Civilization

breznev honecker

Yo crecí jugando con un Spectrum. Llegué a ver en funcionamiento a su hermano pequeño, el ZX81 y, sin conocer nada de los Mac y PCs que nos deparaba el futuro, deseé tan fervientemente un Sinclair ZX Spectrum que, por una vez, los hados, en la forma de mis sacrificados padres, me concedieron el ansiado tesoro en su versión Plus, que solo aumentaba el tamaño del aparato y cambiaba sus teclas de goma por otras de plástico pero mantenía la penosa lámina inferior de su teclado, los 48 Kb de memoria RAM y el desesperante sistema de carga de los juegos por medio de videocasete. Los de mi generación recordarán ese dichoso tape loading error que nos solía dejar con la miel en los labios justo al final de la carga. La experiencia no era mucho más gratificante con un Commodore 64 o un Amstrad, salvo que fuera la versión de disco o los MSX y sus cartuchos. Aparte de jugar, aprendí malamente a programar algo de BASIC y hasta me animé a hacer dos o tres programillas que se perdieron al tiempo que se deterioraban las cintas donde los grabé.

Luego llegó mi primer PC, con su portentoso disco de 40 Mb y un mega de RAM. Con él pude cambiar mis cuadernos y mi máquina de escribir por el procesador de textos, aunque luego los pasara al papel con una impresora de agujas. Y, obviamente, seguía jugando. Particularmente a juegos de estrategia como, y por encima de todos, a un programa llamado Civilization que muchos recordarán y llegó a crear escuela y numerosas secuelas. Como casi todos los clásicos, aún se puede jugar a él con un emulador cualquiera y la versión original se encuentra en páginas de abandonware. El juego en sí era sencillo en su dinámica y complejo de dominar. El padre de la criatura, un tal Sid Meier, es considerado uno de los grandes nombres del sector y en esta particular saga de videojuegos nos sitúa en la piel de un gobernante que ha de dirigir los destinos de su pueblo desde la prehistoria hasta la era espacial, si es que no sucumbe por el camino, decidiendo la forma de gobierno, la tecnología a desarrollar, creando ciudades, tropas, infraestructuras, gestionando la diplomacia, relacionándose con otras civilizaciones. Muy entretenido, la verdad.

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Pero, si me refiero aquí a este juego que consumió muchas horas de mi juventud ante la pantalla del ordenador, no es por sus cualidades lúdicas o por mi amor por las computadoras. Todo lo anterior es una excusa para hablar de política. Más bien de la visión que tenemos hoy en día de algunos sistemas políticos. Y, por qué no decirlo, de la estrechez de miras con la que, a mi juicio, enfocamos tal percepción.

En el juego original, cada vez que uno cambiaba el modo de gobierno, le aparecían unos personajes que pasaban por ser sus nuevos ministros, el gabinete al completo. Luego se recibía información de cada asesor pero, con el cambio de gobierno, ya podía hacerse una idea del progreso de su mandato, pues la indumentaria y el aspecto de los ministros describían perfectamente lo avanzado del sistema instaurado. A mí, personalmente, me hacía gracia que la república de aspecto senatorial romano pareciera elegante. O que la anarquía, propia solo de cambios abruptos de gobierno o de rebeliones populares, fuera acompañada del más absoluto caos. Pero lo que más me divertía, con respecto a estos asesores digitales de tebeo, era comparar a los gobernantes de una supuesta democracia contemporánea y los de un régimen comunista. Los primeros no solo eran más modernos, simpáticos y elegantes. Daban perfecta sensación de eficacia. Sin embargo, el gobierno comunista en pleno era una panda de garrulos cejijuntos que hubieran cambiado boina y refajo por gorro de piel a la rusa.

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El aspecto era patético y acorde con la eficacia del sistema político en el juego. Con el comunismo apenas se avanzaba aunque, con tozudez soviética de plan quinquenal, los proyectos se llevaban a término trabajosamente. Y me llamaba este detalle la atención, entonces en los años noventa del siglo XX e incluso hoy en día, por la visión del comunismo como sistema obsoleto e ineficaz, si no absurdo o grotesco, que los autores transmitían. Supongo que buena parte del público la compartía y a pocos les chirriaría esa imagen rústica y rufianesca. Eran los años de la caída del Muro de Berlín, arrastrando Telón de Acero y los regímenes marxistas, soviético y sus satélites. Muchos lo vivían, igualmente, como el tiempo del triunfo de las democracias capitalistas de occidente, como si el régimen vencedor de la Guerra Fría gozara de una salud magnífica y supusiera el epítome de la modernidad, la eficacia y, por qué no, fuera el mejor de los posibles.

breznev honecker

Para mí, que considero que el régimen soviético era un muerto viviente desde su nacimiento y que celebré como el que más su caída, la alegría no podía ser completa. Que alguien se permita pensar que este capitalismo inhumano y sin ética pueda considerarse necesario, definitivo y provechoso es algo que me entristece profundamente.

Poco queda de aquellas dictaduras supuestamente comunistas. Como poco de los idearios que las sustentaban. Que muchos, pocos años antes de su caída, aún consideraban verdades absolutas y de incuestionable modernidad. Como aquel estudiante que reprochaba a Borges, a quien reconocía como gran escritor, el que no abrazase su ideario magnífico y futurista —no sé si maoísta o leninista— y a quien el maestro respondió que los caballeros siempre defienden causas perdidas. Curioso que una ideología que propugnaba el papel del arte solo como servicio social y apuntalador de las ideas del régimen —igual que supeditaba las ciencias y el pensamiento todo a sus proyectos y consignas políticos— no solo perdiera la guerra de la información sino que, en buena medida, haya quedado reducida, en el imaginario popular, a una serie de símbolos venidos a menos y convertidos en productos mercantiles de la propia sociedad del consumo que combatían. Así sucede con las prendas plagadas de hoces y martillos, de estrellas doradas, o las imágenes icónicas del Ché o aquel beso fraternal entre Breznev y Honecker, más tarde adaptado para la campaña anti-brexit. La ideología obsoleta convertida en fetiches y baratijas.

trump johnson

Aunque no caeré en el error de confundir ese bolchevismo sojuzgado por Stalin con el ideario comunista. La Rusia de los zares no parecía, ni aun en sus inicios, un terreno experimental propicio para poner en práctica ninguna forma del socialismo a partir de su sociedad de siervos medievales. Muchos confunden el fracaso del sistema con la convicción de que todas sus premisas eran equivocadas.

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Yo, sin embargo, al ver aquellos monigotes democráticos y capitalistas del juego, sentía la misma sensación de obsolescencia a pesar de la mirada complaciente del programador y los diseñadores. No me cabe duda de que nuestros regímenes actuales, tan llenos de injusticia, desequilibrios, dispendios y contaminación —material y moral— son otros cadáveres que avanzan sin saber hacia dónde ni hasta cuándo, sin comprender que el futuro los contemplará con perplejidad, diversión o enfado, convencido de lo absurdo de su ideario y conservando, quizá, sus símbolos convertidos en iconos o recuerdos incorporados en la cultura popular. Ministros cejijuntos, después de todo.

rajoy y puigdemont

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