El impagable don de la desocupación

Pitufo_Perezoso

¡Qué mala fama tiene la pereza! Siempre considerada pecado o lacra.

Y qué difícil distinguirla de la desocupación.

Parecemos obligados a actuar, a movernos, correr. Aunque casi siempre sea como pollos sin cabeza.

Y sí, todos llevamos un perezoso dentro, un pequeño o gran vago, deseoso de tomar las riendas de nuestra vida, de impedirnos avanzar, y agotarnos, que nos engatusa con la idea del descanso y la comodidad. Huir de complicaciones y esfuerzos, escapar de obligaciones y culpas, no hacer nada, o hacer oídos sordos a los que nos recriminan nuestra perezosa inactividad.

De acuerdo, la pereza es una tentación pero, en el fondo, tampoco parece tan deseable. Algunas personas son capaces de vegetar permanentemente, de mantenerse indolentes en una mera contemplación casi pasiva, sin raciocinio ni la más mínima actividad física. Pero creo que abundamos más los que, al margen de los necesarios descansos, siempre tenemos planes en la cabeza, los pies o las manos. ¡Hay tanto que hacer y tan poco tiempo para llevarlo a la práctica! Tanto que es un crimen dejarse arrastrar por la pereza, galbana, desidia, vagancia, gandulería, holgazanería, dejadez, desgana o simple apatía.

La mayoría de los seres humanos necesitamos actividad, pero no cualquier actividad.

Personalmente, siento lástima por aquellos individuos, cada vez más abundantes en nuestros días, que parecen correr constantemente, sin respiro pero hacia ninguna parte que uno pueda imaginar aun poniendo en la deducción todo su intelecto. Esa gente que trabaja sin descanso por un sueldo, o una fortuna, para sacar adelante un trabajo, una empresa, fábrica u obsesión que absorbe todo su tiempo y buena parte de su vida. Me dan pena esos ancianos que no pueden dejar de trabajar en la rutina que han seguido toda la vida, alienados, atados a un trabajo capaz de anular sus sueños tanto como su personalidad. Personas que se deprimen cuando se jubilan, o los jubilan. Individuos que se pasan años renegando de su empleo para luego echarlo en falta. Que habrían deseado, quizá, nacer más tarde para poderse jubilar, según el ridículo signo de nuestros tiempos, marcados por unas supuestas necesidades económicas que nada tienen que ver con las personales, con sesenta y siete, setenta años, o morir con las botas puestas, al pie del cañón en su obra, su mostrador o su tétrica y miserable oficina. ¡Qué tristes vidas las que se arrastran por este mundo siguiendo solo deseos y normas ajenos!

Y, claro, también siento pena por mí si me comparo con aquellos otros que no deben someterse a más servidumbres que las que ellos se imponen. Algunos por la propia fuerza de carácter y al margen de cualquier condicionante ambiental. Pero me fijo, ante todo y con cierta envidia, en aquellos que pueden permitirse no trabajar para nadie, o hacerlo para sí mismos sin tener que llamarlo empleo u ocupación, sin que se les convierta en rutina, obligación o necesidad. ¡Quién fuera uno de esos desocupados! No un triste parado o desempleado que busca, casi siempre con la desesperación de las estrecheces y la necesidad, cualquier ínfima fuente de ingresos con la que alcanzar una mínima e inestable seguridad material.

Yo quiero para mí el impagable don de la desocupación. Quiero disponer de mi tiempo sin tenerlo que vender a cambio de dinero. No se trata de ser rico o de huir de las obligaciones. El sueño dorado no es ese, sino el de poder dedicar el tiempo a lo que consideres oportuno y pertinente, sin tenerte que someter a un jefe, un sueldo, un ritmo más impuesto desde fuera que por ti mismo.

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¿Habría podido mi admirado Charles Darwin desarrollar su teoría de la evolución, pergeñar siquiera su libro, si no hubiera dispuesto de tiempo y recursos casi ilimitados para ello? Buena familia, buen matrimonio. Bien es cierto que realizó un agotador viaje alrededor del mundo, sometido a la autoridad castrense de un capitán y unas obligaciones, pero entonces y luego tuvo tiempo más que de sobra para meditar y escribir. Incluso obtuvo buenos beneficios con la redacción de su personal crónica de aquel viaje aventurero. ¿Acaso no intuyó los mismos principios su amigo Wallace? Quizá no poseía su talento, sus dotes naturales o su carácter. Pero, en ocasiones, me inclino a pensar que a Alfred Russel Wallace le fallaron la familia y los dineros antes que el deseo o el intelecto. Ni su formación ni su trabajo fueron tan cómodos como los del primero.

¿Y qué decir de un Marcel Proust, capaz de arrastrar las palabras y los detalles casi hasta el infinito? ¿O de un Borges meditando cada palabra de un cuento de cuatro páginas? ¿Podrían haber desarrollado sus obras si no hubieran sido unos desocupados?

Sí, ya sé que, en muchas ocasiones, el talento y el arte se manifiestan con especial intensidad ante la adversidad, cuando el individuo es sometido a presión. La historia está llena de genios de toda índole maltratados por el mundo, la vida y las penalidades. Pero uno no se cambiaría por ellos tan alegremente como por cualquiera de los desocupados anteriores.

¿Qué importa que muchos desocupados malgasten su tiempo, el dinero heredado y su propia vida dedicándolos al hedonismo o la más vacua indolencia? ¿Acaso no hacemos lo mismo casi todos los desgraciados que vendemos nuestro tiempo y empeñamos nuestras ilusiones por un plato de lentejas?

Pues entonces, dejadme seguir admirando a esos grandes desocupados que pudieron encontrar la inspiración en la pausa y la meditación antes que en la espada de Damocles que tan pocas satisfacciones da en vida tanto al que obtiene el éxito como al que sufre el fracaso. Los que dicen que el sufrimiento purifica el espíritu y fortalece el carácter de las gentes tal vez tengan razón, pero no creo que quien posee el impagable don de la desocupación estuviera dispuesto a cambiarse por ninguno de esos talentos forjados en el dolor.

La pereza puede ser un vicio pero también parece demencial ese continuo afirmar con pleno convencimiento que el trabajo es salud. Puestos a repetir mantras, me quedo con los de tipo plácido y meditativo.

aleph

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