Wertt a la hoguera

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Alguno, estoy seguro de ello, se ha llevado las manos a la cabeza al leer el título. ¿Qué clase de salvajada es ese comentario por parte del autor? En un blog que, hasta la fecha y en mi opinión, ha sido razonablemente comedido incluso para vituperar a algún personaje. Confío en que el lector comparta mi apreciación. Aunque el contenido pueda ser duro o cañero me parece que, hasta el momento, he cuidado mínimamente las formas. Otros habrá, tampoco lo pongo en duda, que hayan pensado que ya era hora de que alguien se atreviera a expresar en palabras tal opinión. Y no dudo de que los unos y los otros creerán que ese Wertt consumido por el fuego no debería ser otro que nuestro famoso exministro de educación a quien debemos otra ley educativa que apenas satisface a nadie y nació medio muerta antes de aplicarse como, por otra parte, ha sido la nota común de las últimas y efímeras reformas educativas de nuestro país que jamás han llegado a buen puerto pero han mantenido siempre la deplorable tendencia a empeorar el nivel de nuestros alumnos y la cultura general de la nación. No iba a ser la excepción la enésima que se ejecuta —el verbo es intencionado— sin un acuerdo mayoritario y un mínimo consenso, pero tampoco es cuestión de hacer sangre exclusivamente de ella ni de arrojar a las llamas, reales o metafóricas, a su máximo responsable.

El caso es que la doble “t” que aparece en el título tampoco es gratuita ni una errata, no al menos por mi parte. Porque se refiere a otro Wertt de hace mucho más tiempo y del que he encontrado, en varias lecturas, una referencia bastante peculiar aunque, de ser cierta, realmente dolorosa para el pobre sujeto.

De él se da noticia a principios del siglo XVI. Se trataba al parecer de un ginecólogo de Hamburgo que, contra la norma imperante de que solo las mujeres podían ver a otra mujer durante el parto, se disfrazó de fémina para mejorar, con la práctica, su formación meramente teórica. No deja de ser curioso que al médico a quien se suponía dotado de amplios conocimientos sobre el tema, aunque solo de oído por lo que se ve, se le prohibiera asistir personalmente al parto. A este Wertt, del que no he hallado más datos que apellido, oficio y localización, lo pillaron in fraganti, de resultas de lo cual lo condenaron a morir en la hoguera. Igual es un caso ficticio, aunque suene verosímil, equivalente a las leyendas urbanas de nuestro tiempo. Pero me temo que la incineración cuadra bastante con los escarmientos de la época, un tiempo en que no se andaban con chiquitas para castigar los terribles crímenes basados en ideas o contrarios a la costumbre. Si no que se lo digan a nuestro Servet o al famoso Giordano Bruno, entre otros.

giordano bruno

Desde siempre, al hombre lo ha motivado particularmente aniquilar las ideas ajenas, siempre consideradas extrañas y peligrosas. Ya hace mucho que se convirtió en práctica habitual arrojar a las obras y sus autores, preferiblemente juntos, a la hoguera y el fuego supuestamente purificador. Incluso abundan los ejemplos literarios, desde nuestro Quijote con su pira de libros de caballerías hasta Ray Bradbury, y en su versión cinematográfica Truffaut, con su distópica y ya anacrónica, en soporte que no contenido, Fahrenheit 451. Con respecto a quemas de libros o personas, la versión actual suele consistir en bloquear páginas de Internet o manipular alegremente la información que llega al público.

Como no solemos enterarnos de la misa la media, nosotros, desde nuestra civilizada atalaya del siglo XXI, pensaremos, con comprensiva superioridad, en nuestra suerte de vivir en un tiempo tan avanzado mientras sentimos lástima por la cerrazón de aquellas gentes y misericordia por tantas víctimas de la ignorancia y la intransigencia. Es lo que tiene el saber mirarse el propio ombligo con buenos ojos. Igual que buscamos bondades ficticias en el pasado, a la hora de pensar en tolerancia y civilización nos postulamos como los más avanzados de la historia. Al margen de que el futuro nos observará con otros ojos que los nuestros, no hay duda de que esa visión tan optimista es equivocada y parcial. Nos olvidamos de que en el último siglo los tiranos genocidas han sido más eficaces que en toda época anterior. De que en nuestro tiempo hay multitudes que masacran al vecino por religión, o por dinero. Que muchos anteponen este último a las personas y su bienestar, sin ningún pudor. Que otros, como nuestro Wert y muchos de igual o distinta cuerda pero siempre idéntica catadura, imponen su modo de concebir el mundo a los demás. O que siguen existiendo todo tipo de censuras y leyes que no aportan beneficio alguno al legislador pero perjudican a muchos legislados sin favorecer a cambio a nadie afectado por la ley, no más allá de agradar o sancionar gustos personales o de ciertos grupos sociales.

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En este último sentido se me ocurre la ley que tan polémica fue en su día en nuestro país que permitía las uniones de personas del mismo sexo. Lo que muchos veían como una aberración se va demostrando con el tiempo que es lo más natural. Lo tradicional perjudicaba a mucha gente sin favorecer otra cosa que una visión anticuada y sesgada por ideologías y religión. La que muchos apoyaban y apoyan y les llevó a tachar la ley de monstruosa. Pero claro, el mundo evoluciona y con él sus gentes y la sociedad. Y, al parecer, la nuestra y muchas otras de la vecindad ya estaban preparadas para esta ley y, en lugar de tumbarse la ordenanza patria, resulta que son otros países supuestamente desarrollados los que empiezan a permitir también estos matrimonios.

Igual ocurrió con la idea de que el ginecólogo no viera a la mujer o, más recientemente, con el voto femenino, la instrucción pública o la mera idea de la libertad individual. Cuando se deja que fluya la realidad por sí sola, se impone la normalidad y lo cotidiano se acepta como natural. Conviene, por tanto y a mi juicio, no demonizar lo que nos es extraño, mostrarse abierto ante la novedad y, ante todo, no tratar a los demás como no nos gustaría ser tratados. Entretanto, antes, hoy y siempre, nos tocará lidiar con los fanáticos —carcas o no— que se empeñan en colocar barreras ante lo que no les incumbe ni podrán detener indefinidamente.

Por eso son tan importantes la educación y las leyes que la organizan, porque es primordial que el ciudadano posea conocimientos y mimbres con los que enfrentarse al mundo y las ideas que por él circulan. Y claro, siempre habrá quien desee utilizar su posición de poder para hacer una educación a medida de los intereses que defiende, aunque sea a costa de cercenar la libertad de los demás limitando su formación y hasta su misma capacidad de raciocinio. Quizá, y para empezar, deberíamos recordar que la educación no debe pretender solo formar a los trabajadores o consumidores del futuro sino a los individuos morales y conscientes que hace dos siglos quienes nos precedieron imaginaron como verdaderos ciudadanos capaces de gobernarse y de ayudar a dirigir su sociedad, un modelo de ciudadano que situaron en el futuro inmediato para ellos, aquel que aún tenían por construir. Me temo que su sueño, si es que alguna vez estuvo cerca de nosotros, parece volverse a alejar, a desdibujarse siquiera como opción. Parece que los lobos que cuidan el rebaño llevan camino de vencer, dedicándose a cuidar ovejitas cada vez más dóciles al tiempo que se esfuerzan, con suerte desigual, en demonizar o lanzar a la hoguera a todo el que se sale del redil, sea o no con razón o aprovechamiento.

lomce