Adamo

adamo

Los lectores de cierta edad, también algunos jóvenes nostálgicos o contagiados de añoranzas paternas o de sus abuelos, recordarán al famoso Salvatore Adamo cuando lean el título de esta entrada. Belga, de origen siciliano, cantante en múltiples idiomas, con bonita cara de chico bueno y una hermosa voz, se hizo bastante famoso en Europa, incluida España, en Sudamérica y hasta por Japón desgranando sus dulces baladas: Cae la nieve, La noche o, quizá la más conocida en España, Mis manos en tu cintura. Un tipo admirable que, en la cumbre de su carrera artística, solo era superado en ventas por los mismísimos Beatles.

Quizá un ensayo sobre este Adamo podría resultar curioso para nostálgicos y jóvenes que no conozcan al personaje pero, como en otras ocasiones ha sucedido en el blog, no es de este simpático personaje del que pretendo hablar en la presente entrada.

El título hace referencia a otros dos “adamos”, padre e hijo, quizá menos conocidos para mucha gente pero que han tenido considerable influencia, y no muy saludable por cierto, para un nutrido —y casi me siento en la obligación de disculparme ante los lectores por tan mal juego de palabras— grupo de personas. Si me pongo a hablar de James D’Adamo y su hijo Peter, naturópatas ambos, algo así como médicos de nueva ola, herederos de ciertas tradiciones naturistas y con un halo de mística sabiduría sobre ellos, es posible que los nombres no les digan nada. A muchos tampoco les resultarán familiares sus hallazgos —que, por respeto, no me atrevo a denominar teorías, por más que en nuestros días el término esté devaluado por malas traducciones de series estadounidenses y por las ciencias sociales llenas de escuelas con sus correspondientes idearios sacralizados—, aunque supongo que a más de uno sí les sonará la dieta del grupo sanguíneo, que es la ocurrencia de estos dos personajes. O más bien del padre y heredada, junto con el negocio subsecuente, por el hijo.

Con respecto al cantante del inicio es posible establecer algunas semejanzas: el apellido, el origen geográfico del mismo aunque no hayan vivido en ese país y hasta la cara de buenas personas, nada extraño en un compositor romántico y tampoco, aunque a algunos les chirríe, en toda clase de iluminados que se creen su milonga y en aprovechados que saben mostrar el gesto santurrón cuando conviene. Los separa el resto: fisonomía, dedicación y obras. Los D’Adamo añaden el hábito del científico, con batas y títulos rumbosos que los hagan parecer investigadores serios. Al tiempo que utilizan la correspondiente palabrería, mitad ciencia mitad cuento, con la que adornar sus vastos —y aquí me sentía tentado de escribir el término con b— saberes. Como no los conozco, no me atrevo a juzgar su honradez. Tal vez ambos se creyeran su fábula y se pensaran descubridores del sagrado cáliz de la nutrición. Me extrañaría que, desde un comienzo, obraran de mala fe, buscando el engaño, cosa que no me atrevo a afirmar del engreído y millonario Dukan. Pero, igual que tantos otros pseudodietistas y tantísimos visionarios pseudocientíficos, inventaron un monstruo de graves consecuencias y, en lo intelectual, tras iniciar su investigación y convertirla en revelación iniciática, fueron incapaces de dar el brazo a torcer ante el peso de la prueba y se volvieron ciegos frente a cualquier evidencia, no solo científica sino meramente racional, de que su construcción intelectual, que quizá daba sentido a sus vidas, era falsa.

dadamo

¿En qué consistía su espectacular hallazgo? Según ellos en una relación, clara, sencilla y supuestamente demostrada entre la posesión de un grupo sanguíneo —limitada al conocido sistema A, B, 0— y la nutrición de cada cual, con alimentos beneficiosos y negativos para cada uno de los grupos. ¿Suena bien? Pues nada de eso. Es una auténtica chorrada. La idea es que los antígenos de superficie de los glóbulos rojos podían reaccionar con distintos alimentos. Incluso hablaban de unas proteínas, las lectinas, importantes en el reconocimiento celular que incluye los glúcidos de superficie. Según eso, y en base a los antígenos de superficie que determinan el grupo —ausentes en el 0; léase cero no “o”— unos u otros alimentos podían resultar nefastos para cada hemotipo: A, B, AB o 0, siendo quizá el AB el peor parado. El sistema AB0 fue descubierto por Karl Landsteiner, lo que le valió más tarde el premio Nobel, pero no es el único existente. ¿Por qué los D’Adamo solo se fijan en este sistema? Si el argumento es correcto, ¿por qué no incluir en sus consejos nutricionales el Rh? Al margen de que existen muchos otros grupos sanguíneos raros hasta completar algo más de una treintena. ¿Y por qué no tuvieron en cuenta los grupos de histocompatibilidad, tan importantes para los trasplantes? Incluso suponiendo que solo los antígenos AB0 tengan relación con la dieta, se equivocaron al suponer que el 0 era más antiguo y lo asignaron, absurdamente, a antepasados cazadores. Mezclaron, según moda, grupo sanguíneo con características sociales que ellos imaginaron: el A era de agricultores a los que sentaba mal la leche, el B de ganaderos y les iban mal las semillas. Leyéndolo uno nota cómo se le cae la mandíbula por pura incredulidad, ¿verdad? Pero la cosa es aún peor. Resulta que en Occidente donde se tolera la lactosa suele predominar el grupo A. Y en Oriente, donde no, se da el B. Vamos, acierto total al aconsejar la leche a los segundos. Lo de que el 0 sea primitivo lo dedujeron por ser el más general, pero eso viene de ignorar datos. Los de grupo 0 carecen de antígeno específico de superficie en sus glóbulos rojos, lo cual casa bien poco con que pueda mutar y dar los del A o el B, más bien al revés, y está bastante demostrado que es posterior. Tampoco tienen en cuenta que, si la gente nunca conoció el grupo sanguíneo y se mezcló al azar respecto de tal carácter sin que, históricamente, se viera ninguna consecuencia en los cruces de sangre —más allá de su supuesta pérdida de pureza o tonalidad azul—, la deducción inicial parece poco probable. Pero, al margen de todo lo anterior y de las pruebas recabadas en contra, lo más importante es que ni las lectinas ni ninguna proteína pasa directamente a la sangre, aun en el propio intestino, de modo que malamente va a producirse una reacción como la anunciada. Falta por ver qué efecto tendría inyectar las proteínas en vena pero me temo que la gravedad del asunto no vendría determinada por la reacción de los glóbulos rojos.

Karl_Landsteiner,_1920s.

Parece, según algunos estudios, que sí puede establecerse alguna correlación entre grupos sanguíneos y ciertas patologías. Pero la idea de los D’Adamo y su argumentación son realmente imposibles. Obviamente, las absurdas simplificaciones de estos personajes se parecen a los actuales avances en nutrigenómica —me refiero a avances científicos, no a chorradas que a veces se ven en la red— lo que un huevo a una castaña. Tampoco es de extrañar, por tanto, que los magníficos descubrimientos de los D’Adamo no figuren en ninguna revista científica seria.

Supongo que si asumieran este punto dirían, como tanto obcecado que sigue sus ideas convertidas en creencia, que, pese a todo, su teoría es válida y hay que buscar otra explicación. Es común en este ámbito: el iluminado primero inventa la idea que explica consecuencias y luego dice que las consecuencias descubiertas justifican la teoría. Entre las profecías autocumplidas y el inevitable efecto placebo el montaje se autoperpetúa y crece el número de iluminados, adeptos o fieles de la secta.

En resumen: el asunto no tiene ni pies ni cabeza.

Se trata de un caso más de pseudociencia, intereses creados y dificultad para reconocer el error por parte de quien lo comete y, a partir de entonces, se retuerce la realidad para que cuadre con la idea original. Esto último no es infrecuente en ciencia. Ni criminal. Pero sí lo es la costumbre de muchos iluminados —idealistas unos y peseteros los más— que satanizan a la ciencia establecida como sierva de oscuros intereses mientras beatifican su chaladura particular condenada al ostracismo por los oscurantistas malvados que se oponen al peso —nulo— de sus —supuestas— pruebas.

Personalmente, soy el primero que defiendo el reduccionismo en ciencia: buscar la simplificación para lograr explicaciones generales y coherentes es una herramienta básica para que el conocimiento avance. Pero hay que ser conscientes de que no todo se puede reducir, que la simplificación suele incluir limitaciones y que, ante todo, no puede ser irracional. Una chorrada simple y bonita sigue siendo una patochada. Y, en este contexto, la originalidad o la belleza de las ideas no merecen demasiado respeto. Si algo funciona en ciencia, tarde o temprano se verifica y acaba publicado en prensa científica seria, no en forma de superventas de la sección de autoayuda. Y se sigue comprobando. Si no se logra verificar, puede dejarse, en el mejor de los casos, en cuarentena, pero si se demuestra falso, se rechaza y olvida sin más. Aunque puede admitirse que lo que resulta ridículo o absurdo de por sí, pocas veces merece una revisión profunda o experimentos serios de contraste, igual que uno no se para a plantearse si la posibilidad de hallar burros voladores en el medio natural es un fenómeno a tener en cuenta. Por desgracia, de esas lagunas se aprovechan algunos interesados. Al tiempo que la persistencia de las chorradas acaba por obligar a que se destinen recursos a demostrar que lo injustificable que se cae por su propio peso carece experimentalmente de valor científico.

Ya se sabe que el infierno está enlosado de buenas intenciones. Tal vez lo fueran, y cargadas de una ingenuidad impropia de científicos, las de los D’Adamo y de muchos de sus seguidores. Tal vez las de algunos otros que inventan dietas absurdas o métodos curativos demenciales. Pero eso no justifica que la ignorancia deba ser aplaudida o respetada.

Así que, permitidme que vuelva al otro Adamo, cuyas propiedades terapéuticas, las de algunas canciones capaces de adormecer o emocionar, me parecen mucho más creíbles y satisfactorias que las ocurrencias de tantos papanatas y aprovechados del desconocimiento ajeno.

eritrocitos

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3 comentarios en “Adamo

  1. Buenísimo artículo…
    Imprescindible su lectura aún en este siglo XXI … carente de sentido crítico con todo lo “seudo” que sigue perpetuándose y con todo su riesgo.
    Estupendamente escrito!!

    Le gusta a 1 persona

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