De música, por ejemplo

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Los Grammy no tienen la culpa, creo, de lo siguiente.

¿Por qué no de música? ¿Por qué no de pintura? ¿De matemáticas? ¿Siquiera de arquitectura?

Los premios Nobel, tan valorados como subjetivos y peculiares, que excluyen por igual casi todas las artes y algunas ciencias. La omisión de estas últimas hasta parece razonable. En tiempos de Alfred Nobel la Biología y la Geología, las grandes olvidadas de los premios, al margen de sus conexiones con Medicina y Fisiología, Química o Física, que han dado varios galardones a algunos investigadores, puede explicarse fácilmente porque ambas ciencias eran recién nacidas, apenas salidas de aquel viejo nido de la poco científica Historia Natural de otros tiempos. Pero, si las artes en su conjunto son excluidas de los premios, ¿por qué sí aparece la Literatura entre ellos? ¿Por qué, apareciendo las dos ciencias duras por excelencia, más la primera que la segunda, Física y Química, no se concede un Nobel a la madre instrumental de ambas, las Matemáticas? ¿Por qué hay un Nobel de la Paz y no de Ciencias Sociales, como la por entonces bien asentada Historia? O la veterana Filosofía, tal vez devaluada para un empírico positivista como el sueco. Y, ¡qué curioso! Aunque no hubo Nobel de Economía, sí surgió la ocurrencia de inventar un sucedáneo suyo, por el Banco de Suecia, al que, oficiosamente, se asigna el mismo valor.

Uno piensa que tales peculiaridades pueden resolverse estudiando la historia —volvemos a uno de los Nobel sociales olvidados— del premio y su autor. Pero el relato frío, pretendidamente objetivo, tampoco termina de explicarnos las omisiones. Como tampoco el más voluntarioso lector acaba de comprender algunos de los ganadores, candidatos y olvidados de su ya centenaria historia.

Es muy conocida la leyenda que acompaña al nacimiento de los Nobel. Su creador, desde ultratumba, a modo testamentario, se sentía culpable por haber dado al mundo herramientas tan poderosas como para ser convertidas, a sabiendas, en armas, como la primera pólvora sin humo o balistita, más allá de su archiconocida dinamita, deudora de las algas diatomeas, que le hizo de oro aunque no llegó a tiempo de salvar a su hermano. Menos personas conocen las ínfulas literarias del sueco. Ávido lector desde su juventud, autor de muchos poemas —casi todos destruidos por él mismo— y de un drama que nunca llegó a estrenarse y la mayoría de cuyas copias desaparecieron —Némesis, de la que ya hay versión en castellano—, no es extraño que, de entre todas las artes, solo quisiera premiar a su predilecta, de la que se consideraba partícipe: la Literatura. Ahora bien, no cualquier obra literaria sino que, según él mismo dejó indicado, pero en absoluto explicado, debía premiarse a las obras de género idealista, lo cual casa poco con algunos nobeles actuales y, al tiempo, parece explicar ciertas omisiones y algunos galardones. Aunque sospecho que tienen más que ver en ello quienes cuentan con derecho a realizar las propuestas. Igual que resulta llamativo que el señor Nobel indicara que los premios debían ser para los hallazgos del año anterior, si bien parece lógico el aplazamiento hasta comprobar que el fabuloso descubrimiento queda asentado y admitido, no vaya a ser que en estos tiempos acelerados se dé el nobel de física a la fusión fría antes de descubrir el error.

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¿Y el de la paz? Curioso pacifista el señor Nobel, dotando al ejército italiano con su balistita y fomentando ambiciones imperiales rusas entregando sus técnicas petrolíferas a las gentes del zar, de tan liberal perfil. Pues sí, pacifista y relacionado con pacifistas, como su amiga la condesa Von Suttner, que mucho debió de tener que ver con la decisión. Y, ya puestos, ¿por qué no dejar que sean los amigos noruegos, socios por aquel entonces y confederados de los suecos, los que lo entreguen? Pues eso, por qué no.

Pero de Matemáticas o de Música no, ni de Filosofía o Historia. Ni de Biología o Geología. Conque no es de extrañar que se pueda entregar un Nobel de Literatura a un cantante como el idealista Dylan, el de la paz a enemigos irreconciliables de cualquier pelaje o el de química a Otto Hahn pero no a Lise Meitner. Y se asume que un fallecido no pueda llevarse un premio. Se comprende que teorías tan secundarias como la Tectónica de Placas o la Teoría de la Evolución apenas hayan merecido galardones. Y que cualquier decisión, como en casi todos los premios, acabe siendo tan subjetiva como discutible.

Es lo que tiene organizar unos premios personales y que alcancen solera. Al final, todo el mundo venera a los premiados y se olvida, o casi, de los que, merecida o inmerecidamente, quedaron sin obtenerlos.

nemesis

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