Entre tinieblas

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Escucho con cierto escepticismo y buenas dosis de simpatía que la Unión Europea se está replanteando los cambios horarios periódicos a los que se nos ha sometido durante años. Esos que han venido justificándose como necesarios, desde hace unas décadas, en aras de un dudoso beneficio económico bien al margen de cualquier consideración sobre la comodidad o la salud de los pobres humanos —y seres de otras especies— que se han visto forzados a padecerlos. ¿Qué importa forzar un ligero jet lag de una hora a cambio de un aumento en la productividad o un mínimo ahorro energético? Nada, por supuesto. Pues no se da valor alguno a los leves repuntes en patologías ni el momentáneo desasosiego que todos sufrimos. Pero estoy seguro de que, tan acostumbrados estamos al horario de verano y el de invierno, que si la fijación de la hora llega a ser un hecho —ya veremos si nos dejan el viejo horario centroeuropeo o volvemos a alinearnos con la longitud de Greenwich que nos correspondería mejor— nos extrañará el cambio y habrá quien se sienta incómodo sin la hora de luz u oscuridad sustraída, o regalada, al amanecer o con la caída de la noche.

Los humanos somos animales de costumbres. Tan deseosos de arraigarlas que nos mostramos capaces de inventarlas y asumirlas en menos tiempo del que dura una generación. Si tal hábito lo padecemos una y otra vez en temas que nos parecen serios como el estudio de la historia, la tradición y costumbres, la política o los rancios nacionalismos que nos atacan una y otra vez, ¿cómo no han de incorporarse a los ritmos circadianos, los husos horarios o la mera percepción de nuestro entorno?

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Quiero resaltar entre estas percepciones —y era este el motivo principal de todo el anterior preámbulo— la que mantenemos en la época actual con respecto a la luminosidad. No somos conscientes ni de su importancia ni de su novedosa artificialidad. Ni mucho menos de las consecuencias que puede tener para nuestra salud.

Jamás nos paramos a pensar que nuestros conceptos de penumbra o tinieblas no se ajustan, en general, a lo que pensaban de ellos los antiguos, entendiendo por tales incluso a los que habitaron nuestro planeta hace apenas medio siglo.

¿Quién no ha escuchado hablar de la contaminación lumínica? Creciente. Al tiempo que imperceptible para muchos. Incluso en su propio domicilio y asociada a sus costumbres cotidianas hasta el punto de percibirla como normal y casi natural.

El hombre, no lo olvidemos, ha vivido buena parte de su historia como especie sumido en las tinieblas que titulan el presente artículo. Y solo muy recientemente hemos iluminado la noche hasta el punto de poder desarrollar las mismas actividades, en esencia, que durante las horas de luz solar.

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En el pasado, la vida humana solía desenvolverse entre tinieblas en cuanto que caía el Sol. También muchas veces durante el día dentro de los edificios, casi siempre recintos mal iluminados y ventilados. Una triste vela, una antorcha o una lamparilla de aceite acompañaban a las personas en el casi siempre breve espacio de tiempo que mediaba entre el anochecer y el tiempo del sueño. Sin luz poco podía hacerse. Era mejor amoldar los ritmos y rutinas a la estación del año. Levantarse con el amanecer, quizá con el gallo, y acostarse con la caída de la noche.

Durante siglos, salir de casa tras la puesta de Sol era una aventura a la que pocos se atrevían, incluso en ciudades populosas y, por tanto, llenas de rufianes y rincones oscuros. Peor aún en las calles de los pueblos o en el campo, apenas iluminados por el vago resplandor de la Luna, hasta cuando brillaba llena en el cielo.

Algún personaje adinerado podía alardear de su opulencia organizando fiestas y convites nocturnos a la luz de incontables velas, antorchas o lámparas de toda índole. Quizá presumía del espacio diáfano de su vivienda, con grandes bóvedas y lucernas. Pero aun los habitáculos mejor fortificados e iluminados apenas lograban proporcionar una claridad aceptable a sus ocupantes y un mínimo de seguridad frente a la noche ominosa.

La oscuridad, desde tiempo inmemorial, ha poblado las pesadillas de nuestros antepasados. Siempre plagada de amenazas tan tangibles como invisibles. Quizá de recuerdos atávicos de fieras nocturnas que se abatieron sobre familias, tribus o clanes antes de conocer el fuego emancipador que, sin embargo, no logró acallar los temores propios de la penumbra. Temor en la oscuridad que se calma y atenúa, pero no desaparece, entre las tinieblas de cualquier mínima luminaria.

Por eso todos, y me incluyo, vivimos la conquista de la noche por medio de la luz artificial como un gran triunfo de la tecnología humana sobre las limitaciones impuestas por la naturaleza. Y nos congratulamos de poder prolongar nuestros días activos, sean laborales o de diversión. Particularmente en un país de noctámbulos como parece ser el nuestro.

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No nos debe extrañar, por tanto, que olvidemos o ignoremos sin más los efectos secundarios que esta noche iluminada puede tener sobre nosotros. Más allá de la triste comprobación de que por la noche, en las ciudades y en muchos pueblos, uno no puede contemplar ya la majestuosidad de un cielo estrellado o de que resulte casi imposible encontrar un lugar recóndito, apartado y oscuro donde hallar intimidad sin ser visto, pasamos por alto los problemas de salud a los que la luz, tanto o más que los cambios horarios periódicos, nos puede abocar. Cuando viajamos, entendemos que jugar con los ritmos circadianos nos afecta. Sin embargo, no somos conscientes de que las luces nocturnas que nos acompañan, sean lámparas o pantallas, también nos pueden perjudicar.

Iluminamos las estancias, colocamos luces automáticas con sensores de oscuridad o presencia en los espacios de reposo, contemplamos televisores monstruosos a horas elevadas y luego pretendemos dormir como benditos. Si ya el trajín cotidiano de nuestros días, lleno de prisas, ajetreos y nervios, nos condiciona el sueño de mala manera, incrementando las tasas de insomnio por doquier, ¿cómo pensamos que la presencia de esas luces puede ser inocua o plena de beneficios?

Es verdad que no hay que ser alarmistas. Menos aún con las novedades. Han existido cambios históricos en la iluminación desde que nuestros antepasados controlaron el fuego. El problema es que ahora estamos sobreexpuestos, permanentemente activados por las luces, particularmente y según parece por las azules más actuales que afectan incluso a nuestro reloj interno, a la secreción de melatonina, y nos provocan insomnio cuando no daños aún peores. El miedo antiguo, que creemos superado, nos lleva a iluminar nuestras noches hasta hacerlas claras como el día y luego cambiar nuestros hábitos, sin pensar en la lógica ni en nuestra salud. ¿Acaso no ha cambiado también el sueño en el pasado? Sí, claro, pero no a este ritmo vertiginoso ni a costa de nuestro organismo y nuestros nervios.

No es extraño, pues, que el cine o la televisión nos hagan pasar por penumbra lo que en otro tiempo habría sido claridad. Se entiende que lo hacen, ante todo, para que se pueda grabar el correspondiente vídeo. Aunque también para que el espectador pueda ver, o intuir, algo entre lo oscuro. Pero es que resulta fácil engañarnos, una vez creado el hábito. No en vano, más allá de la luz ambiente o las pantallas que absorben nuestra atención, ya hace bastante tiempo que las tinieblas han ido metiéndose de modo apenas imperceptible en las mentes de demasiados individuos, alterando su lucidez, buen juicio y autonomía más allá de esas luces brillantes que nos rodean a todos y nos atraen como a polillas, pájaros deslumbrados por el brillo o los primates juguetones que, en el fondo y la base, aún somos.

No hay duda de que, en lo literal tanto como en lo figurado, ya no sabemos a ciencia cierta —me tienta decir «con claridad»— lo que significa vivir en la penumbra.

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