Es la economía

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Alguno tal vez recuerde la frase anterior asociada al antiguo presidente de los Estados Unidos Bill Clinton. En realidad, la frase fue un eslogan usado en la campaña de 1992 y que tuvo bastante éxito en su lucha por la Casa Blanca contra George H. W. Bush padre —quizá correspondería usar el anglicismo «senior»— y su enunciado original era «the economy, stupid». Según se cuenta, uno de los asesores del futuro presidente, James Carville, comprendió que, para vencer a un Bush que muchos veían imbatible, debían acercar la campaña a las necesidades de los ciudadanos e incluyó tres puntos en un cartel como recordatorio en las oficinas demócratas de los que la frase de marras era el segundo apunte. El cartel, sobre todo el apartado del título, se convirtió en lema oficioso de la campaña y condujo a Clinton al despacho oval durante ocho años, reelección incluida. Desde entonces, como si fuera un mantra, ha presidido la mayor parte de las decisiones políticas de gobiernos de todo el mundo y se ha usado en muchas escuelas de economía.

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Lo que fue un acierto político se convirtió, sin embargo, en muletilla y excusa para muchos. Resumen y receta de lo que debe ser esencial y prioritario en cualquier asunto de gobierno. Y no es que ya antes no sucediera así, pero poder resumir una máxima del pensamiento político moderno en una frase tan sencilla pareció dejar a muchos satisfechos.

Yo, aun a riesgo de parecer ignorante, ingenuo, primitivo o utópico, debo señalar que la dichosa frase me escama y me provoca considerable rechazo. Sucedía ya antes de la última crisis y con ella la alergia y sarpullido se incrementaron.

No es que esté en desacuerdo con la frase. Ni siquiera en lo que considero su esencia, la que hizo a Clinton rebañar votos de muchos ciudadanos que solo miraban por su propio y quizá maltrecho bolsillo. Es que estoy en completo desacuerdo con el pensamiento único y simplificador que ha tomado la frasecita como justificación de todo tipo de atropellos en aras de la macroeconomía con que nos gobiernan las políticas neoliberales al uso, en las que incluiría mucho supuesto progresismo de vía estrecha.

De acuerdo, que la plata, la pasta, la guita, la manteca, el dinero, los cuartos, el parné, el peculio, es muy importante, esencial e imprescindible tal como funciona nuestro mundo y tal como lleva funcionando desde que abandonamos el trueque y la autosuficiencia. Pero no es lo único que existe. Ni siempre debería ser lo prioritario. Poderoso caballero, sí, pero no rey de reyes ni emperador del mundo. Y, por eso mismo, me fastidia que haya tantos personajes dispuestos a sacrificar seres humanos —no digamos ya los bienes naturales o las ilusiones de cada cual— en el altar sagrado y glorioso de la economía, convertida en ciencia infalible, si es que no llega a la categoría de dogmática religión.

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Olvidan muchos el significado etimológico de la palabra economía. Comparte raíz, obvio es decirlo, con ecología. Economía proviene del latín oeconomia y este, a su vez, del griego oikos que significa hogar y de nemein que es la administración o las leyes de gobierno. Luego, en su sentido original, se trataba de gobernar del mejor modo posible los asuntos materiales de índole doméstica o, por extensión, de un país. Es decir, consistía en administrar los recursos disponibles, organizarse para llevar una mejor vida. Y el término debería haber mantenido su sentido tanto en lo privado como en lo común. Si uno se administra y organiza, si ahorra o gasta, es con un objetivo que, por regla general, suele ser el de hacer mejor su hogar. Si uno tiene deudas o limitaciones es natural que dicha administración se vuelva distinta. Pero no lo es que el concepto se desvirtúe y se transforme en un término místico según el cual pasa a convertirse en ideal o entelequia, principio y fin de sí misma. Que la economía marche bien nunca debería implicar que los bienes se incrementan sin objeto o los balances resultan numéricamente satisfactorios. Si la economía no revierte los beneficios de su administración en los hogares es que algo marcha realmente mal en ella. Y, sin embargo, es a ese punto al que llegamos, me temo, hace ya mucho tiempo y no somos capaces de escapar de él.

En ecología está claro el ideal de conservación, de sistemas y flujos, de equilibrio. Por eso un ecologista —no el científico, el ecólogo— se caracteriza por su afán proteccionista. Mientras que el economista, que se afana por el beneficio particular, gremial o estatal, rara vez tiene en cuenta las consecuencias humanas o naturales de su administración.

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Así, nos convierten en dogmas de fe y leyes cuasinaturales las necesidades de unos pocos y las limitaciones de su ciencia y su cálculo. Por eso se obcecan en su macroeconomía que puede simularse matemáticamente y dejan de lado la microeconomía, quizá la más real por afectar a los hogares y las personas que los ocupan, por ser particular e imposible de modelizar en detalle. Pero, ¿qué ciencia económica es esa que se olvida de las personas? Parece un oxímoron que la economía, que debería ser ciencia social y humana, y no solo por criterios clasificatorios, se olvide de las personas para las que fue creada. Y no me basta que se me diga que a algunas personas les funciona y favorece. En un estado todos los hogares deberían importar y quizá más los que tienen mayores deficiencias.

Por eso me repugna la dichosa frasecita. Porque se hace eco —la ninfa, no nuestro oikos— de la idea contable y administrativa, pero no se acuerda —al menos en la práctica y el uso actual, quizá sí en su enunciado original— de sus beneficiarios. Porque cualquier persona percibe como asunto natural que en la mejora de su propio hogar, de las condiciones de su habitáculo y su modo de vida, el dinero no lo es todo. Que el hogar no se vuelve acogedor meramente empapelándolo con billetes o bañándolo en oro. Otras condiciones que vuelven habitable y confortable un hogar humilde pueden ser la envidia del millonario. Los recursos son necesarios, imprescindibles hasta cierto nivel. Pero no son lo único importante. Y si nos venden economías crecederas para el bolsillo ajeno que deprimen el nuestro, estresan nuestra vida y destruyen nuestro planeta, me temo que lo que nos proponen no representa la esencia auténtica de la economía.

Así las cosas, y no solo porque ahora veamos agudizada la crisis permanente, económica tanto como humana, que según muchos vivimos desde hace décadas, no es raro que cada vez más pensadores, como el francés Latouche, abracen las ideas del decrecimiento económico como necesarias para mantener el hogar de todos al que tan mal venimos tratando desde que tenemos fuerza y poder para ello.

Sí, es verdad, «es la economía, idiota», pero creo firmemente que se trata de otra economía, digamos que no una economía tan «de bolsillo».

Serge_Latouche

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3 comentarios en “Es la economía

  1. Un artículo apropiado a las tendencias globales empresariales, ganar mucho y que los demás se apañen ó se busquen un mini-job. Totalmente de acuerdo: se han olvidado de los hogares y las personas, somos meros números con los que calculan sus % en ganancias.
    Me ha encantado tu entrada a la poesía de “Poderoso caballero…”¡¡-Un abrazo.

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  2. El gran reto del Decrecimiento: “vivir mejor con menos” , imprescindible para nuestro equilibrio con la naturaleza y sobre todo con el resto de los Seres humanos…
    Felicidades J.Luis por seguir escribiendo, analizando, cuestionando… y compartiendolo!!!! Un abrazo

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