¿Arde París?

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La película de René Clément, con su estupendo reparto francés y holiwoodiense, me hace pensar en un incendio bien distinto. El filme, basado en una famosa novela de Larry Collins y Dominique Lapierre, nos habla, como ella, de la toma de París durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler, consciente de la escasez de tropas para defenderla, apostaba, al parecer, por la mano dura para evitar la sublevación local y la destrucción total de la capital para evitar que cayera íntegra en manos del enemigo. Por fortuna, el general alemán al mando de la plaza, Dietrich von Choltitz, entre harto de la guerra que intuía perdida y negándose a pasar a la historia como el hombre que destruyó París, desoyó al Führer y entregó la ciudad intacta. Si lo hizo por visión histórica o por salvar su teutónico trasero, no es asunto que vayamos a analizar en tan breve espacio. Se rindió a las tropas españolas de la Segunda División Blindada Francesa de Leclerc y sobrevivió a la guerra y durante veinte años más de posguerra.

También recuerdo a Ana Belén cantando, muy libremente, al mismo París en llamas. Y confieso que no conocía, ignorante de mí, la más épica canción, patriótica, de Mireille Mathieu, versionando la estupenda banda sonora de Maurice Jarre, con idéntico título.

Por desgracia han existido otras ocasiones históricas en las que París ha estado en llamas o a punto de arder. No importa si las llamas eran metafóricas, como en tiempos revolucionarios, o meramente materiales, por incendios, invasiones o persecuciones varias. Una ciudad antigua e importante suele sufrir, por desgracia, todo tipo de calamidades a lo largo de su historia, tanto en sus días más turbulentos como en los de aparente calma.

Tan recientes los atentados terroristas en territorio galo, alguno en la propia capital, habrá quien piense que es a esos fuegos actuales a los que me voy a referir, tras esta truculenta introducción, en lo que resta del presente ensayo. Pero, aunque no faltarían razones para mencionar a tal clase de asesinos, descerebrados y desalmados, es de otro incendio parisino del que, tras tantas vueltas, quiero hablar.

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Un incendio con criminales. O no, ya se verá.

Se trata del reciente acuerdo climático de París que, si ya nació cojo, sin compromisos tangibles y concretos por parte de los firmantes, más allá de la palabra empeñada y la buena voluntad exhibida, factores ambos de gran fiabilidad en el circense mundo de la política, ahora ha quedado convertido, de un plumazo, en propuesta casi inútil.

El acuerdo, redactado en términos bastante optimistas ya en su origen, perdió cualquier oportunidad de resultar mínimamente efectivo cuando el señor Trump decidió que su país, el más contaminante del mundo, se desligase del mismo. Podríamos haber dicho que el acuerdo se convirtió en papel mojado pero, por efectos dramáticos y metafóricos respecto del cambio climático, me ha parecido más oportuno recurrir al título que presenta este artículo como descripción del resultado de su promesa electoral cumplida.

En cierto sentido, deberíamos sentirnos satisfechos de que un mandatario cumpla con la palabra dada a sus votantes, por poco o mal informados que estén quienes otorgan su confianza al político de turno. Me temo, además, que en este caso la promesa y su cumplimiento, además de justificación democrática o por mezquinos intereses económicos, nacía de una profunda convicción personal del flamante presidente estadounidense.

Pero, para desilusión de los que esperen que añada más leña a este fuego social y mediático que rodea a tan polémica decisión, no es mi intención vituperar, criminalizar u ofender a tan elevado personaje. Ya hay muchos, la mayoría más y mejor informados que yo, que se han dedicado a valorar el asunto.

Yo voy a limitarme a realizar una lectura que me parece mínimamente racional acerca de los beneficios y riesgos que, de cara al futuro, nos traerá tan pintoresca postura por parte de tan pintoresco mandatario, y los millones de individuos, anónimos y menos pintorescos, que, de seguro, lo siguen y apoyan.

Cualquier científico mínimamente informado abriría ojos como platos cuando alguien, en su sano juicio, se atreve a afirmar que el cambio climático o el calentamiento global son un timo propalado por oscuros intereses y conspiradores internacionales. Yo, en ese sentido, me sumo a la perplejidad de físicos, matemáticos, químicos o ambientalistas en general. Muchos legos creen que la ciencia es cuestión de opinión y, al comprobar que unas leyes suceden y sustituyen a otras, sospechan que la ciencia se equivoca, admite sus errores y falla como una escopeta de feria. Olvidan, claro está, el falsacionismo y la prueba. No se trata de que los modelos se queden obsoletos por estar equivocados de parte a parte. Se trata de que los científicos saben que cada modelo es mejorable y los viejos, por buenos que hayan sido durante un tiempo, nunca explican la verdad completa y deben sustituirse por otros que, muy probablemente, serán superados en el futuro. Pero eso no significa que Newton o Einstein fueran unos palurdos equivocados en todo porque se sospeche que es necesaria una teoría de la gravitación cuántica para enmendar las de aquellos gigantes.

Pues el señor Trump y compañía piensan que, tras cincuenta años de investigación y elaboración de modelos climáticos, miles de científicos de todo el mundo se han conchabado para inventar la milonga del cambio climático y poner el grito en el cielo ante la contaminación galopante que llena el mundo de problemas y numerosos bolsillos de dinero, que ya sabemos que es el quid del asunto. Por cierto que resulta curioso que el mismo tipo de personaje sí confíe ciegamente en la física atómica que hace funcionar sus bombas nucleares.

Pero supongamos incluso que los negacionistas están en lo cierto y el cambio climático no existe. ¿Qué ventajas tendría entonces el prolongar nuestro modelo y el consumo indiscriminado de combustibles fósiles? Pues, obviamente, permitiría tener combustibles más baratos durante un tiempo a la vez que mejoraría maltrechas economías con un crecimiento basado en tecnologías obsoletas y con fecha de caducidad. Pan para hoy, vamos. En el mejor de los casos, si no sucede nada de lo que avisan los agoreros, el petróleo se acabará y habrá que sustituirlo más adelante. Y, ¿de qué servirá el retraso? Si queremos, hasta podemos ignorar los riesgos sanitarios que asumimos los urbanitas como consecuencia de la contaminación. Supongo que para los negacionistas será fácil. Pero el futuro requerirá, más pronto que tarde, otras tecnologías y muy posiblemente, como ha sucedido en otras ocasiones, quien las desarrolle primero obtendrá enormes réditos y su economía marchará viento en popa durante una temporada. Me temo que nuestra solidaria Europa apuesta, ante la falta de reservas fósiles de buena parte del continente, a este caballo ganador de la tecnología más que por preocuparse realmente por el clima o la salud y futuro de sus ciudadanos. Cualquier químico añadiría que es ridículo quemar la materia orgánica fósil, fuente de millones de compuestos de utilidad, para obtener el triste dióxido de carbono. Pero ese es otro asunto.

En el mejor de los casos, no firmar el acuerdo y apostar por el humo dará beneficios momentáneos y retrasará el desarrollo. ¿No suena esto un tanto semejante al declive de la industria del automóvil de Detroit? Tradición frente a tecnología no suele ser una buena apuesta.

Pero, ¿qué sucede si, como todos esos locos científicos se empeñan en asegurar, el cambio climático es real y la contaminación causa millones de enfermedades respiratorias, cardiovasculares, cánceres y muertes a todo lo largo y ancho de este diminuto mundo que ocupamos? Entonces el éxito momentáneo servirá de menos que nada. No firmar el acuerdo significará haber colaborado activamente en el empeoramiento de las condiciones de vida de miles de millones de personas. Tal vez fomentando sequías, tifones, pestes, hambrunas, sed, ¿guerras? No parece un futuro muy prometedor y a nadie debería extrañar que, si ese es el futuro que llega, nuestros sucesores, o tal vez nosotros mismos un poco más envejecidos, buscaremos responsables y denunciaremos incluso ante los tribunales o la Corte Penal Internacional a los criminales, ¿genocidas?, que nos llevaron hasta ese punto sin retorno. Puede parecer exagerado pero, ¿acaso no fue en ese mismo país que ahora niega la mayor donde durante décadas las tabacaleras eran intocables y luego, denuncia tras denuncia, perdieron privilegios y sumas millonarias en indemnizaciones? Y lo que aún les quedará en el futuro y tras el cambio de paradigma sociosanitario. Si alguien enferma, si el mundo entero se va al carajo, ¿no se buscará venganza o indemnización?

En el menos malo de los casos, el señor Trump deja de apostar por el futuro y asume que la imagen de su país y su gobierno empeore durante años. En el peor de ellos, puede provocar la ruina del mundo y millones de muertos, incluidos sus propios paisanos y posibles votantes, alterando el clima durante siglos y causando algo bastante más serio que la recesión económica temporal.

Así las cosas, sabiendo que ni el firmante ni sus asesores son tontos, prefiero pensar que se trata de una cuestión de miopía, bastante grave por supuesto, antes que de una decisión meditada y asumida de pasar a la historia como genocidas.

En cualquier caso, no me parece que la decisión de sacar a USA del acuerdo de París sea la más inteligente que puede tomar un político poderoso de nuestros días. Aunque, obviamente, agradecería muchísimo que espíritus más elevados que el mío y mentes de preclara lucidez tengan a bien iluminar mis cortas entendederas para que la inquietud respecto de este tema deje de agobiar mi miope visión del asunto.

¡Arde, París! Conmigo —con todos nosotros— dentro.

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¡Qué verde era mi valle!

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La imagen es de la película del gran John Ford, ya mencionado entre los tuertos artistas en un artículo anterior: arte bidimensional. Un drama que ganó el Óscar a la mejor película en el año 1941, ante Ciudadano Kane, donde la melancolía juega un papel esencial, con una familia de orgullosos mineros galeses que ve derrumbarse su mundo y sus costumbres. Muy en la línea del ideario de su director. La película se basaba en una novela de Richard Llewellyn, otro galés vocacional y por herencia que, en su día, fue famoso.

Y, pese al blanco y negro de la película, el valle era verde y hermoso. Lo fue al menos en otro tiempo y lo es en el recuerdo. Y añorado, como solo se echa de menos el pasado. Y se lo embellece. Algo sobre lo que ya hablé en este mismo blog en “Paraíso Perdido”, por lo que no es mi idea el repetirme.

Antes al contrario, pretendía hablar de conservadores y progresistas, según la extraña y triste dicotomía en la que acostumbramos dividirnos los seres humanos con respecto a nuestra visión del mundo y su vertiente política.

División absoluta, como suelen serlo todas las que ven el mundo en blanco y negro, más allá de los ricos matices grises de la propia película. Tal vez la dicotomía acompaña al hombre desde su origen, aunque creo que fueron los griegos quienes primero la expusieron con claridad. Como tantas otras cuestiones que abarcó su rico universo intelectual. Podría hablar de presocráticos que se movían entre el fluir y el inmovilismo. Pero prefiero detenerme en Aristocles, filósofo famoso donde los haya y harto difícil de comprender, desde su mito cavernario a su edad de oro y pasando por su República, si nos olvidamos de su conservadurismo.

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Lo cierto es que no pretendía entretenerme en la antigüedad, clásica o no, ni tampoco regresar a las bancadas revolucionarias de girondinos y jacobinos que determinaron el absurdo reparto ideológico de izquierdas y derechas. Mi idea es referirme a un artículo científico reciente en el que se desprende una curiosa consecuencia del hecho de que los individuos se declaren de izquierdas y derechas. Quizá es un resultado lógico y coherente, pero a mí me parece tan absurdo como divertido. O muy triste, según se mire.

Por lo visto, según un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Colonia, parece ser que personas que se declaran de ideario conservador se muestran más dispuestas a donar dinero para causas ambientales si el conservacionismo, que tan próximo resulta fonéticamente como lejano en el ideario de muchos a su querido conservadurismo, es presentado como modo de recuperar el medio ambiente pasado, a la manera de esa Arcadia perdida y soñada a la que muchos recurren, mientras que se vuelven más reacias a colaborar si se les habla en términos progresistas de construir un ambiente futuro mejor que el actual.

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La investigación, que quizá no sea concluyente, arroja un resultado ridículo, ¿verdad? Pero, al parecer, bastante real. Y no debería sorprendernos, ya que somos tan sensibles a la terminología que acompaña cada mensaje.

Terrible también, por cuanto que, en nuestros días, muchos de los que se declaran conservadores hacen gala de una absurda tozudez y ceguera ante saberes y problemas bien actuales como el cambio climático o el calentamiento global. Como si la ciencia, que busca el progreso del conocimiento, hubiera de confundirse con el ideario de cada cual y en un ideario conservador pudieran compararse las creencias privadas con los datos científicos. Y así, todavía existen numerosos tradicionalistas, quizá mal llamados conservadores, que piensan que el creacionismo o cualquier otro anacronismo ha de formar parte de su ideario mientras que el calentamiento global es un mito creado por progresistas o la llamada extrema izquierda. A nadie se le ocurre decir que no cree en la gravedad pero, por lo que uno colige de los comentarios de muchos ultraconservadores, particularmente del otro lado del charco, parece no solo lícito sino necesario el poner en tela de juicio la evolución biológica, vertiendo especial saña en la crítica a la selección natural o la sociobiología, o los modelos climáticos que, por lo visto, son válidos para predecir el tiempo meteorológico pero inaceptables para definir la deriva de nuestro mundo hacia una catástrofe ambiental. Y quizá se cuentan entre ellos los mismos positivistas que piensan que la ciencia y el espíritu humano resolverán cualquier problema que provoquemos antes de que nos sobrepase, o los que confían ciegamente en el poder de la tecnología. Extraño sustituto de la Divina Providencia.

Sea como sea, se trate de conservadores ultrarreligiosos o ultraliberales, de gente interesada o bienintencionada, de mentecatos o de convencidos de tener razón, parece que si deseamos contar con ellos para lograr alguna clase de progreso deberemos antes convencerlos de que nuestra pretensión es recuperar de algún modo cualquier faceta del pasado idílico en el que se regodean. Así que ya sabéis conservacionistas, progres o no, tomad buena nota y cuidad el modo en que os expresáis ante el público. Hay que recuperar la Arcadia, no meramente superar el pasado para construir un futuro mejor.

¡Qué verde era mi valle!

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El impagable don de la desocupación

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¡Qué mala fama tiene la pereza! Siempre considerada pecado o lacra.

Y qué difícil distinguirla de la desocupación.

Parecemos obligados a actuar, a movernos, correr. Aunque casi siempre sea como pollos sin cabeza.

Y sí, todos llevamos un perezoso dentro, un pequeño o gran vago, deseoso de tomar las riendas de nuestra vida, de impedirnos avanzar, y agotarnos, que nos engatusa con la idea del descanso y la comodidad. Huir de complicaciones y esfuerzos, escapar de obligaciones y culpas, no hacer nada, o hacer oídos sordos a los que nos recriminan nuestra perezosa inactividad.

De acuerdo, la pereza es una tentación pero, en el fondo, tampoco parece tan deseable. Algunas personas son capaces de vegetar permanentemente, de mantenerse indolentes en una mera contemplación casi pasiva, sin raciocinio ni la más mínima actividad física. Pero creo que abundamos más los que, al margen de los necesarios descansos, siempre tenemos planes en la cabeza, los pies o las manos. ¡Hay tanto que hacer y tan poco tiempo para llevarlo a la práctica! Tanto que es un crimen dejarse arrastrar por la pereza, galbana, desidia, vagancia, gandulería, holgazanería, dejadez, desgana o simple apatía.

La mayoría de los seres humanos necesitamos actividad, pero no cualquier actividad.

Personalmente, siento lástima por aquellos individuos, cada vez más abundantes en nuestros días, que parecen correr constantemente, sin respiro pero hacia ninguna parte que uno pueda imaginar aun poniendo en la deducción todo su intelecto. Esa gente que trabaja sin descanso por un sueldo, o una fortuna, para sacar adelante un trabajo, una empresa, fábrica u obsesión que absorbe todo su tiempo y buena parte de su vida. Me dan pena esos ancianos que no pueden dejar de trabajar en la rutina que han seguido toda la vida, alienados, atados a un trabajo capaz de anular sus sueños tanto como su personalidad. Personas que se deprimen cuando se jubilan, o los jubilan. Individuos que se pasan años renegando de su empleo para luego echarlo en falta. Que habrían deseado, quizá, nacer más tarde para poderse jubilar, según el ridículo signo de nuestros tiempos, marcados por unas supuestas necesidades económicas que nada tienen que ver con las personales, con sesenta y siete, setenta años, o morir con las botas puestas, al pie del cañón en su obra, su mostrador o su tétrica y miserable oficina. ¡Qué tristes vidas las que se arrastran por este mundo siguiendo solo deseos y normas ajenos!

Y, claro, también siento pena por mí si me comparo con aquellos otros que no deben someterse a más servidumbres que las que ellos se imponen. Algunos por la propia fuerza de carácter y al margen de cualquier condicionante ambiental. Pero me fijo, ante todo y con cierta envidia, en aquellos que pueden permitirse no trabajar para nadie, o hacerlo para sí mismos sin tener que llamarlo empleo u ocupación, sin que se les convierta en rutina, obligación o necesidad. ¡Quién fuera uno de esos desocupados! No un triste parado o desempleado que busca, casi siempre con la desesperación de las estrecheces y la necesidad, cualquier ínfima fuente de ingresos con la que alcanzar una mínima e inestable seguridad material.

Yo quiero para mí el impagable don de la desocupación. Quiero disponer de mi tiempo sin tenerlo que vender a cambio de dinero. No se trata de ser rico o de huir de las obligaciones. El sueño dorado no es ese, sino el de poder dedicar el tiempo a lo que consideres oportuno y pertinente, sin tenerte que someter a un jefe, un sueldo, un ritmo más impuesto desde fuera que por ti mismo.

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¿Habría podido mi admirado Charles Darwin desarrollar su teoría de la evolución, pergeñar siquiera su libro, si no hubiera dispuesto de tiempo y recursos casi ilimitados para ello? Buena familia, buen matrimonio. Bien es cierto que realizó un agotador viaje alrededor del mundo, sometido a la autoridad castrense de un capitán y unas obligaciones, pero entonces y luego tuvo tiempo más que de sobra para meditar y escribir. Incluso obtuvo buenos beneficios con la redacción de su personal crónica de aquel viaje aventurero. ¿Acaso no intuyó los mismos principios su amigo Wallace? Quizá no poseía su talento, sus dotes naturales o su carácter. Pero, en ocasiones, me inclino a pensar que a Alfred Russel Wallace le fallaron la familia y los dineros antes que el deseo o el intelecto. Ni su formación ni su trabajo fueron tan cómodos como los del primero.

¿Y qué decir de un Marcel Proust, capaz de arrastrar las palabras y los detalles casi hasta el infinito? ¿O de un Borges meditando cada palabra de un cuento de cuatro páginas? ¿Podrían haber desarrollado sus obras si no hubieran sido unos desocupados?

Sí, ya sé que, en muchas ocasiones, el talento y el arte se manifiestan con especial intensidad ante la adversidad, cuando el individuo es sometido a presión. La historia está llena de genios de toda índole maltratados por el mundo, la vida y las penalidades. Pero uno no se cambiaría por ellos tan alegremente como por cualquiera de los desocupados anteriores.

¿Qué importa que muchos desocupados malgasten su tiempo, el dinero heredado y su propia vida dedicándolos al hedonismo o la más vacua indolencia? ¿Acaso no hacemos lo mismo casi todos los desgraciados que vendemos nuestro tiempo y empeñamos nuestras ilusiones por un plato de lentejas?

Pues entonces, dejadme seguir admirando a esos grandes desocupados que pudieron encontrar la inspiración en la pausa y la meditación antes que en la espada de Damocles que tan pocas satisfacciones da en vida tanto al que obtiene el éxito como al que sufre el fracaso. Los que dicen que el sufrimiento purifica el espíritu y fortalece el carácter de las gentes tal vez tengan razón, pero no creo que quien posee el impagable don de la desocupación estuviera dispuesto a cambiarse por ninguno de esos talentos forjados en el dolor.

La pereza puede ser un vicio pero también parece demencial ese continuo afirmar con pleno convencimiento que el trabajo es salud. Puestos a repetir mantras, me quedo con los de tipo plácido y meditativo.

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De música, por ejemplo

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Los Grammy no tienen la culpa, creo, de lo siguiente.

¿Por qué no de música? ¿Por qué no de pintura? ¿De matemáticas? ¿Siquiera de arquitectura?

Los premios Nobel, tan valorados como subjetivos y peculiares, que excluyen por igual casi todas las artes y algunas ciencias. La omisión de estas últimas hasta parece razonable. En tiempos de Alfred Nobel la Biología y la Geología, las grandes olvidadas de los premios, al margen de sus conexiones con Medicina y Fisiología, Química o Física, que han dado varios galardones a algunos investigadores, puede explicarse fácilmente porque ambas ciencias eran recién nacidas, apenas salidas de aquel viejo nido de la poco científica Historia Natural de otros tiempos. Pero, si las artes en su conjunto son excluidas de los premios, ¿por qué sí aparece la Literatura entre ellos? ¿Por qué, apareciendo las dos ciencias duras por excelencia, más la primera que la segunda, Física y Química, no se concede un Nobel a la madre instrumental de ambas, las Matemáticas? ¿Por qué hay un Nobel de la Paz y no de Ciencias Sociales, como la por entonces bien asentada Historia? O la veterana Filosofía, tal vez devaluada para un empírico positivista como el sueco. Y, ¡qué curioso! Aunque no hubo Nobel de Economía, sí surgió la ocurrencia de inventar un sucedáneo suyo, por el Banco de Suecia, al que, oficiosamente, se asigna el mismo valor.

Uno piensa que tales peculiaridades pueden resolverse estudiando la historia —volvemos a uno de los Nobel sociales olvidados— del premio y su autor. Pero el relato frío, pretendidamente objetivo, tampoco termina de explicarnos las omisiones. Como tampoco el más voluntarioso lector acaba de comprender algunos de los ganadores, candidatos y olvidados de su ya centenaria historia.

Es muy conocida la leyenda que acompaña al nacimiento de los Nobel. Su creador, desde ultratumba, a modo testamentario, se sentía culpable por haber dado al mundo herramientas tan poderosas como para ser convertidas, a sabiendas, en armas, como la primera pólvora sin humo o balistita, más allá de su archiconocida dinamita, deudora de las algas diatomeas, que le hizo de oro aunque no llegó a tiempo de salvar a su hermano. Menos personas conocen las ínfulas literarias del sueco. Ávido lector desde su juventud, autor de muchos poemas —casi todos destruidos por él mismo— y de un drama que nunca llegó a estrenarse y la mayoría de cuyas copias desaparecieron —Némesis, de la que ya hay versión en castellano—, no es extraño que, de entre todas las artes, solo quisiera premiar a su predilecta, de la que se consideraba partícipe: la Literatura. Ahora bien, no cualquier obra literaria sino que, según él mismo dejó indicado, pero en absoluto explicado, debía premiarse a las obras de género idealista, lo cual casa poco con algunos nobeles actuales y, al tiempo, parece explicar ciertas omisiones y algunos galardones. Aunque sospecho que tienen más que ver en ello quienes cuentan con derecho a realizar las propuestas. Igual que resulta llamativo que el señor Nobel indicara que los premios debían ser para los hallazgos del año anterior, si bien parece lógico el aplazamiento hasta comprobar que el fabuloso descubrimiento queda asentado y admitido, no vaya a ser que en estos tiempos acelerados se dé el nobel de física a la fusión fría antes de descubrir el error.

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¿Y el de la paz? Curioso pacifista el señor Nobel, dotando al ejército italiano con su balistita y fomentando ambiciones imperiales rusas entregando sus técnicas petrolíferas a las gentes del zar, de tan liberal perfil. Pues sí, pacifista y relacionado con pacifistas, como su amiga la condesa Von Suttner, que mucho debió de tener que ver con la decisión. Y, ya puestos, ¿por qué no dejar que sean los amigos noruegos, socios por aquel entonces y confederados de los suecos, los que lo entreguen? Pues eso, por qué no.

Pero de Matemáticas o de Música no, ni de Filosofía o Historia. Ni de Biología o Geología. Conque no es de extrañar que se pueda entregar un Nobel de Literatura a un cantante como el idealista Dylan, el de la paz a enemigos irreconciliables de cualquier pelaje o el de química a Otto Hahn pero no a Lise Meitner. Y se asume que un fallecido no pueda llevarse un premio. Se comprende que teorías tan secundarias como la Tectónica de Placas o la Teoría de la Evolución apenas hayan merecido galardones. Y que cualquier decisión, como en casi todos los premios, acabe siendo tan subjetiva como discutible.

Es lo que tiene organizar unos premios personales y que alcancen solera. Al final, todo el mundo venera a los premiados y se olvida, o casi, de los que, merecida o inmerecidamente, quedaron sin obtenerlos.

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Ciencia ficción

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Reconozco que el nombre no es afortunado. Tampoco otros con los que se ha pretendido sustituir el calificativo como ficción especulativa, novela de anticipación o especulación científica. Pero no entiendo realmente por qué tiene tan mala prensa, en ciertos ámbitos, un género literario capaz de brindarnos auténticas joyas, de contenido tanto como de estilo.

Me temo que la culpa es, no sé si a partes iguales o asimétricas, de la falta de imaginación de muchos tanto como de la popularización, a través del cómic y el cine, de ciertos estereotipos de subgénero. Si nuestra imagen de ciencia ficción son los superhéroes de tebeo y cine, la guerra de las galaxias que eran estrellas y sus sucedáneos, o cualquier película de acción situada en un escenario futurista, pues resulta que no tenemos mucha idea de lo que es la ciencia ficción.

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El género es bien antiguo. Basta con encontrar un texto en el que se especule razonablemente sobre un futuro plausible para que podamos hablar de inclusión. En todo caso, se suele hablar de Kepler y Bergerac como antecedentes del género, aunque, sobre todo en el mundo anglosajón que hoy en día todo lo influye, se considera a Mary Shelley con su Frankenstein la auténtica madre de ambas criaturas literarias: monstruo y variedad literaria. Si bien es Julio Verne, gracias a sus visionarias novelas tecnológicas, el mundialmente reconocido padre del género y quien, al tiempo, le dio popularidad. Con muy dignos sucesores como H. G. Wells, la recién nacida ciencia ficción mantuvo su éxito y lozanía, al margen de la proliferación de aventuras espaciales o el auge de folletines, gráficos o cinematográficos, como el famoso Flash Gordon que aún divierte recordar. En nuestro país, algo más tarde, el género creó escuela, con personajes como aquel coronel Ignotus que hoy da nombre a ciertos premios que van adquiriendo solera. Ya avanzado el siglo XX surgen autores que engrandecen la ciencia ficción y le dan entidad propia. Ficciones que permiten hablar de un género duro, esa hard sience fiction de los sajones, de la que me declaro admirador, tanto en su vertiente meramente tecnológica como en la social y hasta filosófica.

Habrá quien ningunee a tales autores y sus obras. Y, sin embargo, pocos de los que reniegan de la ciencia ficción y la tachan de infantil, absurda o intrascendente habrán leído a Simak, Clarke, Asimov, Bradbury, Keyes, Farmer, Varley, Herbert, K. Dick, Le Guin, Banks o Bujold, entre tantos otros representantes del género, sin olvidar clásicos que, quizá por ello mismo, algunos se empeñan en negar que pertenezcan a esta categoría como Orwell, Golding, Huxley. Es como si yo me pongo a criticar la novela histórica porque solo he leído pastiches y bestsellers.

algernon

Ahora que hay mil variantes y escuelas, cuando proliferan los subgéneros y se diversifican, ni los más fanáticos pueden estar al día de todo lo que se escribe. Y claro, entretanto, los negacionistas y adalides del realismo de vía estrecha, se empecinan en afirmar que la ciencia ficción fue una moda pasajera ya concluida y que sus logros, conceptuales y literarios, son más bien escasos, si no nulos. Quizá piensan que space opera o cyberpunk son meros insultos o, peor aún, que es en ciertas películas donde han alcanzado su máximo exponente.

Sea como sea, predicar entre esa gente o hacer proselitismo de la ciencia ficción carece de objeto. Sin imaginación no puede valorarse demasiado lo que la suele incluir como bandera. Pero a mí, personalmente, hay algo que me sorprende mucho más que ese rechazo del ignorante o el incapaz. Resulta que a muchos de los que dicen aborrecer la ciencia ficción, el terror o lo fantástico, les encandilan todo tipo de patochadas pseudocientíficas y, en sus sesudas conversaciones, todavía incluyen admirativos comentarios acerca de Freud, el karma o la adivinación. Y no digamos ya lo que es el summum, a mi juicio, de la mentecatez, los que se confiesan devotos seguidores de esa ciencia tan exacta llamada economía, que no llega al nivel de ciencia blanda, ni al realismo de la ciencia ficción dura, pero que convierte modelos imprecisos e interesados en verdades absolutas y nos hace aceptar, sin espíritu crítico, que solo existe un modo razonable de realizar la gestión de los recursos y que hacer crecer la economía no significa aumentar la cantidad de materia, energía e información —únicos parámetros físicos en los que debería sustentarse la valoración—, que la redistribución de la riqueza es secundaria o que la cifra importa más que las personas a las que debería servir. Y es sorprendente, cuando no increíble o sonrojante, observar cómo se aplaude a los supuestos gurús que aparentan saberlo todo y se ignora que las premisas y acciones emprendidas a partir de ellas solo favorecen a una minoría, una especie de oligarquía plutócrata, mientras el común de los mortales queda al margen del cacareado progreso o se limita a repartirse migajas.

Si no se tratase de un asunto tan serio, causaría verdadera hilaridad el comprobar que muchos de los que creen a pie juntillas en esta aspirante a ciencia se burlan de la ciencia ficción literaria, por ajena a la realidad o despegada de ella, sin darse cuenta de que la suya es aún más fantasiosa y, por desgracia, trascendente y determinante en sus consecuencias.

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