Las noticias en blanco y negro

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Estamos enamorados del color. Convencidos de que el brillo, los tonos pastel y los fuegos de artificio que captan nuestra atención con pasmosa facilidad son un magnífico invento. Moderno y eficaz. Observamos el pasado de películas y fotografías en blanco y negro con cierta pena, suficiencia incluso, al tiempo que una pequeña dosis de melancolía, la que se asigna a todo lo antiguo, preferentemente a lo que se vivió aunque también a lo que no se ha conocido más que de oídas, de boca de testigos directos o adornado por la leyenda.

Tal nos sucede con el cine clásico y antiguo. Con el mudo incluso. Con las fotografías viejas. Con daguerrotipos más que centenarios o con las imágenes mal envejecidas y amarilleantes de las hemerotecas que nos muestran otro tiempo, otra vida, en la que las noticias y novedades se vivían y publicitaban en blanco y negro.

No quisiera pasar por enamorado o melancólico de lo antiguo per se, como consecuencia de su sola vejez. Sí quiero hablar de colores. Del blanco y negro. Los múltiples matices. Y la libertad que, lejos de venirnos acompañada por una lluvia de colores y brillantes imágenes, parece habérsenos perdido por el camino de la modernidad. Zafia y mal entendida esta última, por supuesto. O impuesta de manera interesada, retocida y torticera.

Creo que, cegados por las luces, nos hemos olvidado de lo esencial. Cuando la prensa era en blanco y negro, humilde, local, rudimentaria, también estaba sometida a diversos poderes y cada cual trataba de controlar la información, pero aún quedaba la posibilidad para el periodista de ir por libre, de editar su panfleto o imprimir unas octavillas que podían alcanzar cierta difusión. No era fácil, seguro. Y más de uno perdió algo más que un empleo por tratar de ejercer la libertad de prensa y, aún peor, la de opinión. Pero también los poderosos temían la prensa. El cuarto poder, el anexo de los otros tres que podía regularlos y condicionarlos por el sencillo procedimiento de exhibir y demostrar una verdad incómoda.

Y me acuerdo, al hilo de tales pensamientos, de una película como esa «Luna Nueva» —en el original «His girl Friday»— de Howard Hawks, la primera que recuerdo, aunque sé que hubo otra versión anterior —«Un gran reportaje» de Milestone— y otras posteriores, como la divertidísima versión de mi admirado Billy Wilder —«Primera plana», ya en color, con los impagables Lemmon y Matthau—, o hasta la posterior y a mi juicio prescindible «Interferencias». Todas ellas se basaban en una pieza de teatro previa: «The front page» de Ben Hecht y Charles McArthur. Todas estupendas. Incluso, con menos pasión, también puedo recordar ese «Todos los hombres del presidente», de tono realista aunque no llega a documental, que nos recuerda el famoso Watergate.

lemmon y matthau

Periodistas contra el poder. Periodistas como poder. Me temo que, de ambas frases, solo la segunda conserva, en general, toda su fuerza. Pero, por desgracia, sometida precisamente a los magnates que sustentan sus páginas.

No es que en el pasado no existieran manos ocultas y poderosas tras las noticias, decididas a darles el sesgo adecuado o manipularlas por interés. Pero, quizá por un punto de romanticismo, yo tiendo a pensar que era más sencillo hacer oír una voz solitaria y discrepante. Cualquiera podía elevar su atalaya de opinión y crear, cuando menos en su entorno, una burbuja ajena a esas corrientes de poder. Hoy en día, pese a la omnipresente Internet, o quizá por culpa de ella, cualquier tribuna independiente tiende a convertirse en voz que predica en el desierto, convertido el exceso de información en caos o vacío, dominado por la desinformación, el sesgo interesado y la absurda viralidad convertida en objetivo: vale más ser oído expresando imbecilidades o mentiras que permanecer en el discreto y honroso anonimato.

Y en la prensa escrita, además de los servilismos y olbigaciones adquiridas, me llama la atención el nivel de mercantilismo. Todo sirve por mantener las audiencias o, lo que significa casi lo mismo, el auditorio al que influenciar. Por ello, la mayoría de la prensa de cierto recorrido, se dedica desde hace tiempo, aunque quizá ahora la moda se ha atenuado un tanto, a «obsequiar» al lector con golosinas ajenas a lo periodístico. Unas veces gratis, otras con un pequeño desembolso, el comprador puede llevarse junto con su diario una película, un libro, una batería de cocina, un absurdo adorno o cualquier novedad tecnológica de dudosa utilidad. Ante tales prácticas comerciales, me viene a la memoria una escena literaria, sacada de mi querida, aunque quizá menospreciada, ciencia ficción. Se trata de un pasaje de «Mercaderes del espacio», en que el compañero del protagonista se muestra ansioso por adquirir la última nadería con la que engrosar una de las absurdas colecciones que se le ofrecen, más absurda aún que el promedio que supone cualquier agrupación de objetos más o menos aceptada, sean sellos, monedas, cromos o soldados de plomo. La máxima actual, como en el libro, es vender de cualquier manera. Y, de paso, colar al lector, desprevenido o ingenuo, quizá embrutecido o imbécil, la visión —también se puede usar el subterfugio de llamarla «línea editorial»— con la que la corporación propietaria del panfleto desea adoctrinarnos.

mercaderes

Así las cosas, comprendo que asimilamos la riqueza cromática de la prensa actual mientras despreciamos el blanco y negro de la vieja tinta sin darnos cuenta de que, al mismo tiempo, aceptamos el blanco y negro maniqueo de las ideas impuestas sin percibir la pérdida de tonos que supone el homogeneizar voces y prensa acallando cualquier voz discordante o incómoda.

Me llama la atención por tanto, aunque no me sorprende en absoluto, la fiebre actual por descubrir y afear falsas noticias, como si las que se dan en la prensa tradicional fueran veraces y objetivas. Las falsas noticias son un horror, seguro, pero más aún las de prensa respetable que las difundidas por intereses ajenos.

En ocasiones, me bastaría con el pequeño detalle —admito que aún se suele ofrecer con cuentagotas— de que en prensa de determinada línea editorial se incluyan todavía plumas discrepantes y de la cuerda contraria. Aunque, me temo, las más de las veces son voces domesticadas o, aún peor, sirven, como en tantos pseudodebates televisivos, para que el resto de pseudotertulianos la tomen con el pobre opositor para hacer daño, con saña, más al individuo que a los argumentos y conseguir un falso triunfo dialéctico frente al que está en minoría y se siente agredido —a veces, inocente, se niega a sí mismo la realidad y repite encerrona— mientras desfilan bajo la pantalla, quizá como subtítulos, insultos o sandeces escupidas por el público fiel.

Sé, como diría el maestro, que nadie es perfecto, pero permitidme que conserve mi porción de nostalgia por aquellas prensas mecánicas, con su tinta de hollín o las viejas películas en blanco y negro donde los periodistas eran independientes y realizaban investigación de colores.

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2 comentarios en “Las noticias en blanco y negro

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