácil presumir de integridad y de principios inmutables como difícil mantenerlos con un mínimo de dignidad y decoro.

¿Qué es eso de no cambiar? Por fuera está claro que crecemos y caducamos sin solución de continuidad. Igual que muchos de los que afirman ser los de siempre pueden modificar sin ningún reparo su aspecto externo, ya sea indumentaria, peinado o el añadido de tintas o troqueles en su anatomía. Aunque claro, ni la canción ni las intenciones de quienes así afirman se refieren a tal aspecto de la realidad. Se trata de ser firme en las convicciones, los afectos, la personalidad.

Y el caso es que las promesas de continuidad en ese sentido, quizá las promesas y juramentos sin más, resultan tan patéticas como en cualquier otro. Debe de ser que los humanos, con nuestra vida finita y miserable, sentimos la necesidad de encontrar asideros en nosotros mismos que nos den sensación de perdurabilidad. Tan efímeros como somos y se nos llena la boca hablando de infinitos e inmortalidades. “Para siempre”. “Nunca lo olvidaré”. “Amor eterno”. Curioso y emotivo, sí. Connatural a nuestro género humano. Probablemente risible para cualquiera que nos observe desde fuera con ojos imparciales. Pero inevitable para nosotros, que hasta creemos en nuestra propia inmortalidad mediada por algún ente preternatural, e inmortal.

Por eso, por ridículas que resulten nuestras protestas de estabilidad y permanencia absolutas, no podemos evitar dejar de hacerlas. Y creérnoslas, que es lo más tierno e ingenuo del asunto.

No nos paramos a pensar en lo horrible que sería esa inmanencia, esa esencia inmutable que queremos pensar que nos acompaña.

Ni aun en la muerte se puede lograr esa estasis total. Ni aun en lo físico. Ni parece deseable.

No cambiar. No evolucionar. ¡Qué sinsentido! Bien es cierto que tendemos a aceptar las costumbres como leyes inmutables. Quizá esa tendencia es la base de cualquier conservadurismo. Pero la aspiración no casa en absoluto con la realidad. ¿Cómo ser flexible o tolerante, virtudes que tanto se valoran y de las que tanto se alardea, cuando uno no está dispuesto a dar su brazo a torcer, a ceder o cambiar un ápice su postura? “Nunca cambiaré”. Taxativo, definitivo.

Lo que ocurre es que presumimos de una racionalidad que, en la mayor parte de las situaciones, estamos lejos de poseer. Que sí, que podemos racionalizar los sentimientos y emociones. Pero que esos mismos sentimientos se impondrán muchas veces al sentido común y nos harán emitir juicios de valor absurdos. También sobre nosotros mismos y nuestra perdurabilidad. Y regalaremos una y otra vez nuestros oídos y los ajenos presumiendo de esa constancia que tan lejos estamos de poseer. O apoyándonos siquiera en idea tan peregrina para podernos reconocer a lo largo del tiempo en esos seres mudables y con fecha de caducidad próxima con los que día tras día nos toca convivir. Para poder decir yo hice, pensé, sentí, sin torcer, en nuestra mente, la tozuda realidad que nos enseña, como Heráclito, que todo pasa y nada queda, ni nosotros mismos mientras nos enfrentamos penosamente al tiempo con la certeza de que acabaremos cambiados una y mil veces por el camino y destruidos al final.

 Alaska_Y_Dinarama-No_Es_Pecado-Interior_Frontal

Originalidad

tubular bells

¿A quién no le gusta presumir de originalidad?

Antiguamente no era tan frecuente. Incluso no hace tanto tiempo abundaban los que evitaban destacar por su diferencia. Era más común pasar por excéntrico o lunático que por original. Y ser distinto solía ser más bien un defecto, una faceta que ocultar o de la que avergonzarse.

No en vano, para según qué cuestiones, todavía es harto común aquello de tomar ejemplo de otros y seguirlos, actuar como lo hace la mayoría o como está bien visto. Yo a eso lo llamo “practicar el vicentismo”, por aquel dicho de Vicente y la gente.

Pero no suele suceder así en el mundo del arte, en sus diferentes vertientes. Como tampoco en el de la ciencia o la empresa, donde cada cual desearía marcar diferencias y mostrarse tan distinto como aventajado.

Por eso hoy en día a tantos les gusta -diré mejor que nos gusta, no voy a excluirme de padecer ese prurito de la diferencia- presumir de originalidad. Qué digo presumir. Ser original. Lo más posible. Con todas las letras y fuera de toda duda. En algunos casos, aunque ello suponga ponerse en ridículo o rozar el esperpento.

Pero no quiero hablar de originalidad sobre vacío. Sino concretar uno de esos absurdos que se dan en la constante búsqueda de la originalidad.

Podría haber recurrido a ejemplos en el mundo de la literatura, la pintura, el cine o cualquier otro arte. Pero voy a usar algunos casos relacionados con la música, no sé si llamarla pop o meramente contemporánea. Creo que ambos adjetivos son un tanto inapropiados, el uno por falta de ubicación concreta de los intérpretes y el otro por desfase en este tiempo acelerado que nos ha tocado vivir.

El caso es que para los tres leí hace años críticas semejantes. Y que conste que no suelo leer crítica musical. Pero, por lo poco que he llegado a colegir de cierto tipo de estas recensiones, los que las firman, o perpetran, se mueven entre dos posturas más bien opuestas: el amor infinito por el reseñado, cuando no mero pasteleo comercial promocionado, o el odio cerval que siempre resulta más difícil de expresar de un modo que aparente un mínimo de fundamento o base racional.

Para los tres ejemplos que voy a comentar se trataba de la segunda opción, más o menos enmascarada. Y no me cabe duda de que, si en mi corta experiencia topé con tres críticas de esa ralea para músicos que me agradan especialmente, tal estilo, por llamarlo de algún modo, debe ser bastante común.

Contaré la primera reseña con más detalle. Las otras son semejantes y me limitaré a nombrarlas. Se refería al señor Michael Gordon Oldfield. No tiendo a ser mitómano, o eso creo, pero este personaje ha sido, en el mundo musical, una de mis referencias constantes desde que, bien niño, vi la portada de su archiconocido Tubular Bells en un casete de mi hermano y, de seguido, me enamoré de la música tanto como de la portada. El caso es que en sus últimos años en Virgin, cuando el hombre andaba un poco desesperado con las exigencias del contrato firmado años atrás y no suavizadas por los productores, nuestro personaje anduvo dando unos cuantos tumbos después de grabar algunos de sus álbumes de más éxito. Un poco intentando volver a sus orígenes para recuperar sensaciones y éxito, al tiempo que fastidiaba las expectativas de su compañía, se le ocurrió presentar un disco llamado Amarok que, salvo para los fieles al autor, pasó casi desapercibido con su única pieza de una hora de duración. La crítica que yo leí no se dedicaba a ponderar las cualidades musicales, los logros melódicos o la belleza del proyecto. Ni siquiera, como en otras críticas, se afeaban las percusiones, como históricamente se las han criticado, nunca he sabido si por su impericia o por alejarse de los cánones rockeros, si bien creo que, con el tiempo y afectado por ellas, las composiciones han ido incrementando su presencia y ritmo machacón. No, lo que le criticaban era, precisamente, su objetivo declarado. El sonido fue condenado por recordar demasiado al de Oldfield. Era demasiado poco original, en absoluto innovador. Al margen de que yo no comparta la opinión o me pueda agradar más o menos el álbum concreto, tengo clarísimo que a nadie se le ocurriría condenar a un compositor por sonar a sí mismo. De hecho, los melómanos llevan a gala el reconocer una pieza de Mozart, Beethoven o Stravinsky. A nadie se le pasaría por la imaginación censurar a un autor por sonar a sí mismo sino, en todo caso, por sonar como el vecino o, directamente, por plagiar alguna obra ajena. Y, sin embargo, sí se lo permiten con los músicos de la música popular y el disco por año. No solo deben sonar bien sino reinventarse a sí mismos. O sea, que no basta con que sean talentosos, sino que están obligados a demostrar talento para innovar en repetidas ocasiones. Es como si a Einstein se le hubiera criticado por no hacer descubrimientos todos los días ni remozar su teoría cada dos por tres. “Oiga, es que no ha tenido usted más que un annus mirabilis, Albert”. Ridículo, claro. O patético.

Y ya digo que no debe de tratarse de un caso excepcional porque, en fechas más o menos próximas, leí críticas semejantes para Eithne Ni Bhraonein o el recientemente fallecido Colin Vearncombe. A mí me parece surrealista. Habría que ver también qué talentos son los que lucen los que se atreven a firmar semejantes comentarios. Pero, si uno no se permite dudar de su buena fe o su inteligencia, solo queda, como justificación de sus afilados textos, la sandez de que uno debe reinventarse a sí mismo constantemente, aunque solo sea para hacerse notar o que hablen de él. Con lo fácil que es caer en el olvido, y con la máxima celeridad, incluso para los personajes más famosos, solo falta que luego, cuando algún arqueólogo se dedique a estudiar el correspondiente cadáver artístico no sea capaz de reconocer el estilo o las obras.

Claro, que igual a otros los critican por no poseer estilo propio y reconocible.

En fin, por no usar términos ofensivos para según que talentos de la crítica musical, “para mear y no echar gota”.

Mike_oldfield_amarok_album_cover