A la sombra de gigantes

GodfreyKneller-IsaacNewton-1689

En un cierto sentido, todos somos intrascendentes. Nada de lo que hagamos y, menos aún, lo que pensemos va a tener la más mínima relevancia en el concierto cósmico para el cual no llegamos a constituir, no ya individualmente sino en lo colectivo, una mínima nota a pie de página en el conjunto del relato universal.

Y, pese a todo, cuántas veces el brillo particular de una sola persona se apodera de la escena, ocupando todo el paisaje que comparten miles o millones de humanos. Percibimos, comprendemos y aceptamos que existen individuos que nos superan, que trascienden nuestra humanidad y alcanzan una preeminencia difícil de discutir. Cierto que, en muchas ocasiones, los brillos son postizos y accesorios, recreados por la publicidad, la fama o el dinero. Pero a la mayoría —no me atreveré a decir que a todos— el tiempo los suele colocar en su sitio. De acuerdo que los simples milenios no son nada en comparación con la historia del universo desde su ya lejano —para nosotros— origen. Pero igualmente es innegable que, respecto de la efímera existencia humana, dos mil años en el recuerdo de tus semejantes, unas cien generaciones en sucesión, poco más o menos, sí suponen una huella digna de consideración.

Los seres humanos somos animales gregarios, aficionados a los líderes y modelos. A veces se trata de algo meramente instintivo pero, en muchas ocasiones, la mente —denominadla espíritu, si lo deseáis— también participa en el reconocimiento. Individualizamos nuestro respeto o admiración hacia personas concretas y, en muchos casos, el imaginario popular, o siquiera algún reducto de erudición, conserva memoria de hechos e individuos del pasado con idéntica emoción que la dedicada a nuestros contemporáneos famosos.

Más allá de la celebridad individual, no obstante, deseo girar mis ojos y posar de nuevo la mirada en el rebaño común del que todos, hasta los genios o los héroes, formamos parte. Porque el afán individualizador que nos lleva a denominarnos e identificarnos por nombres y apellidos, igual que por motes o pseudónimos, choca en ocasiones, a mi modesto entender, con la admiración que nos despiertan los que nos superan, los gigantes del título, las personas de cuya grandeza generalmente pocos se atreven a dudar. Y hablo de esto desde la insignificancia, porque puedo imaginar que, para algunos, el peso de un nombre de familia pudiera llegar a convertirse en una carga, como en otros ayuda a diluir la identidad el sentirse parte de una masa homónima.

Mi primer apellido no es raro, aunque no se cuenta entre los que consideramos frecuentes dentro de nuestro idioma. Se reparte, no obstante, por diversas localizaciones geográficas de nuestro país y sé que también se extiende más allá del océano. Pero sí puede considerarse peculiar y minoritario. Y, pese a todo, incluso entre los que comparten mi poco frecuente patronímico pecuniario puede rastrearse algún personaje de cierta fama que, por lo que yo sé, ni tan siquiera forma parte de mi familia, no de la mínimamente próxima al menos. Lo menciono porque desde hace un tiempo, coincidente con la no sé si efímera celebridad del Monedero notorio, en muchas presentaciones los que acaban de conocerme me interrogan acerca de nuestro imaginado e inexistente parentesco. A mí, personalmente, la pregunta no me incomoda en absoluto, pero sí me resulta curiosa y reveladora de nuestros modos de pensar y sentir.

Sé que abundan quienes gustan alardear de parentescos y genealogías, como si el supuesto brillo ajeno pudiera dar lustre a sus, de otro modo, anodinas existencias presentes y personales, pero no es ese mi caso. Y sospecho, al tiempo, que también son frecuentes aquellos que se ven menoscabados y disminuidos por una fama próxima ante la que son, reiterada e inevitablemente, comparados. Pues, por extraño que pueda parecer a estas alturas del ensayo, son estas personas cercanas, o no tanto, al personaje famoso las que han motivado que me lance a redactar estas líneas.

Las relaciones que establecen las mentes y memorias particulares tienden a ser bastante azarosas o, cuando menos, difíciles de comprender para quien no está en el pellejo del que siente o piensa y se atreve a expresarse. Pero no deja de ser curioso, a veces incluso divertido, comprobar cómo formamos primeras impresiones —con sus prejuicios incluidos— a partir de una presentación social en la que solo se nos comunica un nombre al que, circunstancialmente, quizá añadamos una cara y hasta un breve intercambio de pareceres.

Un ejemplo. Si les digo que Newton no escribió de su puño y letra sus «Principia», alguno, al margen de tomarme por loco, podría llegar a sospechar que estoy poniendo en duda, directamente, la autoría intelectual del señor Isaac —en la mente de todos estaba el nombre desde un inicio aunque no lo haya incluido y se habría introducido igualmente en ella, como Newton más famoso, aunque no hubiera mencionado su magna obra asociada— con respecto a los impresionantes hallazgos que se le atribuyen. Pero resulta que el comentario que da comienzo a este párrafo es literalmente correcto: el texto que se dio a la imprenta no fue escrito por Isaac Newton, aunque intelectualmente la obra fuera plenamente suya, sino por su secretario Humphrey Newton. Curiosamente, aunque no hay pleno acuerdo en ello, parece ser que este nuevo Newton no era familia directa del científico. Según los unos no era familia en absoluto, aunque otros lo suponen familia lejana del sabio. Sea como sea, lo que queda claro es que, de la vida de este Humphrey, tan solo nos queda memoria en la actualidad acerca de su circunstancial proximidad al genio y sus labores de escribano. Por interesantes que fueran sus vivencias o extensas sus relaciones, de todo ello solo nos queda constancia de un detalle que, para su propia existencia, tal vez no resultó vital y quizá sí incómodo, habida cuenta del desagradable carácter del otro Newton con el cual le tocaría lidiar durante los años que estuvo a su servicio. Se le recuerda, pues, ninguneado en lo personal, ensombrecido por la magna presencia del señor Isaac. Que cada cual decida si le parece positivo ser recordado como complemento cuando tantos y tantos han quedado, y quedaremos, por completo en el olvido.

No menos curioso es darse cuenta de que la imagen de Isaac Newton está idealizada en sus trazos gruesos, perfectamente cubiertos sus defectos por esa suerte de «Photoshop» intelectual que solemos aplicar sobre muchos personajes célebres. Así todos, y yo el primero, nos referimos a él como genio o sabio, ensalzando siempre su inteligencia superior cuando quizá, ahora que se estila tanto hablar de variantes de la inteligencia, incluidas las de índole emotiva, nuestro gran hombre poseía graves deficiencias en su carácter y en sus habilidades sociales. Incluso cultivaba sus propias manías absurdas al tiempo que caía en la estafa de su siglo con la misma ingenuidad que un iletrado. Pocos saben de sus aficiones alquímicas o de su obsesión religiosa que lo llevó, entre otras cosas, a predecir el Apocalipsis para el año 2060. Ya veremos si, al acercarse la fecha, no hay alguno dispuesto a hacer negocio con el fin del mundo y recupera el dato asociado a la respetada figura. No tendría menos fundamento que los ríos de tinta que han hecho correr profetas famosos de otro tiempo, como el señor de Nostradamus. Aunque me malicio que, referidas tales veleidades al señor Newton, la gente empezaría a sospechar, quizá con razón, que el buen hombre estaba un poco chiflado. Pero claro, puestos a admirar siempre toca idealizar, así que mejor dejamos de lado las facetas menos brillantes aunque ello suponga borrar parte de la persona real.

Aquello de ser recordado vicariamente, por proximidad a la persona importante, tiene otra vertiente con características sugerentes y peculiares. Cuando uno alcanza cierto renombre en su arte u oficio, es común que ejerza influencia en su entorno más próximo. No solo porque afecte a los semejantes con los que se cruza, ya sean trabajadores obligados o admiradores que voluntaria y voluntariosamente se le ofrecen, sino a la propia familia. En este último caso, la sombra del nepotismo, más que la del gigante, planea sobre los protegidos. Basta ver cuántos hijos de famoso adquieren algún renombre. La relevancia que acompañe a la fama es otro asunto, aunque uno sospecha que el tiempo pondrá a cada cual en su lugar. No obstante, aunque solo sea por las imperfectas leyes de la herencia, cabría esperar que algo del talento parental llegara a los vástagos.

La lista de famosos por herencia sería interminable, pero siempre se pueden encontrar casos llamativos. Me viene a la memoria, por ejemplo, Alejandro Dumas hijo —siguiendo la moda actual, hasta se me ha pasado por la cabeza, en plan broma, haber escrito junior— molesto al ser comparado con su padre cuando sabe que buena parte de la obra de su ilustre progenitor ha sido redactada por oscuros «ayudantes» —los que se vienen denominando en jerga «negros», aunque en este caso resulte divertido usar tal calificativo para los ayudantes de tan moreno escritor—. O, mejor aún, el caso de Filipo y Alejandro. El padre, Filipo, llamado el grande por sus contemporáneos, pone en el mapa Macedonia y luego resulta que su hijo se convierte en el mayor conquistador de toda la historia, en tiempo récord para más inri y abandonando la escena con solo treinta y tres años —inaugurando, quizá, la magia que luego adquiere tal edad por connotaciones religiosas adquiridas—. Por mucho orgullo que sintiera por su hijo, nunca habría imaginado que él fuera recordado tan solo como su padre, empequeñecida su grandeza por el Magno vástago. El tercer caso que voy a exponer es más personal, o vivencial, si se quiere. El orden en que uno conoce a los personajes determina, sin duda, nuestra percepción de ellos. Así, yo admiré a Jean Michel Jarre antes de conocer a su padre, Maurice, con lo que, en mi imaginario, el talento del hijo fue previo al del padre y solo con carácter retroactivo pude valorar si la fama del descendiente no tuvo mucho que ver con la de su ilustre predecesor. Y claro, ya que soy biólogo, no voy a olvidarme del amigo Darwin. Entre sus hijos también hubo científicos, aunque ninguno alcanzó renombre. Al menos su primo Galton, del que ya hemos hablado en este blog, sí alcanzó notoriedad, quizá por no compartir apellido. ¿Y cuántos recuerdan a Erasmus, el abuelo de Charles? Tuvieron más suerte los descendientes del Bulldog de Darwin. A aquel Huxley insigne lo siguió una progenie de científicos, incluido otro evolucionista famoso, Julian, y, en otro negociado, el famosísimo Aldous que nos dejó, entre otras obras, su magnífico «Un mundo feliz». Así se conoce el libro en castellano aunque yo, personalmente, no encuentro muy «feliz» la traducción de su «Brave new world».

jean michel jarre

Pese a la sombra en la que todos los anteriores se vieron obligados a vivir, aún se trata de personajes de mérito, cuyas obras son razonablemente conocidas. Otros parientes e «hijos de» salieron mucho peor parados. ¿Qué decir de todos esos hijos ensombrecidos por los padres hasta el extremo, tan lejos de su grandeza como para que su ramplonería se perciba más acusada? ¿Qué pensarían los últimos Austrias si hubieran sabido que la historia los conocería como «menores»? Qué injusto también para sus predecesores que, por la costumbre, el apellido materno se perdiera y sus descendientes ya fueran solo Borbones y ya no más Austrias o Trastámaras. ¿Qué pasaría por la cabeza del hijo del Africano cuando todos compararan su valor y fortaleza con los del padre? Y peor aún, ¿qué pensaría la familia de Hitler durante el ascenso de su pariente y luego, tras su caída, al quedar su nombre manchado para siempre? No en vano alguno intentó cambiar su apellido. Si la sombra es turbia o malvada, el resultado es aún peor.

No voy a entretenerme, obviamente, en comentar a los hijos de los famosetes del papel couché. Aquí solo pretendo dar noticia y testimonio de gente de valía o cuyo «papel» en el mundo, para bien o para mal, ha sido notable. No merece la pena hablar de tanta gente sin mérito que ha adquirido cierta relevancia, o más bien simple resonancia pública.

Obviamente, como ya he comentado respecto de mi propio caso, no toda la sombra ha de provenir del parentesco o la proximidad. Porque, al margen de formar parte de la familia, ¿cuánto marca el apellido famoso? Es evidente que si te apellidas Cervantes o Velázquez, todos al nombrarte recuerdan al personaje archiconocido. Pero, ¿y si te apellidas García? En este caso, entre tantos, no hay un García —o Pérez, López o Simpson— que predomine y muchos del apellido, si alcanzan notoriedad o incluso antes de tenerla, son recordados por un segundo patronímico, como nuestro García Lorca, o Lorca a secas. Por eso, quizá, entre personajes de apellidos comunes, abundan los que recurren al segundo, que en nuestro país solía ser el materno, a una composición de varios o incluso al pseudónimo, nombre propio por partida doble, por definitorio y creado por uno mismo. Parece mentira, en cualquier caso, el poder que asignamos a una simple palabra con la que nos identificamos. Quizá, después de todo, sería más razonable nombrarnos, como se hacía en muchas tribus antiguas, por algún término descriptivo de lo que consideramos nuestras virtudes o antecedentes: Caballo Loco, Brazo Fuerte. Incluso habría quien, puestos a elegir un apelativo, se quedaría gustoso con su mote del pueblo, el familiar o el personal, si no resulta ofensivo o lo ha convertido en bandera.

Old_Man_Crazy_Horse_(Worn)_with_War_Bonnet

Pero, volviendo al tema de la sombra que la celebridad crea en su entorno, sobre su nido tanto como en los que tienen cierta relación con el sujeto, supongo que entre los descendientes, los emparentados y aun hasta los extraños que comparten nombre o apellido, a veces incluso basta la mera nacionalidad, predomina el orgullo de pertenencia. «El gran hombre es de los míos», clamarán muchos. Y se sentirán protegidos y resguardados bajo el ala de grandeza, a veces con razón y por herencia. «Fue mi padre, mi madre, mi abuelo, mi tío, mi amigo, mi líder», son frases que una y otra vez se repetirán en el tiempo y servirán para difuminar las propias miserias y dar lustre a la genealogía —incluso o especialmente a la inventada— tanto como al amor propio. Poco importa que, al cabo, uno y todos se comparen —nos comparemos— con fantasmas que poco tienen ya que ver con el ser de carne y hueso que holló la Tierra o aún se pasea, vivo y coleando, seguido de su cohorte de entusiastas.

access to english

Regresando una vez más a Newton, un apellido relativamente común por esos lares, está claro que ninguno de los de ese nombre se acerca a la notoriedad del sabio de Whoolsthorpe. Es curioso que haya Newtons célebres que también se llamaron Isaac, quizá bautizados así en honor al genio. Se trata, me temo, de una costumbre bastante extendida, la de clonar los nombres ya que no se puede hacer lo propio con los talentos. Por mi parte, me acuerdo también de un Newton ficticio, protagonista de unos breves relatos que se incluían en un conocido método de aprendizaje de la lengua inglesa. Algunos recordarán al desgarbado Arthur Newton, bibliotecario, a su querida Mary, a Sheila o Bruce, coprotagonistas del invento. Y no dudo de que, hoy en día, son más quienes conocen a Harry Potter que a Beatrix Potter, más famoso el personaje ficticio que la escritora de cuentos, ella misma superada en celebridad por sus creaciones, particularmente ese Perico el Conejo icónico y ya cinematográfico. Igual que Bart Simpson sobrepasa en fama a cualquier otro Simpson, Superlópez a todos los de tal apellido en nuestro país o el Señor Smith de Matrix ningunea a todos, compartan o no su apellido, convertido en la versión futurista y cyberpunk de Juan Nadie, el famoso John Doe anglosajón.

426px-Peter_Rabbit_first_edition_1902a

No debería sorprendernos que los personajes imaginarios alcancen más celebridad que los que suponemos reales. En el recuerdo, los fantasmas de unos y las invenciones de los otros acaban fundiéndose y confundiéndose. Una prueba más de la insignificancia de los humanos, de nuestra común intrascendencia, tanto de los grandes como de los humildes. Al final, por más que se recuerden hechos y obras, de cada cual solo se conserva una caricatura, cuatro pinceladas falsas que pretenden describir y contener, en un sencillo garabato, la esencia de quien fue una persona.

rendez vous