Escaparates (II)

mustela_nigripes_2

El animalito de la foto es un turón de pies negros (Mustela nigripes).

Estrictamente hablando, esta entrada no es una continuación de la anterior.

Pero sí que tiene relación con ella.

Esta cuestión, tan nuestra, del exhibicionismo, puede tener, y tiene, repercusiones bastante lejos del mundo humano.

No es que ahora vaya a hacer un alegato en favor de los animales para indicar que son mejores que nosotros en todo. Alguno, mal informado y por el hecho de que soy biólogo, pensaría que me pega bastante. Pero no. No es eso lo que voy a apuntar. Los animales son distintos de nosotros y, a mi juicio, eso de concederles una superioridad moral sobre el hombre es, cuando menos, bastante dudoso. Sucede que, como seres mínimamente racionales, contamos con una cierta conciencia y valores que obligan a exigirnos mucho más que a otras criaturas sobre las que, para su desgracia, ejercemos bastante poder.

Sí que podría mencionar el detalle de que, en cuanto al hecho en sí del alarde, hay numerosos animales que superan ampliamente al común de los humanos. Rituales de cortejo, camuflajes, engaños de muchas especies no van en absoluto a la zaga del artificio que nosotros podamos exhibir.

Pero tampoco es de esto de lo que pretendo hablar.

Sí diré que, entre los asuntos en que el fingimiento se ha vuelto pertinaz en la actualidad, figura, en lugar destacado, el del ecologismo de fachada. ¿A qué me refiero? Pues a la bonita bandera verde con la que ahora todos tratan de ocultar sus vergüenzas y engañar a los ignorantes. Políticos, empresarios y aprovechados de toda clase se apuntan al color verde. A todos, de boquilla, les preocupan notablemente el medio ambiente y cada una de las criaturitas que por él pululan, incluido, obviamente, el prójimo por cuya salud e integración ambiental todos postulan. Claro que el buen rollito de la mayoría de ellos termina cuando se les ve el plumero. Bien porque demuestran bien a las claras que su cartera es lo único que les importa, porque se descubre que no tienen ni puñetera idea de ecología, cuyo estatus de ciencia ni siquiera conocen o respetan, o bien por la conjunción de ambas circunstancias lo que, me temo, suele ser la norma.

Con el párrafo anterior sí que me he acercado al tema de este ensayo, pero aún no he llegado al meollo de la cuestión. Ni a los escaparates del título.

El caso es que, entre los que se consideran verdaderos ecologistas, también hay mucho papanatas que ni sabe ni se entera. Y que, entre los que sí lo hacen y defienden algún tipo de interés, es usual que haya competencia por los recursos limitados que podrán sufragar su correspondiente campaña, en perfecta consonancia con el medio natural que les preocupa y el medio artificial en el que nos desenvolvemos y peleamos los humanos. Particularmente, me interesa aquí hablar de los conservacionistas que tratan de preservar un ecosistema, un paraje o una especie y se esmeran en conseguir dinero para llevar a cabo sus proyectos. Como el dinero es limitado y no son muchos los donantes ni los políticos pacientes o concienciados con el tema, resulta que no hay pasta para proteger a todas las especies. Tampoco hay recursos para regenerar los paisajes ancestrales. Y, si a eso vamos, ni siquiera contamos con los conocimientos o la tecnología para recuperar esos ecosistemas vírgenes. Con lo cual, no son demasiadas la opciones que quedan. Igual que muchos se envuelven en la bandera del ecologismo, bastantes conservacionistas sinceros convierten una única especie en su bandera y es a ella a la que dedican sus esfuerzos y los medios que pueden lograr. Algunos justifican su elección indicando que la especie de cabecera es clave en el ecosistema y su conservación protege al entorno y a todas las demás especies. Otros, se limitan a defender la que les gusta, sin pretender justificar la elección en aras de un bien común.

Así las cosas, aunque todos sabemos que existen miles de especies en peligro de extinción, supuestamente protegidas por la legislación internacional y convenios como el CITES, no son muchos los animalitos que chupan cámara. Aún más escasas las plantas. Y de otros organismos, salvo excepciones que se justifican solo por supuestas utilidades presentes o futuras para la humanidad, mejor ni hablamos.

Cuando uno escoge su bandera, intenta que sea bonita e interesante. Puede causar ternura o dar miedo, pero no asco o grima. Conque se tiende a proteger, en primer lugar, a los vertebrados más vistosos, con predominio de mamíferos y aves. Pero, ¿alguien conoce una plataforma en defensa de los rotíferos o los priapúlidos? Incluso bichitos bien majos como las ranitas, tan bien consideradas ellas, lo tienen crudo para pillar una portada conservacionista. Está visto que, hasta aquí, hay que tener padrino para bautizarse.

Pues el turón de pies negros, animalito de aspecto simpático, adecuado para peluches y fotos, lo tenía crudo para sobrevivir. Como vivía en los EEUU, se propusieron salvarlo y parece que lo están logrando, pero no sin dificultad. Quedaban tan poquitos y la endogamia de la población es tan grande que, para aumentar la variabilidad del mustélido, se están planteando usar ingeniería genética y ADN de cadáveres para diversificar su información.

También el diablo de Tasmania está en peligro. Claro que, para su desgracia, no se parece al famoso Taz de la Warner más que en sus malas pulgas.

tasmania

Y como contraejemplo, de que los feos también se salvan, solo se me ocurre recurrir a vertebrados como buitres y el majestuoso cóndor, aunque cabe suponer que aquí el tamaño sí importa y el supuesto de que, al retirar fiambres, se los considera útiles. Me gustaría saber si el gallinazo cabeciamarillo —o aura, que, en ocasiones, tienen gracia los sinónimos— merecería idéntica consideración. O si las bonitas flores y mariposas pueden usarse, como un animalito de ojos grandes, para recibir ayudas conservacionistas.

El asunto de la fachada ya fue clave cuando se fundó la WWF (papá, o mamá, por aquello de ser una fundación, de nuestra antigua ADENA). Sir Julian Huxley, notable biólogo y pereteneciente a una notable saga de naturalistas, implicado en la fundación de dicha organización, consideró oportuno, junto con unos cuantos colegas, aprovechar la tesitura de la presencia de un hermoso y exótico panda en Londres para tomarlo como imagen icónica de la nueva organización. ¿Casualidad? Lo dudo. La circunstancia de que Chi-Chi residiera en Inglaterra resultó muy afortunada, pero estaba claro que la imagen no podía ser corriente ni fea. El panda peludito, mullido y de mirada triste da para estupendos peluches infantiles. Dejo para lectores más curiosos, o morbosos, que investiguen por su cuenta otras historias más truculentas que se cuentan en la red acerca de los orígenes de tan admirable organización.

Así las cosas, en el mundo natural también se estilan los pases de modelos para venderse y, puestos a buscar escaparates, solo unos cuantos animalitos y escasísimas plantas son capaces de convertirse en top models del conservacionismo. Y es que, hasta cuando nos ponemos voluntariosos y nos aprieta la moralidad, somos incapaces de olvidar nuestros prejuicios o, si se quiere, digamos que nuestra sensibilidad artística.

gallinazo

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