Ahora o nunca

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«It’s now or never», cantaba con voz dulce y atiplada Elvis Pressley mientras mostraba su imagen más elegante. Declamaba su amoroso «ahora o nunca» tan definitivo como melifluo y amoroso. Remedando, eso sí, el famoso O sole mío de Eduardo di Capua aunque inspirado, directamente, por la versión previa de aquel tema, «There’s no tomorrow», de Tony Martin. Tomándolo con humor, parece que el asunto no era tan urgente como declamaban los cantantes si la música podía mantenerse sin muchos cambios durante décadas.

«Ahora o nunca», escuchamos que alguien dice en alguna ocasión. Nos lo escuchamos a nosotros mismos, al tiempo que nos damos ánimos para plantear el dudoso ultimátum, como si de ese modo nos pareciera más razonable o necesario.

Tras años trabajando para la misma empresa sin conseguir el ansiado ascenso o un aumento de sueldo proporcional a los merecimientos que estamos seguros de haber acumulado, parece que aguardamos el peor de los momentos para lanzar nuestro órdago absurdo. Previamente nos hemos convencido de su inevitabilidad. Más aún, de su urgencia y conveniencia. Los humanos somos tremendamente hábiles para retorcer la realidad a nuestro antojo y para justificar, ante nosotros mismos, las opiniones más estrafalarias y las acciones más descabelladas. Vivimos, de hecho, en el continuo autoengaño que nos permite soportarnos y convivir con nuestras casi siempre tristes condiciones. Y por ello alimentamos nuestro ego y hacemos crecer subjetivamente el peso de nuestras razones, hasta convertirlas en palabra de ley, indudable, justa y necesaria. Tan urgente como infalible. Y le planteamos a nuestro jefe la petición cuando peor marchan las cosas en la empresa, mientras nuestros rivales para el cargo nos adelantan por la mano o cuando nuestra labor está siendo más cuestionada.

«Con todo lo que he hecho/dado yo por la empresa», gemiremos lastimosos y exigentes ante aquel de quien depende nuestro futuro. Tal vez dejemos traslucir la ira, el agravio del que nos creemos objeto. Y claro, en tal escenario la amenaza cae en saco roto o, aún peor, nos cuesta el puesto o la tranquilidad. Nuestro apremio se convierte en apresuramiento, en torpeza. Elegimos el peor momento y pagamos bien cara nuestra patética apuesta. Cuando más debíamos callar, nos sentimos impelidos por la necesidad de evitar la rutina o la resignación y convertimos la duda en fe y la remota posibilidad en certeza. «El mundo es de los valientes», nos repetimos antes de lanzarnos al precipicio, para comprobar que nosotros, más bien, pertenecemos a la categoría de los inoportunos e impacientes, de quienes han olvidado el contexto cegados por sus propios sueños que nunca se sostienen a la luz del día.

juego lemmings

Igual le puede suceder al enamorado indeciso. Aquel infeliz que dice conformarse con la amistad de la persona querida, haciéndose su voluntario confidente y perrito faldero, salvador si se le presentan problemas y hombro sobre el que llorar. Se dice resignado a esa triste suerte, tan seguro está de su falta de opciones o de su cobardía y escasez de virtudes. Pero, ¡ay!, la maliciosa esperanza siempre se introducirá en su mente por algún recoveco. O lo conseguirá la simple desesperación al vislumbrar la llegada de cualquier rival que le hace sombra y le demuestra, con su rápido y certero acercamiento, que la fortaleza no era ni mucho menos tan inexpugnable como había asegurado creer. Entonces el pusilánime se arma de valor y se lanza a pecho descubierto contra el inevitable muro de indiferencia, contra la amistad que él mismo se ha esforzado en forjar y con la que había alejado la pasión de modo casi definitivo. Pero la duda lo corroe y el miedo a la pérdida definitiva le hace preferir la confesión al triste marchitarse cerca de la amada y, a la vez, tan lejos como ha acertado a situarse. Casi siente más miedo del éxito de los rivales, reales o imaginarios, que pueden dejarlo definitivamente en la cuneta. «Mejor arriesgarse», se dice, «es preferible el desengaño que la ignorancia». Porque la duda sigue ahí aposentada. ¿Y si la persona amada le corresponde en secreto, devolviendo, como un espejo, unos sentimientos tan tibios como los que recibe? «El mundo es de los valientes», se repite. «Ahora o nunca», decide. Y escoge el momento inmediato, sin apenas preparar la ocasión. Sin ensayar un mínimo acercamiento, un avance de sus posiciones. Abre de par en par su corazón sangrante y, tras la sorpresa, que quizá no lo es tanto de quien posiblemente ya había leído o intuido sus sentimientos, llega el rechazo, suavizado o no. Quizá el objeto de su amor le ofrece mantener la amistad, o le muestra tristeza, o lástima. Pero no le devuelve amor. Todo lo más se irrita por la tardía confesión. Seguramente ofrece continuidad y entrega distanciamiento. Si la tranquilidad de lo resuelto ha compensado el rechazo cosechado, deberá decidirlo, o asumirlo, mientras se lame las heridas que, olvidada la razón, quiso imaginar improbables.

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Algo semejante le ocurre a aquel tipo asentado en una vida de rutina y comodidad que lo deja insatisfecho. Siempre ha soñado con ser un emprendedor de los que hoy abundan. Lanzarse en pos de un proyecto profesional, vital. Amedrentado por las dudas, las muchas obligaciones y los seguros riesgos, va retrasando la decisión, aplazando el sueño. Su vida avanza y su carrera se consume trabajando plácidamente para otros, a cambio de un sueldo, por una seguridad. Como todos, siempre deseará lo que no ha tenido. El sueño por realizar será en su imaginación su infalible enganche para una hipotética felicidad futura. Algún día llegará a su destino. Y creer en tal posibilidad le permite mantener la esperanza en su propia valía y en un futuro brillante basado en un presente cada vez más gris.

Pero, cuando todo se complica, cuando el cómodo empleo del que dice renegar pende de un hilo, o cuando llega el despido, mientras le flaquean las fuerzas y le tiemblan las piernas ante el incierto porvenir, se lía la manta a la cabeza. Sin plan, sin estudio previo, sin atar cabos sueltos, se decide a montar su negocio, consulta o taller. Y lo hace en las peores condiciones. Buscando éxito rápido con pocos recursos, ideas sin madurar y desde el peor cuartel, el único que ha logrado ocupar. «Ahora o nunca», se repetirá una y mil veces para infundirse valor y falsa seguridad. Tan solo para comprobar que el barco recién fletado zozobra nada más salir y naufraga sin remisión antes de tener tiempo para enderezar un rumbo imposible. Y tendrá que asumir la derrota, que incluye la de sus sueños, por mal pergeñados que estuvieran, junto con la necesidad de adaptarse a la nueva y penosa situación que le parecerá superada, de modo lamentable e imperfecto, aceptando cualquier trabajo alienante, siempre peor que el que perdió y con menos sueldo, porque la economía aprieta y el valor se escapó convertido en locura.

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Ocurre a las personas, en lo privado y lo profesional. Sucede en los negocios. En pequeños grupos que se autoengañan y se impulsan hacia una meta tan imposible como inoportuna. De modo que no habría de sorprendernos que les ocurra a los pueblos y muchedumbres. No en vano, la escasa inteligencia humana se nos diluye en la manada, contagiados por emulación y en aras de lograr nuestra patética aceptación social y grupal. Bien es cierto que habrá quien se abstraiga de la vorágine. Pero muchos se dejarán llevar por la marea, convirtiéndose en parte de la corriente y convencidos de ser padres y artífices del sueño. Siempre habrá listos, o tontos, que empujen a los demás, que los convenzan y arrastren tras lo que es locura desde el nacimiento o se convierte en tal cuando al aprovechado de turno se le va de las manos el asunto que tramaba. ¡Qué difícil resulta mantener el interés particular si se pone su ejecución en manos de la horda!

Sucede tras cientos de años de convivencia. Llena de altibajos, como cualquier relación. Con momentos peores y mejores. De traiciones propias y ajenas, desamores, intereses mutuos, aprovechados, unidos en la penalidad común y tratando de arrimar el ascua a la sardina de cada cual cuando todo marcha bien. Tras cuarenta años de tranquilidad, en los que has logrado más de lo que nunca soñaste pero parece que ya no podrás dar el último paso, el que te acerca a la quimera, tan ingenua como utópica, tan irreal como idealizada, alguien pone en tus oídos la materialización de la meta, verbaliza tu sueño que llegaste a considerar absurdo o inconveniente para convertirlo de nuevo en tangible y deseable, alma hecha voz. Seguramente la del interesado de turno junto con su cohorte, necesitados todos de tapar vergüenzas propias o ajenas, de cubrirse aún más el riñón o, simplemente, de apuntarse un tanto o realizar el sueño infantil cuando se halla en plena chochez. Los listos animan a la parroquia. Cambian los lemas. Resucitan los antiguos junto con las viejas pretensiones, los supuestos agravios ya olvidados o la simple falta de cariño que, siendo mutuo, se sitúa en el compañero convertido en rival. Es sencillo, pues el camino de las exigencias y peticiones, disfrazado de victimismo, ha rendido buenos frutos durante años. Parece fácil y la meta se ve cerca, como te recuerdan todos tus correligionarios que vociferan a tu lado reunidos para conmemorar la ocasión. «Es ahora o nunca», dicen todos a una. «It’s now or never», «ara o mai», «maintenant ou jamais », el momento decisivo, la puerta de la gloria y el éxito. Estás tan cerca, porque así lo has decidido sin mirar alrededor, sin consultar, sin plantearlo a quienes viven contigo. Armado de razones que olvidan las ajenas. Tantas como para hacer tu santa voluntad sin mirar. Y no te fijas en que el sueño no solo sigue siendo difícil de realizar, sino que enfrente tienes al gobierno más reacio a cualquier componenda, el más tradicionalista, que sus socios extranjeros te observan con recelo y pavor, como el que escarmienta en pelado ajeno, que el mundo no está preparado para tu sueño, que considera locura. Que el dinero huye, que el vecino se violenta como si tú lo estuvieras ofendiendo y agrediendo. Y el camino de rosas se te convierte en espinas, pero ya es demasiado tarde para retroceder. Porque dar marcha atrás es reconocer el error. Peor aún, parece significar que renuncias a tu sueño porque, si ahora se aleja, parece que nunca volverá el momento de realizarlo. Porque ahora sí, y tal vez antes, intuyes que el contexto no va a hacer otra cosa que empeorar para tus intereses, aunque te salgas con la tuya. Y, ya que no tuviste la prudencia de aguardar el momento propicio y convertiste tus urgencias en necesidad y virtud, ahora no estás dispuesto a regresar al redil. Mejor mentir y mentirte. Alterar el pasado, inventarlo si es menester. Desfigurar el presente. Todo vale para mantener tu sueño. Retuerces los hechos y la razón y, como todos los que nos engañamos con el pensamiento, ni siquiera eres consciente de ello.

Tras saltarte leyes, hallar enemigos fuera y dentro de tus fronteras —tanto las legales como las de tu reino imaginario, o república—, llevas el desafío hasta sus últimas consecuencias, hasta el fin. Y llamas traidor a todo el que se aparta de la senda marcada. Criminal a quien se te opone. Pusilánime al que duda. Todo antes que dar un paso atrás. Iniciado el camino ya no sirve torcer, te dices. «Ahora o nunca» y hasta el terrible «antes muerto» son consignas que suenan razonables en tu cerebro alucinado. Y seguirás, como esos falsos lemmings de Walt Disney que ganaron un Oscar, avanzando decidido hacia el precipicio que has convertido en la única salida que te parece digna. Mejor ser mártir que renunciar al sueño, que confesar la propia locura, la enfermiza obsesión que te ha devorado, que sentirte paleto provinciano pillado en renuncio cuando presumías de tu modernidad. Todo antes de reconocer que no era el momento, ni la situación, que las circunstancias y el contexto eran los peores, que había más que perder que por ganar, que el sueño común podía ser pesadilla, que tal vez fuera ridículo y absurdo. Mejor convertir en drama lo que solo debía ser opereta. «Ahora o nunca», sin vuelta atrás.

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