Países de mierda

Adobe_house_belonging_to_the_Pima_Indian_interpreter,_Gila_Crossing,_ca.1900_(CHS-3557)

«Shithole countries», agujeros de mierda. Así parece que se refirió a la procedencia de algunos inmigrantes, indeseados por supuesto, que arribaban a la tierra de los sueños, americanos, claro está. Y del norte, cómo no. Vamos, al ombligo del mundo y lugar privilegiado del planeta. Semejante, como lo son siempre los paraísos nacionalistas, al edén perdido. Algunos países, según ese gran sabio que gobierna los destinos del mundo en general y de su país en particular, Donald John Trump, son países de mierda, tristes heces de la civilización y la pobreza que, como bien se sabe, amén de resultar contagiosos y desagradables, nunca pueden proporcionar al mundo nada que no sean esos omnipresentes excrementos carentes, para el señor presidente, de todo valor.

Al margen de que la cita sea verídica o, como luego se apresuraron a afirmar el propio señor Trump y algunos asistentes a aquella reunión, una malinterpretación o tergiversación de sus palabras, parece diáfanamente claro que tales pensamientos cuadran perfectamente con las ideas y acciones de un tipo que, cual matón de barrio o colegio, pretende hacer pagar su cárcel, o muro, a los pobres desgraciados a los que condena a la miseria o, peor aún, a la inanición, la deshidratación y la muerte. Por eso resulta lógico ejemplificar el tipo de inmigrante que preferiría en su país recurriendo al modelo escandinavo que, además de poseer recursos, parece más próximo al ideal WASP que desearía convertir en población única y uniforme del país.

No voy a comentar la obviedad de que las condiciones de un país no hacen la valía de sus gentes, salvo acaso por la necesidad de superación a que obligan las peores circunstancias. Ni sacaré a colación el darvinismo social —casi parece racial— que destilan comentarios de la catadura del presidencial. Tampoco me voy a entretener en rebatir los argumentos gruesos con los que suele pontificar desde las redes sociales. Pero sí quiero hablar de países de mierda. De mierda histórica y, sobre todo, de casas de mierda, ya que parecen el domicilio adecuado para esos habitantes de países pestilentes. Dicho así, suena feo, pero si cambiamos mierda por estiércol y este lo colocamos como componente esencial en la fabicación tradicional de ciertos adobes, el aspecto, y quizá el olor, parecen mejorar.

casa masai

Porque el caso es que, desde tiempo inmemorial, en muchos lugares se han fabricado las viviendas con excrementos. Igual que se han usado, incluso los de animales sagrados, como fuente de energía, para cocinar o en la calefacción. De hecho, en bastantes lugares, la receta tradicional de adobe, amén de barro y paja, incluía una cierta, a veces generosa, dosis de excrementos.

Uno tiende a pensar que tales usos urbanísticos solo son propios de países atrasados, primitivos y miserables. Y hasta puede imaginar, con cierta lástima, a algún indostaní o un masai africano refugiándose en semejante vivienda. No nos parece del todo raro que en una universidad indonesia tuvieran la ocurrencia de lanzar un negocio de construcción moderna con tal material, aunque la empresa no llegara, al parecer, a buen puerto. Pero si es una universidad norteamericana —concretamente la Universidad de Michigan— la que lo propone, el asunto ya se percibe como menos sucio. Tampoco debería sorprender que en nuestra civilizada Europa se emplease en muchos lugares el estiércol como necesario complemento del adobe. Y no me refiero a ese sur de los PIGS a los que suelen referirse nuestros británicos vecinos con tanto desprecio por la cuna de la civilización occidental como con infinita mala leche, sino a Centroeuropa y la Europa del norte donde se solía usar, por ejemplo en la tecnológica Alemania, el estiércol bovino para sellar los huecos entre las vigas de las construcciones de madera. Y ello hasta época reciente. Así las cosas no es raro imaginar que en las casas de los pioneros americanos, muchos de origen europeo y sin tanto prejuicio como sus descendientes modernos, se empleasen los mismos materiales para construir casas de madera y mierda, igual que en el sur del país el adobe de rancia tradición hispana también servía para levantar las viviendas tradicionales y, que yo sepa, tales habitáculos no se despreciaron, sino al contrario, durante la conquista del oeste que siempre se nos vende como el arquetipo de la épica. De modo que el esforzado pionero que usa madera, barro o mierda para levantar su primera y provisional residencia se nos presenta como digno del mayor respeto. Casas de mierda no hacen países de mierda. ¿O sí?

excremento de vaca

Pero claro, rizando el rizo del argumento original, uno puede pensar que, más que un racismo de vía estrecha, el autor del comentario en cuestión, como tantos otros en todas partes, incluido nuestro propio vecindario, pretende arrimar el ascua a su sardina nacionalista, es decir, egoísta. Y, en ese caso, para olvidar el hermanamiento de las naciones, la solidaridad internacional o el más objetivo y siempre olvidado sentido de justicia social o de igualdad de todos los hombres, lo más práctico es enlodar —o enmierdar— a todo vecino para convertirlo en indeseable. El enemigo debe ser transformado en monstruo, en inhumano o en basura —volvemos al tono excremental— para justificar nuestra animadversión y la infalible defensa de lo nuestro, lo bueno, tradicional, magnífico y que debemos preservar a toda costa, con sus esencias —nuevamente el olor se hace fétido— y el aroma del edénico pasado. Así que decimos que los demás pertenecen a países de mierda, en contraste con el nuestro, y así podemos levantar muros de separación alegremente o rechazar al que era nuestro hermano hasta la fecha para convertirlo en la despreciable hez de la que deseamos huir. Eso sí, de buen rollo. Y que no se ofenda porque nos queramos alejar de él y dejarlo al otro lado del muro o frontera, bien lejos de nuestros intereses y privilegios.

En fin, solo diré que a mí lo que me huele realmente mal son estos tipos prepotentes y orgullosos, dogmatizantes y mesiánicos que tratan de venderme su mierdosa y trasnochada imagen del mundo, sus países y sus gentes. Los que los siguen no sé si me dan asco, pena, rabia o, simplemente, me llenan de espanto y perplejidad.

adobe house santa fe

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