Viajar en el tiempo

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Muchos nos acordamos del bueno de Marty McFly ayudando a Doc para poder volver al presente tras su accidentada excursión al pasado montado en su DeLorean y apoyado en su generador de flujo. La película ya tiene unos añitos y llama la atención que, con su éxito y tras crear escuela, no se le haya hecho un remake en esta época en que se rebaña la filmografía de cada estudio. Sí que dio pie a secuelas e incluso se ha llegado a hablar de una cuarta parte rodada con protagonistas envejecidos que no sé si daría mucho juego pero es previsible que hiciera caja. De las dos ya grabadas, una está situada de veras en el futuro y la otra, a semejanza del original, en el pasado, pero en uno más remoto, aunque no tanto en realidad si nos atenemos solo a la cifra, haciendo retroceder a los protagonistas a finales del siglo XIX. Y algo parecido a la sensación de verse trasladado al pasado arcaico y grosero de aquellos años del Far west, me invade durante este tiempo revuelto de confinamiento o, por ser más explícito, obligado encierro debido a la pandemia del coronavirus. No llego a padecer una desubicación semejante a la de aquellos Visitantes franceses que parodiaban más la actualidad que el Medievo, pero la sensación es, igualmente, tan incómoda como triste.

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Nosotros, me incluyo, que nos pensábamos más modernos, más avanzados que todos aquellos seres primitivos a los que contemplábamos con aires de superioridad y juzgábamos con cierta condescendencia, descubrimos que somos poco menos que cavernícolas, que nuestra sociedad es tan arcaica como la de hace medio siglo, dos, tres centurias o un milenio. Que con nuestros antepasados humanos a los que reconocemos como congéneres a través de sus escritos, nos une también la insignificancia, la sustancia perecedera que nos conforma. Si antes veíamos a los pobladores del pasado como pobres criaturas hijas de una época de oscuridad que nosotros, seres avanzados del siglo XXI —tecnócrata, individualista y postmoderno hasta hace bien poco en nuestra imaginación—, teníamos superada, ahora descubrimos que estamos a su mismo nivel y pertenecemos a idénticas penumbras, alojados en una cueva miserable al tiempo que envueltos en nuestros más atávicos terrores.

¡Qué cura de humildad! Comprobar que no hemos derrotado a la enfermedad y que no todas las guerras se pueden vencer con tropas y misiles, por más atómicos que sean, pero tampoco con dinero. Y que las epidemias no son una cuestión de otro tiempo ni de otro mundo, que las enfermedades infecciosas, las pestilencias del siglo XXI no son tan distintas de las del XIV. Y que somos seres frágiles, limitados e indefensos como en toda época.

groundhog day

Sentimos que hemos viajado en el tiempo, sí. Al pasado. Y que nos hemos convertido en personajes en blanco y negro, fotos desvaídas de un libro de historia. De modo semejante, al menos, nos verán nuestros descendientes futuros, sorprendidos de que en el año 2020 todavía hubiera que recluirse ante una simple enfermedad vírica. Pero, al mismo tiempo, sentimos con igual intensidad, si no es aún mayor, que el tiempo se ha parado, que se nos ha detenido, congelado. ¡Que nos ha atrapado! Como aquel personaje, Phil Connors —magistralmente interpretado por Bill Murray— en la magnífica película «Groundhog day» —traducida, según los lares, directamente a «El día de la marmota» o un más explícito pero nada literal «Atrapado en el tiempo»—, condenado a repetir una y otra vez, día tras día, la misma jornada, en apariencia trivial, hasta ejecutarla de modo perfecto y escapar del extraño bucle en el que ha quedado inmerso. Ahora nos toca repetir jornadas grises, en ocasiones monótonas, salpicadas de cotidianos aconteceres, ya sean laborales, afectivos, sanitarios, pero siempre complementarios a una realidad, la del encierro, que si fuera voluntario no nos resultaría tan doloroso y, en estas circunstancias, además de venirnos impuesto, adquiere tintes tan trágicos —o más bien distópicos, sin llegar a apocalípticos— como carcelarios. Es, en cierto modo, como darte cuenta de lo que siempre has sabido: que vives de prestado, que todo lo que puedas hacer no deja de ser provisional, que tiene fecha de caducidad, como tú mismo. Que lo que hagas no es del todo trascendente y queda supeditado al hecho principal, al hilo conductor de tu existencia encerrada —entre cuatro paredes y en ti mismo— frente al virus, el enemigo invisible, desconocido, ciego y azaroso que acecha en el entorno, entre los objetos neutros o sobre la mano amiga. ¡Y había quien pensaba que el existencialismo ya pasó de moda! ¿Cuántos habrán leído «La peste» ahora por primera vez? Supongo que no tantos como me gustaría pensar.

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Temerosos y asustados, al mismo tiempo nos invade una familiar y absurda sensación de hermanamiento. De que el vecino es otro yo semejante a ti mismo, de que los miserables del pasado no eran muy distintos de nosotros, más hábiles o esforzados quizá, obligados por sus medios y tecnología a lidiar con idénticos horrores vitales armados con peores armas materiales. Un hermanamiento que, por desgracia, se desmenuza en contacto con la patética realidad de los buitres y aprovechados que sobrevuelan la desgracia ajena tratando de obtener dinero o réditos políticos —quizá son sinónimos para algunos—, o simplemente mantener su estatus o los privilegios con que creen protegerse.

cuerpo a cuerpo

Por suerte, nuestro mal presente pasará, como terminan haciéndolo todos. «Que no hay mal que no cure, pero tampoco bien que te dure cien años», como decía el malogrado y admirado Aute. Por suerte pasarán el estrés, el miedo, la psicosis, las incomodidades. Por suerte olvidaremos los temores y regresaremos a esa vida normal donde se pueden dejar de lado y fingir que no existen. Por desgracia, olvidaremos las lecciones de este tiempo y esos sueños filantrópicos y de bonhomía que también, ingenuamente, hemos querido alimentar mientras el mal y el miedo se nos hacían presentes. Por desgracia, me temo, aprenderemos tan poco de este presente aleccionador como hemos aprendido a lo largo de nuestra repetitiva historia de eternos retornos hegelianos. Pero perdonadme que sea optimista y quiera creer que una pizca de progreso y de mejora sí pueda brotar de las cenizas actuales. No hace falta que renazca un fénix para ver brillar la vida. Pese a todo, algo avanzamos y también lo haremos en esta ocasión. Lástima que ahora, como en tantos remotos «entonces» sucedió, no tengamos muy claro hacia dónde.

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3 comentarios en “Viajar en el tiempo

  1. Pluma ágil y sarcástica, que enarbola la espada hecha de verbo de un jinete ( no del Apocalipsis en este caso) que todavía mantiene ese necesario punto de esperanza en un futuro que se antoja demansiado presente. Gracias por compartir reflexiones, compañero y amenizar el cautiverio de estos días.

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