Caducidad

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Ya no llama la atención, desde la última crisis, que muchas personas consuman productos caducados en lugar de tirarlos. Desde que en Grecia se empezaron a comercializar legalmente, rebajados, productos con la fecha de consumo preferente alcanzada, el asunto se ha naturalizado, por más que fracasase como negocio, y las tragaderas de todos —para el alimento en posible mal estado como para todo tipo de «trágalas» que nos van colando— parecen haberse agrandado. No voy a entrar en la polémica acerca de ciertas fechas de consumo preferente que parecen amañadas o el hecho de que, hasta tiempo reciente, a nadie parecía preocupar la cantidad ingente —e indignante— de alimentos que nuestro mundo supuestamente civilizado despilfarra sin parar, bien tirándolos directamente a la basura o echándolos al coleto de esas multitudes crecientes de obesos que, como consumidores, ensanchan las economías patrias al igual que sus orondas cinturas. La economía de mercado favorece ese dispendio y, de paso, la sustitución de productos aun cuando no haga falta.

Tampoco voy a entretenerme en glosar esa otra incongruencia de poner caducidades ridículas a muchos medicamentos que no debían llevarla o no tan breves y, al tiempo y como obra de caridad, favorecer su recogida para entregarlos a los países pobres. Igual que algunos piensan que más vale comer caducado que morir de hambre, otros nos muestran que los medicamentos no están pasados y son válidos o, si se equivocan, nos dan a entender que más vale enfermar tratando de curarse con pócima revenida que empeorar o sanar solo sin usarlos. Lo cual no parece aplicable al reciclado de juguetes usados, cuando algunas organizaciones benéficas consideran que los niños pobres merecen solo juguetes nuevos adquiridos ex profeso mientras que los de los niños crecidos y en perfecto estado no merecen una segunda vida y oportunidad en otras manos más necesitadas.

Ni me entretendré en el mundo de los textiles con sus modas pasajeras que nos arrastran y obligan, convirtiendo nuestros armarios en museos de los horrores —si es que hemos intentado seguir sus dictados— o en muestrarios de cutrismo y antigualla —si nos hemos empeñado en ignorarlos—. No parece necesario mencionar el exagerado éxito que tal política de sustituciones forzadas de gustos, estilos y técnicas, ha tenido por doquier en casi cualquier negociado empresarial, desde la afín cosmética, la perfumería, el mundo del motor o los más recientes cambalaches informáticos con ordenadores permanentemente anticuados —apoyados en la ley de Moore— o los teléfonos móviles/celulares —cuya sustitución se basa más en la estética y el postureo que en la necesidad o la utilidad del cambio—. Como si se tratara de una competición olímpica, subvertimos términos y nos empeñamos en llegar más rápido, más fuerte y más lejos pero no sabemos dónde, aparte de abrazar la estúpida sustitución de bienes y objetos.

gordon moore

Pero sí diré que estoy más que harto de oír por todas partes que vivimos en la sociedad de la información. Creo que desinformación se aproximaría algo más a la verdad. Cansado de escuchar que la información crece exponencialmente y cada año se multiplican los datos acumulados, convirtiendo los del pasado en una exigua minoría. No porque no sea cierto sino, más bien, porque el comentario deja sin responder la pregunta de si tanta información posee alguna utilidad y verdadero contenido o es espuria, trivial cuando menos, que es lo que, me temo, abunda sobremanera en la mayoría de los casos.

Me espanta, también, comprobar cómo una infinidad de personas, muchas con supuesta formación, demasiados jóvenes tan ignorantes como pagados de sí mismos, se dedican a usar esa sobreabundancia informativa y las redes sociales para compartir vacuidad y alcanzar una suerte de «todo vale» en el que lo de menos es el contenido y cuenta más estar conectado con afines, hacerse oír y escuchar que el contenido de lo que se oye, dice o escucha. Se tiende a prestar más atención al que grita más, al que se publicita mejor o se pone más brillo. También al más simple, con el que resulta más sencillo identificarse o al que se le entienden mejor los argumentos, que no suelen pasar de lugares comunes. Quizá, me temo, todos queremos ser oídos aunque tengamos poco o nada relevante que decir. El vacío, la fatuidad o la estupidez también requieren de millones de bits para expresarse, pero eso no convierte la acumulación de información en un mérito. Perpetuar nuestra cotidianidad, lo superfluo y mediocre, lo lamentable y patético, lo absurdo y ridículo, las repeticiones y copias no supone un incremento del patrimonio cultural ni informativo. Tan solo se trata de una acumulación de datos inútiles. Yotabits sin sentido, cuatrillones de octetos prescindibles que nadie echará en falta si desaparecen. Ni siquiera su autor. Posiblemente él menos que nadie si mira de cerca los datos deplorables que incorpora a un perfil o una página web.

Se suceden las versiones de películas magníficas —o no tanto— incluso cuando salieron al mercado hace poquísimos años. La música caduca antes de sonar. Se exige al autor novedad y éxito constante al tiempo que se crean productos repetitivos con la excusa del triunfo, entendido como dinero en manos del productor. Se ensalza a los mediocres de los sucesivos concursos de supuesto talento, triunfitos o chefs da igual, al tiempo que se banaliza la creatividad y se les penaliza la originalidad. Y, cada vez más, la literatura, convertida en bien de consumo, se puebla de libros prescindibles y de éxitos de temporada. Antes los grandes ventas duraban décadas en los estantes. Ahora un clásico parece un volumen que lleva cinco años en las librerías sin envejecer. No puede ser de otro modo en la economía de mercado.

Pero claro, si eres tú el que pretende sacar un libro en el que has puesto tu mente, tu alma, tu oficio, tu mucho o poco talento, te molesta que la realidad sea esa. Que te lean cuatro gatos y que te ninguneen los medios, que se olviden de ti antes de conocerte mínimamente. Te duele aunque sepas que no puede ser de otro modo. Que entre los 81.391 títulos publicados en España en 2016 el tuyo sea una gota más del océano, tan intrascendente como la mayoría, incluidas muchas obras de relumbrón que en pocos años nadie recordará. Peor aún teniendo en cuenta que también abunda la autoedición, que no suele incluir ISBN. Que la cifra —que no he encontrado— se disparará si acumulas el total de libros publicados en lengua castellana en cualquier país. O en cualquier otra lengua del mundo. Que haya 87.292 títulos nuevos publicados en el año 2017, incrementando el pastel y el negocio cuando apenas sí lo hace la raquítica cifra de lectores. Y te deprime pensar que tu obra es información insustancial, por más que quede en la red durante muchos años, con tu tenue huella impregnando alguna de sus infinitas páginas web.

De poco sirve lamentar la multiplicidad de datos o tu propia intrascendencia. El mundo debe continuar. El negocio debe continuar.

The show must go on’, que decían aquellos amigos de Queen, tan talentosos como publicitados a los cuatro vientos por una ambiciosa productora ansiosa por rentabilizar las ventas. Todavía no del todo obsoletos o caducados, aunque quién sabe lo que sucederá cuando su música y su talento tengan que competir con el creciente océano de bits de información y el inmisericorde paso del tiempo que vuelve arcaico a ojos de muchos lo que se dijo ayer u hoy por la mañana.

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7 comentarios en “Caducidad

  1. Disfrutamos de tus razonamientos en cada artículo. El problema de hoy día, es que en general se consume el cine, la música y la literatura, pero no interesa aquello que hace pensar, pero son necesarias tus reflexiones ya que ponen un poco de cordura en el espacio de internet. Seguiremos aquí.

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    • Gracias, Concha, por tu comentario. Completamente de acuerdo salvo por un detalle. No solo «consumimos», en el sentido más destructivo del término, el arte, sino casi todos los recursos de nuestra pequeña canica azul. ¡Cómo si los millones ganados hoy por algunos fueran a salvar nuestro futuro!

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  2. Tocas algunos problemas emergentes y en aumento en este siglo XXI. Desafortunadamente no son los únicos; y es que nos hemos empeñado en seguir escribiendo nuestra historia a golpe de prisas, del hoy y ahora, del yo más, convirtiendo nuestro mundo en un balcón a la desesperanza.

    Hay que cambiar muchas cosas y necesitamos personas que no se queden en lo superficial y nos recuerden la inmolación social, cultural, económica,… a la que nos dirigimos.

    Gracias.

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