Ricitos de oro

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Casi todo el mundo conoce la historia de la niña caradura que se cuela en la casa de los ositos y lo prueba y desordena todo buscando el plato, la silla o la cama que le vayan perfectos. Y no, no pretendo relatar con detalle el cuento. Ni tan siquiera voy a entretenerme en su origen, autoría, personajes o el detalle, curioso cuando menos, de que los osos, con el paso del tiempo, pasan de expulsar a la rubia en las primeras versiones a hacerse amigos de la niña o acompañarla amablemente en las últimas.

Voy a referirme a una acepción más reciente inspirada directamente por el relato y es acerca de la zona de habitabilidad para los planetas en órbita respecto de su estrella. Cosas de astrónomos.

Y bueno, por qué no decirlo ya, voy a hablar sobre nuestro propio planeta, sobre ecología, codicia y estupidez humanas. Aún no he decidido en qué proporciones, puesto que tampoco tengo claro el peso de los factores en el nefasto resultado sobre el que pretendo llamar la atención, ya que no alarmar, tanto a curiosos como a desinformados.

También podría mencionar aquí al rey francés Luis XV, cuya relación con el asunto quedará bien pronto clara. De él solo deseo recordar una máxima por la que fue conocido y que, según parece, aplicó a rajatabla: «después de mí el Diluvio», solía decir entre francachelas, alérgico a las críticas y pagado de sí mismo ante las reconvenciones de cualquier consejero que se atreviera a ejercer su papel. Él quedó como morarca de infausta memoria, pero a su hijo le fue mucho peor, ya se sabe, el diluvio que llegó a Francia.

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Los humanos tenemos tendencia, incluso de forma inconsciente o, cuando menos, involuntaria, de considerarnos especiales y únicos, como aquel rey. Nos gusta suponer que somos el centro del universo y, con nosotros, hemos situado a nuestro planeta, nuestro Sol y nuestras miserias en el mismo lugar. Históricamente nos ha costado mucho asumir nuestra situación periférica, astronómica y existencial. No es agradable bajarse del pedestal que tú mismo has fabricado y creído. Por eso siguen teniendo éxito ideas como las de los planaristas o los antievolucionistas. Y es fácil entender por qué, pese a todos los datos que parecen confirmar nuestra insignificancia, como el número de galaxias con sus correspondientes estrellas y sistemas planetarios que hay en el universo observable que muchos consideran ínfima porción del total o totales si pensamos en la idea de multiversos, existe tanta gente que se emociona y hasta sufre de increíbles accesos místicos y de fe al comprender que nuestra situación no deja de ser privilegiada. Cuando algunos científicos recurren al llamado «principio antrópico» para justificar nuestra supuesta excepcionalidad no faltan quienes buscan la mano etérea de la divinidad o el destino, en una suerte de arrebato teleológico, para justificar nuestra existencia, que se percibe como milagrosa y de probabilidad infinitesimal.

Bien es cierto que la excepcionalidad de la situación depende de la perspectiva y, si tratamos de racionalizar usando la vieja ecuación de Drake, lo probable o improbable de nuestra existencia invariablemente dependerá del valor que deseemos otorgar a cada parámetro lo que, por muy racionales que pretendamos ser, siempre se hará de un modo bastante subjetivo. Los optimistas del programa SETI siempre podrán pensar que han rastreado poco espacio, durante demasiado poco tiempo y con escasa resolución. Al igual que los incrédulos y escépticos podrán mantener su idea de que no hay nadie más en ese impreciso e inabarcable «ahí arriba» en tanto en cuanto no se reciba una comunicación confirmada —más allá de ese improbable y decepcionante «WOW» de hace años— o unos alienígenas se manifiesten entre nosotros.

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Pero no quiero hablar aquí de lo fascinantes o absurdas —según sensibilidades y apetencias— que pueden resultar la exobiología, la radioastronomía o esa ufología de altibajos emocionales, tan pronto en horas bajas como llena de euforia expectante de encuentros en su tercera o cuarta fases.

A mí, lo que realmente me resulta llamativo, si no inexplicable y a todas luces más allá de mi razón, es el poco valor que muchos, tanto en las filas negacionistas como entre los que esperan la llegada de los hombrecitos verdes con ansia, dan a nuestra querida —u odiada— Ricitos de Oro.

Es posible, no sabemos si probable, que existan muchos sistemas solares semejantes al nuestro a lo largo de nuestra insignificante galaxia así como en el inabarcable universo. Si es ese el caso, también será cierto que existan muchos planetas con condiciones semejantes a las del nuestro. De tamaño parecido, rocosos, con atmósfera y agua, o algo mayores pero de características similares. Y que estén situados en la región adecuada para que sus condiciones energéticas permitan la existencia de vida tal y como la conocemos, por diversas que sean sus manifestaciones. Incluso está dentro de lo posible que haya formas de vida más allá de lo que nuestra imaginación y nuestra ciencia ven factible. Y, rizando el rizo —aunque no sea de oro—, existe la opción probabilística de que, si hay innumerables planetas habitados exista alguno que se parezca al nuestro en su aspecto concreto e incluso en sus formas de vida, por alguna extraña casualidad evolutiva. Pero, por mucha imaginación que le pongamos al asunto, es altamente improbable, por no decir de todo punto imposible, que se repita nuestra modesta canica llamada Tierra, con su historia y sus pobladores, incluidos nosotros mismos, en cualquier otro lugar del cosmos.

Así las cosas, me llama poderosamente la atención que tomemos en tan escasa consideración a nuestro planeta y sus pobladores que, en su forma concreta, no dejan de ser una casualidad universal —alguno no dudaría en llamarla milagro— con nosotros como testigos. Que la maltratemos en su conjunto y por partes, que la pensemos nuestro negocio o nuestra herencia, sin pensar en el diluvio por llegar, como aquel rey. Que los unos digan, ahora sí, que el poder del hombre es insignificante para alterar el planeta mientras otros opinan que hay que sacarle todo el jugo a los recursos para convertirlos en dinero y bienes personales, sin preocuparse por el mañana.

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Y no sé si es lo peor del caso, porque para mí todas las pérdidas son dolorosas y todo menoscabo a nuestro mundo me parece inmperdonable, pero cabe desde hace unas décadas la nada desdeñable posibilidad de que alteremos nuestro planeta de tal modo que nuestra vida y la de muchos otros seres se vea en peligro, si no imposibilitada. Incluso en el peor de los escenarios sospecho que quedarían bacterias, seres abisales y, quizá, algún que otro artrópodo correteando por la superficie del erial. Pero todos los demás habitantes de esta arca cierta en la que nos desplazamos corremos riesgo evidente de desaparecer si superamos los estrechos límites de habitabilidad de nuestro pobre mundo. Y, por mucho que nos pensemos reyes de la creación y tecnológicamente avanzados, somos tan limitados que, si la Tierra pierde sus privilegiadas condiciones —se las destrozamos, más bien— no seríamos capaces de buscar otro lugar al que emigrar. No ya otra estrella, pues tardaríamos siglos en llegar a la más cercana, sino en el propio Sistema Solar pues, hoy por hoy, está más allá de nuestra ciencia y nuestra ingeniría remodelar otro mundo, cuyas condiciones de partida son infinitamente peores que las de la Tierra actual, o siquiera poner en órbita una estación espacial autosuficiente —ni en la Tierra logramos hacer modelos que lo sean, como demostró el experimento Biosfera 2— ni lo bastante grande para permitir que moren en ella los multimillonarios más asquerosamente ricos del planeta —quizá a costa de exprimirlo junto con sus pobladores— que serían los únicos en condiciones de pagar el utópico billete.

De modo que más nos vale empezar a cuidar en serio lo que aún tenemos, o corremos el riesgo de provocar y contemplar nuestra propia extinción, convertidos en desahuciados de nuestra frágil zona de habitabilidad.

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