Catalanes exiliados

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En estos tiempos tan confusos como turbulentos, que se mueven entre la supuesta necesidad de estado o los arrebatos espirituales y el interés particular o los ejemplos más vergonzantes de paletismo, quizá resulte conveniente poner tiempo, más que tierra, de por medio, por alcanzar perspectiva y, más que quitar hierro al asunto y descargar de trascendencia a lo que nos empeñamos en otorgársela, preferimos echar la vista atrás para contemplar cómo vivían otros sus crisis sociales y personales.

Quiero retroceder al siglo XVIII, ese que algunos ven, vaya usted a saber la razón, como origen de imperecederos agravios y lugar de nacimiento de patrias imaginarias, perdón, quiero decir naciones, que para algunos, vaya usted a saber la razón, se perciben como más naturales e históricas, hasta con un fondo que roza lo religioso. Y lo hago para acercarme a lo religioso, no sé si a lo divino, pero mucho más a lo humano, a través de algunos personajes olvidados por la historiografía cateta de unos y el desprecio y los propios delirios también nacionalistas de los otros. Quiero volver la vista hasta una época en que los países se identificaban con dinastías monárquicas y apenas se vislumbraba un intento de modernidad, difícil imaginar todavía la llegada de lo contemporáneo que aguardaba a las puertas de un nuevo siglo. Curioso comprobar como, pese a todo, las gentes se identificaban con la geografía y sentían su prurito de orgullo patrio. Bien distinto, eso sí, del terruñismo miope de lo estrictamente local y mezclado con verdaderos agravios que no forzaban a cambiar las percepciones más íntimas.

Voy a hablar, ya lo he mencionado en el título, de catalanes exiliados. Pero en el siglo XVIII. Y no por nacionalistas o revolucionarios, que aún no era llegada la época, sino por el tema nacional de nuestro país: motivos religiosos, que no —al menos en este caso— espirituales. Quiero escribir acerca de Lampillas y Masdeu, dos jesuitas catalanes expulsados, como tantos otros de la Compañía de igual o distinta procedencia, del reino de España durante el gobierno de Carlos III. Ambos se fueron a Italia. Y lo que se va a comentar sobre sus vidas tiene más que ver con historia y sentimientos que con religión, aunque los segundos se suponen ligados a ella y, en la Católica Monarquía que gobernaba por entonces nuestro país, la primera, pese a los intentos de modernización, todavía marchaba muy ligada a la última, convertidas historia y religión en extrañas hermanas. No me voy a extender en una biografía de los personajes ni mucho menos elaboraré una de esas hagiografías tan queridas durante mucho tiempo en estas tierras. Tan solo quiero hablar de una faceta y algunos detalles de los personajes.

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Empezamos con una breve reseña de cada uno de los aludidos.

Francisco Javier Cerdá nació en Mataró en 1731. Cambió su apellido por Lampillas, o Llampillas, igual que ahora diríamos Francesc Xavier. Pronunció los votos y entró a la Compañía de Jesús, razón por la cual hubo de abandonar España rumbo a Italia cuando la congregación fue expulsada del país. Durante su exilio enseñó teología en Ferrara y, movido por su afán patriótico, intentó combatir lo que pensaba errores de algunos autores italianos que consideraban a España, como estado opresor, causante de la pérdida de pujanza cultural de su país tras el floreciente Renacimiento. Lampillas hablaba de Literatura, pero no hemos de olvidar que, en aquel tiempo, tal término era sinónimo de un concepto cultural bastante amplio. El resultado fue un largo ensayo en italiano en siete volúmenes, traducido al castellano por Josefa de Amar y Borbón con el título de «Ensayo histórico-apologético de la literatura española contra las opiniones preocupadas de algunos escritores modernos italianos», donde defendía la cultura y la influencia españolas, que no meramente catalanas. Falleció en 1810 sin haber regresado a la, por entonces, invadida España.

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El caso de Juan Francisco Masdeu —o Joan Francesc Masdéu, si se quiere— corre parejo al anterior. Nació en Palermo cuando el futuro Carlos III era monarca de las Dos Sicilias, dentro de una familia catalana al servicio del rey. Tomó también votos en la Compañía y, si bien residió buena parte de su vida en Italia, se caracterizó por su fiero antiitalianismo y su amor por las tradiciones hispanas. Colaboró con Lampillas y realizó su propia obra en defensa de lo hispano: « Storia critica di Spagna e della cultura spagnuola in ogni genere ». Empezó a escribirla en italiano pero, visto el escaso eco de sus diatribas en el país transalpino, pasó a escribir en castellano hasta completar veinte tomos en defensa de la patria que lo había exiliado. La misma que ahora le subvencionaba la publicación de sus panegíricos.

Curiosos exiliados, en todo caso, los dos religiosos. Más aún considerando que eran catalanes. Y no parecieron tomar inquina a los borbones que sojuzgaron su país ni al rey concreto que los expulsó del mismo. Parece extraño que, para ellos, los agravios vengan de los italianos, de los extranjeros que menoscaban la fama y el buen nombre de esa patria apenas incipiente —más si cabe cuando aún no ha habido guerra de independencia ni romanticismos que construyan el ideal de nación— que los ilustrados comienzan a moldear.

Y no pretendo con ello indicar que no haya agravios contra pueblos o provincias. Ni que estos dos personajes sean objetivos observadores de su siglo ni historiadores de fiar. Tan solo pretendo llamar la atención acerca de lo que todos sabemos y muchos se niegan a aceptar: que los sentimientos y percepciones son variables, que las patrias y naciones se crean más a impulsos de la voluntad de los corazones, los intereses económicos o políticos y el empeño de imaginarlas que por basarse en realidades históricas e inmutables —como si la propia historia no fuera plenamente maleable y mentirosa—. Pero es llamativo que, en el siglo XVIII y tras la guerra de sucesión, dos religiosos catalanes defiendan el honor de la patria hispana de la que se consideran partícipes frente a las ofensas de los italianos. ¿Dónde quedan la opresión borbónica, el sentimiento de agraviada singularidad o la protesta por los fueros perdidos? Ellos ven prosperidad en estos borbones, incluso cuando el rey los expulsa con toda su congregación. Y aún se tardará casi un siglo en convertir a los austracistas en defensores de lo catalán, o a los futuros carlistas en adalides de soñadas patrias perdidas.

Cada quien tiene derecho a creer en lo que le plazca y a seguir los deseos que le dicten el corazón o un vecino convincente. Pero no parece razonable pretender justificar las veleidades propias, individuales o comunales, por el peso de la razón o de un pasado tan idílico como falso y reconstruido.

Acaso estaría bien acordarse también de aquel nostálgico del otro lado del charco, el nicaragüense Pablo Antonio Quadra, quien, en su Breviario imperial recuerda con añoranza la vieja monarquía trasatlántica y parece sugerir una reunificación desde ambas orillas mientras apoya los fascismos europeos, convirtiendo en ideal aquella época tan cargada de gloria como de miseria y opresión. O incluso al portugués Saramago quien, tal vez por vivir en Lanzarote y triunfar en España o haciéndose eco del sentir de algunos otros paisanos suyos, propone recuperar la unidad efímera, tan brevemente alcanzada con los austrias y rota por ambiciones propias y extranjeras, de toda la península como un paso deseable en el progreso común.

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Y no pretendo aquí defender ningún nacionalismo ni criticar los deseos o apetencias de cada cual. Pero, visto que las nostalgias y sentires se crean y alimentan, que tan fácil es ocupar un vacío vital con la religión, la patria, cualquier ismo o una pseudociencia, apelando a emociones que son tan intensas como volubles y manipulables, permitidme que me identifique más con aquellas que, en su ideario o ensoñación, proponen construir y unir en lugar de separar o disgregar, estas últimas remarcando diferencias o inventando enemigos. Prefiero a la Francia unificada por los jacobinos, a los teutones e italianos haciendo suma de sus pequeños países y toda Europa uniéndose pese a sus múltiples diferencias, mezquindades y agravios históricos, antes que a los británicos ensimismados en su perdido imperio o nuestros catalanes enamorados de su diferencia respecto del resto de españoles, como si los demás fuéramos uniformes. Algunos parecen renegar de los derechos humanos brindados por la Revolución Francesa y anteponen pueblos, naciones o fronteras a la libertad individual.

Para terminar, quiero dedicar un breve recuerdo para ese «Tema del traidor y del héroe», de Borges, junto con otro para «San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno, y hasta para la última tentación de Kazantzakis, que nos demuestran hasta dónde alcanza la imaginación para mantener las creencias y qué escaso fundamento, aunque sea el literario, permite sustentar los ideales, el valor o la fama de las personas. Y eso contando que siempre y pese a todo, al menos a mi juicio, son más reales e importantes los de las personas, como ya he indicado, que los de las indefinidas y autoidentificadas manadas, llámense naciones, feligreses o turbas.

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