¡Qué verde era mi valle!

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La imagen es de la película del gran John Ford, ya mencionado entre los tuertos artistas en un artículo anterior: arte bidimensional. Un drama que ganó el Óscar a la mejor película en el año 1941, ante Ciudadano Kane, donde la melancolía juega un papel esencial, con una familia de orgullosos mineros galeses que ve derrumbarse su mundo y sus costumbres. Muy en la línea del ideario de su director. La película se basaba en una novela de Richard Llewellyn, otro galés vocacional y por herencia que, en su día, fue famoso.

Y, pese al blanco y negro de la película, el valle era verde y hermoso. Lo fue al menos en otro tiempo y lo es en el recuerdo. Y añorado, como solo se echa de menos el pasado. Y se lo embellece. Algo sobre lo que ya hablé en este mismo blog en “Paraíso Perdido”, por lo que no es mi idea el repetirme.

Antes al contrario, pretendía hablar de conservadores y progresistas, según la extraña y triste dicotomía en la que acostumbramos dividirnos los seres humanos con respecto a nuestra visión del mundo y su vertiente política.

División absoluta, como suelen serlo todas las que ven el mundo en blanco y negro, más allá de los ricos matices grises de la propia película. Tal vez la dicotomía acompaña al hombre desde su origen, aunque creo que fueron los griegos quienes primero la expusieron con claridad. Como tantas otras cuestiones que abarcó su rico universo intelectual. Podría hablar de presocráticos que se movían entre el fluir y el inmovilismo. Pero prefiero detenerme en Aristocles, filósofo famoso donde los haya y harto difícil de comprender, desde su mito cavernario a su edad de oro y pasando por su República, si nos olvidamos de su conservadurismo.

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Lo cierto es que no pretendía entretenerme en la antigüedad, clásica o no, ni tampoco regresar a las bancadas revolucionarias de girondinos y jacobinos que determinaron el absurdo reparto ideológico de izquierdas y derechas. Mi idea es referirme a un artículo científico reciente en el que se desprende una curiosa consecuencia del hecho de que los individuos se declaren de izquierdas y derechas. Quizá es un resultado lógico y coherente, pero a mí me parece tan absurdo como divertido. O muy triste, según se mire.

Por lo visto, según un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Colonia, parece ser que personas que se declaran de ideario conservador se muestran más dispuestas a donar dinero para causas ambientales si el conservacionismo, que tan próximo resulta fonéticamente como lejano en el ideario de muchos a su querido conservadurismo, es presentado como modo de recuperar el medio ambiente pasado, a la manera de esa Arcadia perdida y soñada a la que muchos recurren, mientras que se vuelven más reacias a colaborar si se les habla en términos progresistas de construir un ambiente futuro mejor que el actual.

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La investigación, que quizá no sea concluyente, arroja un resultado ridículo, ¿verdad? Pero, al parecer, bastante real. Y no debería sorprendernos, ya que somos tan sensibles a la terminología que acompaña cada mensaje.

Terrible también, por cuanto que, en nuestros días, muchos de los que se declaran conservadores hacen gala de una absurda tozudez y ceguera ante saberes y problemas bien actuales como el cambio climático o el calentamiento global. Como si la ciencia, que busca el progreso del conocimiento, hubiera de confundirse con el ideario de cada cual y en un ideario conservador pudieran compararse las creencias privadas con los datos científicos. Y así, todavía existen numerosos tradicionalistas, quizá mal llamados conservadores, que piensan que el creacionismo o cualquier otro anacronismo ha de formar parte de su ideario mientras que el calentamiento global es un mito creado por progresistas o la llamada extrema izquierda. A nadie se le ocurre decir que no cree en la gravedad pero, por lo que uno colige de los comentarios de muchos ultraconservadores, particularmente del otro lado del charco, parece no solo lícito sino necesario el poner en tela de juicio la evolución biológica, vertiendo especial saña en la crítica a la selección natural o la sociobiología, o los modelos climáticos que, por lo visto, son válidos para predecir el tiempo meteorológico pero inaceptables para definir la deriva de nuestro mundo hacia una catástrofe ambiental. Y quizá se cuentan entre ellos los mismos positivistas que piensan que la ciencia y el espíritu humano resolverán cualquier problema que provoquemos antes de que nos sobrepase, o los que confían ciegamente en el poder de la tecnología. Extraño sustituto de la Divina Providencia.

Sea como sea, se trate de conservadores ultrarreligiosos o ultraliberales, de gente interesada o bienintencionada, de mentecatos o de convencidos de tener razón, parece que si deseamos contar con ellos para lograr alguna clase de progreso deberemos antes convencerlos de que nuestra pretensión es recuperar de algún modo cualquier faceta del pasado idílico en el que se regodean. Así que ya sabéis conservacionistas, progres o no, tomad buena nota y cuidad el modo en que os expresáis ante el público. Hay que recuperar la Arcadia, no meramente superar el pasado para construir un futuro mejor.

¡Qué verde era mi valle!

arcadia lope

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2 comentarios en “¡Qué verde era mi valle!

  1. Es un tema muy interesante. En esencia creo que el miedo a perder lo que se tiene (a nivel material), el egoísmo o la ignorancia hace que la sociedad en general crea y apoye este modelo capitalista globalizado que nos lleva al deterioro del planeta por no decir camino de la auto destrucción. Véase el ejemplo de la sociedad Estadounidense apoyando al S.r Trump

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