Ciencia ficción

ignotus

Reconozco que el nombre no es afortunado. Tampoco otros con los que se ha pretendido sustituir el calificativo como ficción especulativa, novela de anticipación o especulación científica. Pero no entiendo realmente por qué tiene tan mala prensa, en ciertos ámbitos, un género literario capaz de brindarnos auténticas joyas, de contenido tanto como de estilo.

Me temo que la culpa es, no sé si a partes iguales o asimétricas, de la falta de imaginación de muchos tanto como de la popularización, a través del cómic y el cine, de ciertos estereotipos de subgénero. Si nuestra imagen de ciencia ficción son los superhéroes de tebeo y cine, la guerra de las galaxias que eran estrellas y sus sucedáneos, o cualquier película de acción situada en un escenario futurista, pues resulta que no tenemos mucha idea de lo que es la ciencia ficción.

somnium

El género es bien antiguo. Basta con encontrar un texto en el que se especule razonablemente sobre un futuro plausible para que podamos hablar de inclusión. En todo caso, se suele hablar de Kepler y Bergerac como antecedentes del género, aunque, sobre todo en el mundo anglosajón que hoy en día todo lo influye, se considera a Mary Shelley con su Frankenstein la auténtica madre de ambas criaturas literarias: monstruo y variedad literaria. Si bien es Julio Verne, gracias a sus visionarias novelas tecnológicas, el mundialmente reconocido padre del género y quien, al tiempo, le dio popularidad. Con muy dignos sucesores como H. G. Wells, la recién nacida ciencia ficción mantuvo su éxito y lozanía, al margen de la proliferación de aventuras espaciales o el auge de folletines, gráficos o cinematográficos, como el famoso Flash Gordon que aún divierte recordar. En nuestro país, algo más tarde, el género creó escuela, con personajes como aquel coronel Ignotus que hoy da nombre a ciertos premios que van adquiriendo solera. Ya avanzado el siglo XX surgen autores que engrandecen la ciencia ficción y le dan entidad propia. Ficciones que permiten hablar de un género duro, esa hard sience fiction de los sajones, de la que me declaro admirador, tanto en su vertiente meramente tecnológica como en la social y hasta filosófica.

Habrá quien ningunee a tales autores y sus obras. Y, sin embargo, pocos de los que reniegan de la ciencia ficción y la tachan de infantil, absurda o intrascendente habrán leído a Simak, Clarke, Asimov, Bradbury, Keyes, Farmer, Varley, Herbert, K. Dick, Le Guin, Banks o Bujold, entre tantos otros representantes del género, sin olvidar clásicos que, quizá por ello mismo, algunos se empeñan en negar que pertenezcan a esta categoría como Orwell, Golding, Huxley. Es como si yo me pongo a criticar la novela histórica porque solo he leído pastiches y bestsellers.

algernon

Ahora que hay mil variantes y escuelas, cuando proliferan los subgéneros y se diversifican, ni los más fanáticos pueden estar al día de todo lo que se escribe. Y claro, entretanto, los negacionistas y adalides del realismo de vía estrecha, se empecinan en afirmar que la ciencia ficción fue una moda pasajera ya concluida y que sus logros, conceptuales y literarios, son más bien escasos, si no nulos. Quizá piensan que space opera o cyberpunk son meros insultos o, peor aún, que es en ciertas películas donde han alcanzado su máximo exponente.

Sea como sea, predicar entre esa gente o hacer proselitismo de la ciencia ficción carece de objeto. Sin imaginación no puede valorarse demasiado lo que la suele incluir como bandera. Pero a mí, personalmente, hay algo que me sorprende mucho más que ese rechazo del ignorante o el incapaz. Resulta que a muchos de los que dicen aborrecer la ciencia ficción, el terror o lo fantástico, les encandilan todo tipo de patochadas pseudocientíficas y, en sus sesudas conversaciones, todavía incluyen admirativos comentarios acerca de Freud, el karma o la adivinación. Y no digamos ya lo que es el summum, a mi juicio, de la mentecatez, los que se confiesan devotos seguidores de esa ciencia tan exacta llamada economía, que no llega al nivel de ciencia blanda, ni al realismo de la ciencia ficción dura, pero que convierte modelos imprecisos e interesados en verdades absolutas y nos hace aceptar, sin espíritu crítico, que solo existe un modo razonable de realizar la gestión de los recursos y que hacer crecer la economía no significa aumentar la cantidad de materia, energía e información —únicos parámetros físicos en los que debería sustentarse la valoración—, que la redistribución de la riqueza es secundaria o que la cifra importa más que las personas a las que debería servir. Y es sorprendente, cuando no increíble o sonrojante, observar cómo se aplaude a los supuestos gurús que aparentan saberlo todo y se ignora que las premisas y acciones emprendidas a partir de ellas solo favorecen a una minoría, una especie de oligarquía plutócrata, mientras el común de los mortales queda al margen del cacareado progreso o se limita a repartirse migajas.

Si no se tratase de un asunto tan serio, causaría verdadera hilaridad el comprobar que muchos de los que creen a pie juntillas en esta aspirante a ciencia se burlan de la ciencia ficción literaria, por ajena a la realidad o despegada de ella, sin darse cuenta de que la suya es aún más fantasiosa y, por desgracia, trascendente y determinante en sus consecuencias.

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