Mala educación

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Elías no entendía a sus hijos. Tiempo atrás perdió la esperanza de comprender. Pero todavía lamentaba haber alcanzado ese punto. Y no lograba explicárselo cabalmente. La madre, su Casilda que en paz descanse, lo llevaba mejor. También usaba bastante el corazón y él, por decisión propia, trataba de ser más cerebral.

Ambos se marcharon del pueblo a la ciudad cuando jóvenes. Años sesenta, posguerra más lejana que las recientes estrecheces y miles de oportunidades en un mundo cambiante donde se imaginaban perros atados con longanizas o casi.

Pueblos distintos. Igual podía haber sido el mismo. Para el caso, pocas eran las diferencias.

Gente humilde, inculta, buena, trabajadora, religiosa. Son adjetivos que parecen indicar poco acerca de sus portadores. Pero es que Elías y Casilda no eran especiales. Personas de su generación, formadas durante poco tiempo en la escuela bajo la doctrina fascista y en familia con escaso esmero y mucho ocultamiento.

Ambos deseaban un futuro mejor para sus hijos, Francisco y Jesús. Trabajaron como mulos, el uno fuera de casa, la otra a ratos fuera y siempre dentro, para sacarlos adelante y darles ese soñado porvenir. No querían que sus chicos fueran unos desgraciados. Los niños debían estudiar para progresar. Convertirse en médicos, abogados, ingenieros, siquiera maestros de escuela. Pero no destripaterrones como el padre. No bastaba el esfuerzo para cambiar de clase social y, más importante, de soldada. Hacía falta cultura para tener un trabajo respetable, de los de pensar.

Los chavales les salieron buenos y aplicados. Obedientes y sensatos. No unos rebeldes, o de esos que acaban en drogas y malas compañías. Con esfuerzo y sacrificio, los padres el físico del trabajo y las pequeñas privaciones, los chicos con codos y mucha constancia, estudiaron carrera. El uno se hizo químico. No se supo de dónde le vino el interés. El otro filósofo, otra inutilidad que, al cabo, le permitió ser profesor. Elías y Casilda pudieron sentirse orgullosos de sus vástagos. ¡Anda que no presumían de lo lejos que habían llegado en comparación con otros del pueblo de cada cual o del barrio!

Ambos hijos se colocaron razonablemente bien, aunque no exactamente de lo suyo. Los dos se echaron novia formal y, con el tiempo, se casaron y hasta los hicieron abuelos. Padres e hijos podrían haberse considerado razonablemente satisfechos con su vida. Pero no Elías, no del todo. Ni Casilda, aunque menos. Porque para ambos quedó una espinita que los mortificaba mucho más de lo que demostraban.

¡Y es que los hijos se les habían vuelto ateos!

Elías siempre recordaba las palabras de don Braulio, el cura del pueblo cuando mozo:

—Las letras solo sirven para hacer pecadores y ateos.

La curiosidad y el pensar no eran santos de su devoción. Quien sabía demasiado no lo usaba para nada bueno.

El cura murió hacía mucho, pero sus palabras perseguían a Elías, dándole que pensar y que sufrir. Él sabía que sus chicos se estaban condenando por su culpa, y de su Casilda, por buenas que hubieran sido sus intenciones.

Ellos intentaron inculcar la fe a los chicos. Ambos hicieron la comunión llenos de ilusión. El mayor hasta se confirmó. Pero luego se fueron apartando de la iglesia, de la misa, de la fe. Al ritmo que progresaban sus estudios.

Ninguno bautizó a sus hijos. Dos nietas y el pequeñín, ninguno cristianado. ¡Qué iba a ser de aquellas pobres criaturas! Y de nada servía porfiar o tratar de convencerlos. No entraban en razón, o entraban demasiado y Elías no podía seguir sus argumentos. Le ofendía cuando le hablaban de la Navidad como Solsticio o sustituto de las saturnales, de Krisna, Adonis. Lo sublevaba que se tomasen a broma la liturgia. Que le hablasen, en tono erudito y como a un niño, de los cismas de oriente y occidente, de “fallos” de la Biblia, de influencias grecolatinas del Evangelio. Al tiempo que lo confundía.

Él solo entendía que sus hijos eran unos herejes. Buenos chicos, sí, pero ateos, o añósticos, como decía el pequeño. Por ganarse la cultura, el jornal, la posición social y económica, también por el orgullo de los padres, Francisco y Jesús se habían perdido, alejándose de la fe católica.

El cura del barrio tampoco entendía. Elías le confesaba sus preocupaciones, su culpa, y el otro le hablaba del laicismo imperante, como si aquello lo sacara de pobre.

¿Y qué iba a hacer él? ¿Enemistarse con los chicos? ¿Llevarse a los nietos en secreto a la pila bautismal, aunque fuera crecidos y todo? No podía. Intentaba hacerlos entrar en razón. Procuraba no irritarlos, no convertirse en objeto de sus burlas o lecciones. Y lloraba. Y hablaba, en sus oraciones, con su Casilda, que en paz descanse. Y pedía a Dios, Virgen y Santos que iluminaran a los rapaces. Aunque cada vez lo veía más difícil. A él le quedaba poca vida. Por más sacrificios que ofreciera, sentía que sus rezos y llantos caían en saco roto. También entendía que Dios lo probaba, y a toda la familia. Y confiaba en que, tarde o temprano, cuando él ya hubiera muerto pensándolos en pecado mortal, sus hijos, los buenos chicos que criaron él y Casilda, recuperarían la fe y la extenderían a los nietos. Los caminos del Señor son insondables. Pero qué tristeza, qué pena ver que se le habían malogrado con los libros, con el estudio que ellos les inculcaron sin saber las terribles consecuencias que tendría para sus almas.

—Señor, sabes que nunca pido nada para mí —murmuraba Elías cada domingo ante el altar, tras la misa—, pero a ellos no me los abandones…

Y así fabricaba la débil esperanza que se le difuminaba durante la semana.

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