El increíble Funes

rain man

¿Quién no se acuerda del triste personaje de Borges, incapaz de olvidar un detalle y atormentado por su memoria absoluta e infalible? Podría haber precisado, en la pregunta retórica, quién que haya conocido esta historia de Borges ha sido capaz de olvidarlo. Aunque igualmente creo que a muchos que no lo han leído también les resulta familiar este personaje imaginario, posiblemente eterno pese a la brevedad del relato donde se describe su portentoso don que, al tiempo, supone dolorosa maldición.

Sin embargo, cualquier chiquillo de los años setenta u ochenta del siglo pasado que viviera la época del programa matinal o la sesión continua del cine identificaría bajo tal nombre, si es que conocía el apellido del protagonista, al inefable Louis de Funès, el actor francés de origen español que interpretó, entre cientos de papeles, al archiconocido gendarme de Saint Tropez o coprotagonizó la saga de Fantomas. Quizá sus dotes interpretativas resultaban un tanto dudosas, pero su histrionismo, su gestualidad exagerada, acentuaban una vis cómica que supo aprovechar perfectamente para que tanto él como sus películas disfrutasen de considerable éxito incluso más allá de las fronteras de su país. Yo, personalmente y porque la memoria juega con los recuerdos a su gusto, me quedo con su disparatada “Las locas aventuras de rabbi Jacob”, película de equívocos y ritmo acelerado que, sin duda, me decepcionaría profundamente si la volviera a contemplar con ojos distintos de los de aquel infante que la disfrutó.

fantomas

Es precisamente de juegos de memoria de lo que pretendo hablar, luego este es el momento oportuno para retomar a nuestro Funes borgiano —o borgesiano, como aún escriben algunos acérrimos seguidores—, personaje de ficción y, sin duda, uno de los más conocidos de su autor. El relato se incluyó en su antología Ficciones, quizá mi preferida entre sus colecciones de relatos, suma de otras dos y primera obra con la que empezó a hacerse realmente famoso. No voy a ocultar aquí mi admiración por el maestro ni a dejar de recomendar la lectura de este volumen, así como la de cualquier otro suyo, al lector despistado que aún no haya tomado contacto con su obra. Pero, como ya he indicado, ahora toca hablar de Funes y memoria. “Funes el memorioso”, se titula el relato. He leído en algún lugar que se trata de un ensayo sobre el insomnio pero, aunque sea cierto que el protagonista, entre otros problemas, padece el de la dificultad para dormir, no es ese, a mi juicio, el principal de sus males ni la esencia del cuento. Borges habla, como casi siempre, del tiempo, pero esta vez asociado a una memoria prodigiosa que se convierte en facultad terrible para su portador, un joven que, tras un accidente, es capaz de recordar toda su vida con completo detalle, lo cual altera su percepción toda y el propio transcurso del tiempo. La maldición, en tiempo objetivo, dura tan solo dos años, pero resulta inimaginable la tortura padecida por el pobre Funes.

El relato en sí es estupendo, la idea, su desarrollo, la manera en que Borges lo redacta. Eso sí, aunque el título del libro en que se incluye habla de ficciones, y yo mismo lo interpreté como pura fantasía, ocurre que algo semejante a esa maldita cualidad puede suceder en la realidad, dando la razón al propio Borges cuando afirmaba que todo lo que uno es capaz de imaginar de un modo racional muy posiblemente pueda tener su espacio en la realidad. En este caso se trata de lo que los médicos denominan hipermnesia o hipertimesia, nombres que resaltan la posesión de una memoria superior, que algunos llaman absoluta, por la capacidad de recordar todo con minucioso detalle, como si el olvido fuera imposible.

Existen casos, probablemente más de los que podamos imaginar. Pocos contrastados y documentados. Y no todos iguales. Porque, siendo los individuos distintos, sus males, aun semejantes en sus frutos, no pueden ser idénticos. Hay ocasiones en que la hipermnesia se manifiesta como una supermemoria autobiográfica. Es conocida, por ejemplo, la experiencia de Jill Price, una mujer que incluso escribió durante años un diario hasta completar más de 30000 páginas y, tras conocerse su caso, un libro donde lo describía como una auténtica maldición, tan funesta como “funesca”, y titulado “La mujer que no puede olvidar”. A partir de entonces se dio el nombre de Memoria Autobiográfica Altamente Superior (HSAM por sus siglas en inglés) a esta capacidad. No son muchos los casos semejantes conocidos, la mayor parte estadounidenses, por ser su país aquel en el que más seguimiento mediático se dio al asunto y donde varios individuos, como consecuencia, airearon su don. Hoy por hoy se conocen unas docenas de casos, si bien el número de individuos que hacen pública su capacidad memorística va en aumento. Se pueden encontrar datos de unos cuantos en diferentes medios: Brad Williams, periodista con recuerdos aún más detallados, al parecer, que los de Price, Marilu Henner, una actriz que ha hecho conocida su peculiaridad, Louise Owen, violinista, Rick Baron, de quien se hizo un reportaje y ha usado su habilidad en varios concursos, Bob Petrella, comediante y productor televisivo, todos estadounidenses y que salieron a la luz tras el primer caso. O el ruso Solomon Shereshevsky, también periodista, anterior a los mencionados y famoso por su prodigiosa memoria, a la que añadía grandes habilidades nemotécnicas y sinestésicas o, más recientemente, el británico Aurelien Hayman o la australiana Rebecca Sharrock. No tengo constancia de español o hispano que haya publicitado poseer esta cualidad. Al parecer, según ellos mismos afirman, algunos viven el hecho como auténtica pesadilla y otros como una cualidad positiva. La mayoría confiesan no poseer tal memoria desde siempre, sino a partir de algún punto, marcado por un desarrollo evolutivo acorde con la edad o tras determinado hecho trascendente, ya sea emocional o físico, que les acaeció y, aparentemente, desató la memoria portentosa que les permite recordar todos los datos, todos los días, todos los detalles, incapaces de olvido o despiste con respecto a su propia existencia y el mundo que han ido percibiendo.

Al margen del posible origen de la cualidad, que está siendo estudiado por diversos grupos de científicos, la idea de esta memoria prodigiosa me retrotrae a nuestro Funes pero también, y por qué no, me hace recordar a los famosos idiotas sabios con su capacidad intelectual limitada pero ciertas habilidades magnificadas que los hacen destacar en alguna faceta, sea la capacidad musical, la artística,el cálculo aritmético o una estupenda memoria, por señalar unos cuantos casos.

Se da el llamado síndrome del savant, por ejemplo, en ciertos individuos que, intelectualmente, podrían considerarse retrasados, oligofrénicos incluso, capaces de memorizar guías telefónicas o realizar cálculos increíbles y, sin embargo, tan limitados en su intelecto como para no poder mantener una conversación mínimamente normal. También en algunos tipos de autismo, popularizados, quizá erróneamente, por la famosa película Rain Man y su inolvidable protagonista Raymond Babbit. Digo erróneamente porque el personaje en cuestión y la propia película se inspiraron en un caso real, el de Kim Peek quien, según se vio finalmente, parecía no ser meramente autista sino portador de cierto síndrome hereditario.

También me acuerdo de la película Phenomenon, con John Travolta convertido en supersabio tras un accidente y muerto, finalmente, por un cáncer que pareció ser el desencadenante del prodigio. Aunque el argumento suene poco realista, cualquiera de estos casos de memorias portentosas y capacidades más allá de las normales en cualquier ámbito nos sorprenden y fascinan a un tiempo. No es raro que mientras unos indagan la raíz material y fisiológica del hecho otros lo asimilen sin pudor al puro milagro.

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Tal vez en un futuro no muy lejano se descubra la modificación exacta que permita convertirnos a todos, alteración genética mediante, en Funes, o la tecnología facilite el desarrollo de alguna superinteligencia o supermemoria biónica. Pero, entretanto, con nuestras memorias limitadas, no deberíamos olvidar que la mente es mucho más extraña y burda de lo que imaginamos. Que, pese al Tomás bíblico, nos engaña una y otra vez, inventando percepciones, modificando y reinventando los recuerdos por el mero hecho de relatarlos o recordarlos en nuestro propio pensamiento. A veces con la sana intención de permitir que nos desenvolvamos mínimamente en el mundo y, en muchas otras ocasiones, para permitirnos el triste asidero de cordura que supone crearnos una identidad y una consciencia. Olvidando incluso, o alterando en el recuerdo, mucho de lo doloroso, lamentable, vergonzoso o trivial que nuestro filtro cerebral y nuestra limitada memoria consideran oportuno desechar o reconstruir.

Ni el Funes imaginario ni aun menos los funes de carne y hueso recuerdan la realidad, los hechos tal y como fueron, sino solo lo que vivieron y asimilaron subjetiva e imperfectamente en sus cerebros.

Muchos tenemos claro que no podemos fiarnos de nuestros sentidos para conocer al detalle el mundo. Igualmente debemos asumir que nuestro cerebro, nuestra consciencia, nuestra memoria o inteligencia son esencialmente imperfectos. Por eso resulta milagroso que, pese a todo, seamos, nos reconozcamos en el tiempo y los demás sean capaces de identificarnos. Vivimos, pues, de ficciones. ¡Benditas ficciones!

ficciones

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