El arpa de Harpo

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En estas fechas en las que acabo de publicar un nuevo libro, no puedo evitar que, junto con la emoción de sacar a la luz mis humildes palabras, me invada una sensación de infinita melancolía, no sé si mezclada con tristeza, que me hace sentirme obsoleto y sentirla, conmigo, a mi última obra. Sí, estoy satisfecho con el resultado. Animado con la difusión y los comentarios de quienes se acercan a ella. Pero no me abandona la impresión de que ella ha nacido vieja y caduca, sin futuro. Yo también me siento así, y no solo por una cuestión de edad, que también podría. La caducidad viene impuesta por el ambiente, más que por la propia acumulación de años.

Y, pensando en esa sensación de caducidad, también por explicarla y explicármela, me viene a la imaginación el recuerdo de las sesiones matinales del ya desaparecido cine al que acudía, en las mañanas dominicales, a ver películas infantiles.

Era un típico cine de barrio de los de otra época, con sesión continua y programa doble. Aunque la sesión infantil del fin de semana solía ser más breve al tiempo que más barata. Habitualmente se trataba de una sola película. Ya entonces antigua, por más señas. No soy tan mayor, o eso creo, pero recuerdo con cierta añoranza y una sonrisa entre los labios las ya en aquel tiempo, principios de los ochenta del siglo XX, viejas películas de los años cincuenta y sesenta. También había algunas «recientes» de Bud Spencer y Terence Hill, o dibujos japoneses basados en las series de moda. Pero otras eran aún anteriores: el gordo y el flaco, los hermanos Marx. Años treinta y cuarenta, fundamentalmente. Había muchas películas de aventuras. Casi todas serie B. Algunas de los cincuenta o sesenta americanas, de guerra o espadachines. Otras italianas, entre el peplum y el pastiche. Ambientación histórica, como mi «Mínima verosimilitud», y copia descarada de obras de mayor postín. Muchas italianas. Fue ahí donde también conocí a Luis de Funes y su gendarme. Aunque recuerdo con cierto cariño, no sé si infantil añoranza, películas de Simbad con pésimos efectos especiales. A Hércules, Maciste o Ursus, fortachones panzudos tan libres o no de anabolizantes como faltos de talento. También, cómo no, al hipertrofiado Conan de Schwarzenegger. Películas bélicas o westerns pasados de moda. O los encantadores modelos de animación de Ray Harryhausen, con su técnica de stop motion, a quien por entonces no identificaba ni reconocía en los títulos de crédito. E incluso alguna película española con reminiscencias de NODO. Y, ¡cómo no!, películas de animación de la vieja escuela, con predominio de esa Disney de capa caída por entonces, con rescatadores y calderos mágicos por bandera, y su cohorte de imitadores de estilo, o el realismo del olvidado «El Señor de los Anillos» de Ralph Bakshi y sus dibujos de rotoscopia que quedó sin conclusión y mutilado.

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Pero, si debo reverdecer sensaciones, me quedo con las películas de los hermanos Marx, imperecederas y siempre frescas en lo esencial, aunque buenas porciones de cada filme resulten hoy anticuadas y prescindibles. Recuerdo que a los chicos, más allá de la confusa verborrea de Groucho, mi preferido con los años, nos encantaban los números musicales: Chico al piano y, ante todo, el mudo Harpo con su ya entonces arcaica arpa de la que sacaba hermosos arpegios que calmaban nuestros infantiles corazones de fiera. Nunca, por supuesto, al melifluo Zeppo con sus serenatas ni tampoco la voz en falsete del propio Groucho mientras perseguía a Margater Dumont o cualquier otra dama entrada en carnes y años pero dotada de espléndidos y apetecibles recursos monetarios.

¿Por qué toda esta supuesta nostalgia, añoranza y melancolía? Porque me imagino a los muchachos de hoy en día frente a tales películas, viendo a Harpo con su arpa y su bocina, en blanco y negro y con sonido chirriante, y tengo la casi absoluta certeza de que la mayoría no aguntarían ni un minuto ante la pantalla. Y eso si se los convencía, previamente, para sentarse a intentar ver la película. ¿Cómo soportaría una película de los Marx un chico para quien una cinta de hace tres años es una antigualla? Igual que lo son una canción, un videojuego y no digamos un teléfono móvil.

Los tiempos se han acelerado. Las modas y las necesidades mercantiles sobre todo. No así, a mi juicio, la cultura, que sufre de una especie de aletargamiento o intoxicación modernizante.

A alguno le sorprenderá que hable de aletargamiento cuando la cultura actual parece más dinámica y rica que nunca, por variada y multitudinaria, en cuanto a autoría tanto como en consumidores de la misma. Pero no me refiero al asunto cuantitativo. Ni tan siquiera pongo en solfa la riqueza cultural o su multiplicación. Sí me molesta que el público, el destinatario de la cultura, sea considerado mero consumidor. Porque entonces el autor forma parte del proceso de producción, igual que si el arte fuera un componente, poco menos que prescindible, efímero desde luego, de cualquier cadena de montaje.

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Es cierto que eso que llamamos cultura ha adquirido proporciones inimaginables, que cada año surgen millones de libros y canciones, que se pintan otros tantos cuadros, que se ejecutan montones de esculturas, se filman miles de películas. Y eso sin contar nuevas formas de arte, incluidas, cómo no, las innumerables obras digitales que se exhiben por la red. Cierto que, de tantas obras que se mueven en circuitos locales, solo unas pocas participan del pastel económico de la cultura mercantil. Pero no es menos cierto que eso no implica que una buena obra haya de ser efímera y desechable. ¡Qué horror pensar que un libro, un film o una pintura tengan fecha de caducidad! ¿Acaso solo deben revisitarse los clásicos? Tal parece si atendemos al ritmo con el que se suceden las novedades editoriales o artísticas. Resulta inevitable hacer espacio a lo nuevo y que la novedad sea momentánea. Pero eso no justifica esa adoración por las versiones y repeticiones. Sobre todo en el cine, donde se hacen «remakes» de películas que fueron un éxito hace menos de una década solo para llenar de dinero la caja mientras se convierte en obsoleta la anterior. O en la música, donde las canciones pegadizas se versionan una y otra vez según ritmos de moda o estilos del momento. Para los muchachos, también para cada vez más gente mayor, la última versión es la única que importa.

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Quizá sea un detalle afortunado, a mi modo de ver, que esas viejas películas de los Marx no hayan sido versionadas aún. Tal vez no puedan serlo. O solo cuando lo digital permita modelar a los propios hermanos como si estuvieran vivos, en carne, hueso y talento. O quizá nunca merezca la pena. Porque están pasados de moda, formando parte de lo que fue y no volverá, aunque ronde la mente de nostálgicos trasnochados que aún creen en cinefilia y obras maestras.

Nada afortunado, aunque solo para mí, el inevitable detalle de que mi pequeña obra, mi nuevo libro, haya nacido ya caduco, obsoleto, pasado de moda, efímero y pequeño, muy pequeño entre la masa informe de letras e ideas que recorren el mundo.

Y, después de todo, ¿cómo reaccionarían unos muchachos sumidos en la oscuridad frente a una pantalla en la que se proyectara una vieja película de los Marx o más antigua aún si le prestaran un mínimo de atención? ¿Aburrimiento? ¿Desinterés? ¿Extrañeza? Quizá, después de todo, alguno se divertiría y encontraría hilarantes las situaciones, como cuando yo era niño y la película ya resultaba antigua. Tal vez el humor no se pasa de moda. Me gustaría pensar, aunque sea vana esperanza, que quizá el arte, más allá de lo mercantil y los números, tampoco lo haga.

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2 comentarios en “El arpa de Harpo

  1. Querido Juan Luis..la Nostalgia forma parte del ” Viaje”, de nuestro viaje….
    Con este bonito artículo sobre Harpo su arpa, que ahora tu recuerdo llena de ternura….consigues que ahora, aún más, me apetezca leer ese libro de relatos tuyo…..que acaba de nacer.!!!!….Un abrazo grande.
    Inma.

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