Opiniones respetables

quevedo

Ante todo quiero evitar que se me malinterprete. Después de la entrada anterior sobre Wertt, alguno puede pensar que estoy de acuerdo con el lugar común de que cualquier idea, pensamiento o convicción merecen el respeto ajeno. Como no hay nada más lejos de mi intención, me embarco en este nuevo artículo para negar la mayor. Hay dos cuestiones muy a tener en cuenta que temo que muchas personas, sobre todo las de buena fe o adeptas al buenrollismo imperante, tienden a mezclar y confundir. No diré que sean antitéticas, pero sí tremendamente diferentes.

Se da entre muchos una lamentable confusión entre libertad de expresión y respetabilidad absoluta de cualquier opinión. Uno tiene derecho a decir lo que le parezca y los demás también —incluso a veces parece una obligación moral— el de criticarlo o ponerlo a parir.

De un lado está la libertad de expresión. Para mí un derecho inalienable. Solo pensar que alguien pudiera denunciarme, procesarme o agredirme por expresar pública o privadamente mis ideas siento que mi espíritu se subleva. De inquisiciones hablaba en el ensayo anterior, así como de aquellos que imponen, desde una posición de poder, su visión del mundo a los demás. Espanta mirar alrededor y comprobar cuánta gente a lo largo y ancho del mundo vive con una mordaza permanentemente colocada en la boca y oprimiéndole el corazón. No me olvido de que hace tan solo unas décadas en nuestro país existían idéntica censura y gravísimas consecuencias para quien transgrediera las leyes al respecto. Ni olvido que, por costumbre, tanto como por ignorancia, por lavado de cerebro o por simple mojigatería sigue habiendo millones de personas que, aun pudiendo expresar su opinión, prefieren el silencio o sumarse a la voz dominante. A veces se trata de no destacar, no significarse. En otras ocasiones puede existir verdadero miedo a decir lo que se piensa. La libertad de expresión siempre ha de retroceder si nuestro superior o la entidad que nos abona el sueldo tiene la potestad de despedirnos por cualquier vaga razón, sin hacer referencia a nuestra bocaza delatora. En otras ocasiones se trata de engaño, hipnosis o adoctrinamiento, que de todo hay, merced a los medios de comunicación/propaganda tan semejantes en su contenido a los que, sin sutilezas, se usan en regímenes totalitarios. Sea como sea, resulta triste asumir que nuestro Quevedo se mantiene actual: “¿no ha de haber un espíritu valiente?/ ¿siempre se ha de sentir lo que se dice?/ ¿nunca se ha de decir lo que se siente?”.

De otro lado tenemos la ingenuidad absurda del respeto universal para las opiniones ajenas. Asumo que, más que una actitud meditada por muchos de los que aconsejan tal práctica, se trata de una respuesta a tantas generaciones de censura y mordaza. Ya que cualquiera puede hablar, a muchos les parece oportuno el darle ánimos para que se exprese libremente… aunque sea a base de sandeces.

Con esto último, me temo, no quiero ni debo comulgar. Si no se puede llamar necio o sandío a quien expresa necedades o sandeces, ¿dónde quedan el buen juicio y la propia libertad de expresión? Al contrario, parece más bien necesario el poner los puntos sobre las íes. No es cuestión de caer en la gazmoñería o los eufemismos cuando se trata de describir o contradecir. Me viene a la imaginación, por ejemplo, el absurdo de alguna asociación pro derechos humanos de pedir que no se hable de negros o gente de piel oscura para referirse a individuos de determinada procedencia. Si se trata de ser descriptivo habrá que usar los términos apropiados. Buena prueba de lo absurdo de tales comentarios es cuánto nos extrañaría que, al buscar a una persona rubia y de ojos azules, alguien se lamentara de que tales términos aparecieran en la orden de búsqueda. Y es que no, ni por el buenismo se convierten todas las ideas y opiniones en respetables. Y ya deberíamos estar bien escarmentados al respecto. ¿Acaso los fascismos no se apoyaron en la tolerancia ajena para imponer su sinrazón? En ocasiones no se trata solo de ideas ridículas, sino de consecuencias materiales y concretas. El nazismo ganó unas elecciones y con el triunfo aniquiló la democracia, más allá de la destrucción del propio Reichstag. ¿Cómo es posible que otros tarados nos presenten hoy en día ideas semejantes y les prestemos atención, incluso apoyo? Curiosamente, a algunos de los que presumen de tolerancia a ultranza no les ofende que no se permitan determinadas expresiones violentas, racistas o que, directamente, suponen apología de cualquier crimen.

Reichstag fire

No, las ideas no son respetables por el mero hecho de manifestarlas. Igual que hablar, enlazar palabras y pensamientos, no supone un signo de raciocinio, por más acostumbrados que estemos a asumirlo. Aceptar acríticamente cualquier contenido es estúpido, quizá suicida.

Hay que defenderse de las ideas que buscan la destrucción ajena, incluso atacándolas de raíz. Y no se puede andar con medias tintas. Si a uno le parece alguien un botarate es por lo peregrino de sus ideas, o su falta de ellas, de modo que el único modo de manifestarlo es dejando bien claro que sus patochadas no nos merecen ningún respeto. Vale lo mismo para las maldades. Ya se sabe que tanto o más perjudicial puede ser un imbécil que un malvado. Quien calla ante la sandez ajena o el que aplaude cualquier idea como válida, entra en la categoría del idiota y se hace merecedor de su suerte. No, las ideas no se respetan per se. Se discuten, se contrastan, se combaten. Pero el mero uso de la libertad de expresión no santifica el contenido.

Las ideas sensatas y respetables pueden ser ocultadas, vituperadas, rechazadas pero, normalmente, tienen la suficiente fuerza como para resistir la crítica y sobreponerse al olvido, defenderse y florecer, aunque para ello deban pasar décadas, generaciones o los siglos necesarios para que el mundo las acepte como válidas. Del mismo modo que quien aplaude la estupidez ajena o calla ante el disparate por absurdo respeto se convierte él mismo en idiota y participa de la imbecilidad, poco importa que sea generalizada o triunfante.

marinus van der lubbe

Si el fanatismo tiene tanto éxito es porque omite cualquier crítica, sacraliza ideas, convirtiendo en enemigo o demonio a cualquiera que no las acepte mientras, de paso, crea toda una cohorte de seguidores irracionales capaces de darlo todo por la sinrazón. Demasiada fuerza, a mi juicio, como para ser tibios frente a él.

Y, dicho esto, asumo que toda mi anterior argumentación puede y debe ser criticada global y parcialmente, en forma y contenido, por cualquiera que se acerque a esta página. No en vano el respeto de las ideas debe ganarse con argumentos y razones que solo podrán mejorarse, enriquecerse, mediante la crítica y la confrontación. Las ideas, se respeten o no, se discuten y confrontan. Y ello no implica que se sea menos tolerante o más dogmático sino menos iluso y más razonable. Es absurdo, a mi juicio, que a uno le pueda parecer siempre respetable una idea y también su contraria. Con respecto al que emite cualquier juicio bochornoso, uno quizá pueda sentir respeto, pese a todo, por la persona, aunque también bastante lástima, o cualquier sentimiento: odio, afecto, irritación. Hasta la más neutra indiferencia.

Como optimista que soy, espero que este alegato no despierte la neutra —o no tanto— indiferencia del siempre amable —por el mero hecho de dedicar tiempo y atención al correspondiente texto— lector.

Calle_de_Quevedo_(Madrid)_01

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2 comentarios en “Opiniones respetables

  1. Sigo, que ha sido enviado incompleto…Como decía no se debe judicializar la expresión de ideas pero no se deben respetar por sistema todas las ideas, y algunas son tan dañinas que hay que luchar denodadamente por exterminarlas. Esto es más razonable y más eficaz que perseguir a los individuos que las expresan porque las ideas sobreviven a las personas, además de que los derechos humanos están por encima de lo demás y la libertad de pensamiento, aunque este sea equivocado, es uno de ellos.

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