Mentes recicladas

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Nos dicen que hay que reciclar. Y sí, tienen razón. Es absolutamente necesario y conveniente. Pero, antes que nada, sería más que oportuno que nos hicieran comprender cómo el primer cambio que motivó, en buena medida, la necesidad del reciclado se produjo en nuestras mentes. No de repente, sino de modo paulatino y constante, generación tras generación. Y no sucedió de un modo inocente ni casual, sino premeditado, con alevosía se diría. Nos reciclaron la mente. A la mayoría, a casi todos. Yo me incluyo. Y, desde entonces, nuestra relación con el mundo material se volvió más complicada. Peligrosa. Tóxica, me permito añadir.

La idea de escribir esta entrada surgió de algo tan diminuto como las arandelas de plástico que, cada vez más, aparecen en los envases de tetrabrik. Igual que podría haber nacido ante cualquier objeto diminuto e intrascendente de los que nos deshacemos a cada instante sin darles mayor importancia, como las tapas de yogur, los plásticos situados a los extremos de los cordones —herretes se llaman de un modo que hoy puede sonar un tanto incongruente aunque no lo fuera en el pasado— o el envoltorio de un caramelo.

Hoy en día se nos inculca la importancia del reciclado. No contaminar. Limpiar. Las tres famosas erres de los críos en la escuela: reducir, reutilizar, reciclar. Pero se hace después de habernos cambiado, generación tras generación, la manera de valorar el mundo material.

Antes a los humanos les bastaba con un mínimo de energía y comida para subsistir, aunque para la mayoría de personas se tratara de algo asumido por necesidad y obligación más que por principio. En cualquier caso a casi todos, incluso a quienes podían permitirse mayores dispendios, les agradaban los bienes duraderos: la ropa, el calzado, las herramientas que aguantaban toda una vida. Había objetos, incluso, que pasaban de padres a hijos, como recuerdo y patrimonio familiar que cada heredero conservaba con orgullo. Sin embargo esa visión de lo material ha cambiado por completo en nuestros días. A nosotros nos han metido en la cabeza la idea de que todo debe sustituirse rápidamente, de que la moda ha de evolucionar y cualquier utensilio, prenda, envase y hasta el objeto de lujo más costoso, lleva impresa desde su nacimiento una fecha de caducidad siempre próxima en el tiempo. La mayoría de nosotros conocemos lo que significa el concepto de obsolescencia programada. Y hasta hay quienes la bendicen, no digamos ya lo numerosos que son quienes la aceptan sin más, como necesaria o, cuando menos, inevitable.

Pero, si tanto nos preocupa el medio ambiente y el efecto que nuestros actos causan en él, ¿no sería más sensato promulgar leyes para que cualquier producto comercializado fuera en lo esencial reciclable o biodegradable? ¿No sería razonable favorecer esa mentalidad antigua de la conservación? ¿Más ecológico limitar lo superfluo en vez de fabricarlo a espuertas y luego inculcar un incómodo y complicado reciclado? El caso es que aquí la lógica o la preocupación no parecen ser factor de importancia.

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A veces me pregunto si la historia del ser humano no es un relato de domesticación de nuestra especie. De la mayoría de nosotros cuando menos. Como esos zorros de experimento amansados por selección, con sus sintomáticas orejas gachas. En ocasiones, medio en broma medio en serio, me pregunto si los que dominan de veras el orbe no poseerán aún, como el lobo y cualquier depredador peludo, las orejas enhiestas y una considerable capacidad para moverlas y orientarlas a voluntad, perdida por el común de los mortales salvo como pálido reflejo.

Dejando aparte el humor, está claro que las sociedades humanas evolucionan en sus comportamientos y la docilidad de sus miembros debe ser un rasgo que se puede cultivar. Así se puede convertir a pueblos beligerantes en manadas obedientes convencidas de su libertad y su capacidad de raciocinio y elección. ¿No se nos incita una y otra vez al individualismo? Y no digo que sea mala cosa, sino que la instigación suele ser falsa. Se nos invita a pensar por nosotros mismos pero solo tras convencernos de que nuestros deseos y aspiraciones son los que convienen a los rectores y gobernantes del mundo.

Todo esto venía, y aún viene, a cuento del reciclado. El de la mente. Y también el de todo aquello cuya tangible esencia material tenemos infinitamente más clara que la de nuestro espíritu o nuestra razón.

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Nos convencen de la necesidad de reciclar. Nos convencemos. La aceptamos como necesaria. Y es correcto. Probablemente vital, en un sentido mucho más literal del que a muchos les gustaría dar al término. Nos aleccionan desde altas instancias. Igual que otros particulares, no sabemos si mercachifles o verdaderos profetas, aprovechan la coyuntura general y nuestros deseos para vendernos supuestos milagros salvadores, sirva de ejemplo una bombilla casi eterna. Claro que no deja de ser curioso que se nos venda como milagroso lo que en otro tiempo pasaba por ser habitual y cotidiano.

Pero, al tiempo, se nos anima a olvidar, a pasar por alto situaciones y costumbres arraigadas desde hace años en nuestro interior. Quizá, posiblemente, sin nosotros saberlo. Porque se nos anima a reciclar cuando, previamente, se nos ha incitado a derrochar, a lanzarnos a un absurdo consumismo. De bienes y recursos, de energía y tiempo, cuyo ahorro nos evitaría la mayor parte del reciclado posterior, también el mental. Debemos comprar y tirar sin descanso para que se mantenga nuestro absurdo sistema, condenado al fracaso y que nos lleva al desastre, quizá a la catástrofe y la extinción. Avanzamos por un callejón que sabemos sin salida y, entretanto, nos abrigamos con un grueso y cálido manto de hipocresía para afirmar, sin rubor, que deseamos cuidar el medio ambiente, que nos preocupan las miserias ajenas, que nos comprometemos a reciclar, a ahorrar y dar nueva vida a lo viejo o solo pasado de moda, autoconvencidos de la bondad de nuestro proceder y de la sinceridad de nuestros propósitos.

Falta saber si también han sido recicladas las mentes de nuestros gobernantes. Si se engañan a sí mismos y confunden deseo con realidad, receta con remedio, o tan solo aplican la falsa terapia a los ingenuos y bobos, a la ciega muchedumbre que se afana en proseguir el camino que le han trazado sin dejar resquicios para la duda, la confrontación o meramente la verdadera individualidad y su correspondiente dosis de libre y responsable albedrío. Falta saber si nos gobiernan tontos o malvados. Con más peligro los segundos que los primeros, como bien sabemos todos, muchos gracias al señor Pérez Reverte. Aunque creo más bien que ambas cualidades, los dos defectos, no son incompatibles. Tiendo a sospechar con terror, tan ciego como nuestra inopia general, que los regidores de este loco mundo tienden a combinar ambas facetas a un tiempo. Y colijo que, por desgracia, nada hay más peligroso que un tonto malvado, aplicado con denuedo a destrozar el mundo, a sabiendas o no, con intención y saña o carente de ellas, merced a sus dos rasgos dispares. Yo, de natural optimista, aquí intuyo que el malvado imbécil no obrará nuestro beneficio si se aplica a ejercer el mal sino, al contrario, lo forjará tanto cuando se esmere en nuestra desgracia como cuando no tenga ninguna intención al respecto. ¡Qué Dios nos pille confesados! ¿O será reciclando?

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