Escaparates

milli-vanilli

Vivimos en una época particularmente propensa al escaparatismo. No solo en los centros comerciales y las tiendas, que eso es obvio y natural dentro de nuestro sistema económico y, cada vez más, social. También, y eso es lo que me molesta, a nivel personal y humano: cada cual, individualmente o de forma colectiva como parte de algún grupo, trata de elaborar una imagen pública favorable que exhibir ante el mundo.

No digo que sea una novedad. En toda época las personas han estado preocupadas por su fama y buen nombre y se ha tendido, en no pocas ocasiones, a actuar de cara a la galería en vez de en conciencia, incluso en asuntos de vital importancia.

Pero es que hoy en día esta práctica del escaparatismo alcanza cotas insospechadas.

A nadie extraña que cualquier comercio exhiba una selección de productos debidamente ordenados como reclamo en su escaparate. Entendemos que un empresario de posibles contrate a un profesional del gremio, un escaparatista, para que atraiga a su local al mayor número de clientes con esa suerte de bodegón contemporáneo que es el escaparate de cristal. Pero no solemos llamarnos a engaño. Lo exhibido pocas veces va a ser una muestra realmente representativa de la variedad que encontraremos dentro de la tienda, ni los precios —si es que están reflejados en los artículos expuestos— van a ser los típicos de la mayoría de productos. Incluso aceptamos que algunas mercancías exhibidas no estén en almacén puesto que tenemos bien asimilado que el escaparate es un gancho, un reclamo más o menos lícito usado por el vendedor.

Pero causa pasmo que muchos individuos, a título particular, conviertan su imagen pública —sea esta de interés mediático o meramente la exhibida ante un reducido círculo de relaciones— en un auténtico escaparate, tan vistoso como falso.

¿Qué hacemos la mayoría de nosotros cuando nos mostramos en las redes sociales o en páginas personales como esta? Adornarnos, maquillarnos, embellecernos, ocultar defectos y vicios. En una palabra, engañar, aunque sea de modo más o menos inocente, por cuanto que uno ni se plantea que tal proceder pueda dar lugar a alguna consecuencia desagradable.

Parece normal, tan perdonable como los excesos de los escaparates comerciales. Y, sin embargo, con tales hábitos llenamos el mundo de mentira e hipocresía. Cuando un particular olvida sus valores o apetencias y se exhibe ante todos con una imagen pública fabricada a conciencia para agradar, ensalzando o inventando lo bueno y eliminando o alterando lo malo, el asunto puede parecer trivial y hasta divertido. Alguno, pillado en renuncio, puede avergonzarse, disculparse y hasta, en raras ocasiones, hacer verdadero propósito de enmienda. Pero, siquiera por una mera cuestión de grado, los personajes con renombre, o las corporaciones que representan, nos molestan bastante más cuando ejercitan ese mismo derecho a adornarse. Lo que para unos parecen mentiras inocuas y hasta un poco absurdas, para otros se convierten en planes perfectamente tramados y malintencionadamente ejecutados.

Que sí, que si te pillan en tu negocio, lo mismo te arruinas o bajan tus acciones. Rara vez se te condena al ostracismo, lo cual te hace pensar que entre pillos anda el juego. Pero nadie te quita lo bailao, aunque te pongan multas o, en contadísimos casos, te juzguen por las mentiras. Y, más frecuentemente, todo queda igual, disculpa mediante o, directamente, sin que nadie entone mea culpa o similar.

Nos podemos reír de aquellos Milli Vanilli que estafaron burdamente al público y los medios, pero muchos aficionados todavía no han perdonado el sentirse engañados y es de suponer que algún profesional de la música podía haberse llevado algún dinero vendiendo sus discos o haciendo galas en el lugar de aquellos granujas de medio pelo, aunque lucieran abundantes melenas que tampoco se sabe si eran verídicas. Los cantantes ocultos y sus sustitutos visibles y mediáticos me hacen recordar una escena de una película mediocre obra de uno de nuestros más grandes directores. Me refiero a “Moros y Cristianos” del inmenso Berlanga. En cierto punto de la película, la familia de turroneros que en ella aparece, los Planchadell, decide publicitar sus productos y, para ello, qué mejor que colocar carteles con una foto familiar que represente el negocio. Al verla, alguno dice: “qué feos son, deben estar malísimos”, en un rocambolesco razonamiento, tan absurdo como, desgraciadamente, cotidiano. Tras lo cual cambian los carteles por otros con una familia falsa pero de estupendo aspecto.

Claro está que la imagen es importante, a veces vital. Que se lo digan a las galerías de arte. A los propios artistas que, en ocasiones, basan su éxito tanto en su obra como en su peculiar imagen pública. Cuántos discos, libros o películas se convierten en éxitos a partir de una portada o un vídeo promocional. Cualquier lector que se acerque a estas líneas podría pensar en la portada de un disco que le impactó y lo animó a comprarlo. Incluso puedo imaginar a muchos que, sin conocer a Pink Floyd, identificarían al instante la cara de uno de sus discos con solo ver un prisma y un arco iris. Se me ocurre invitar al lector a que me indique alguno de esos discos que marcaron época por su portada. Si esto fuera una emisora de radio en vez de un vertedero de pensamientos, podríamos hacer un bonito concurso. Lamento decir que, en este caso, el único premio será mi sincero agradecimiento por la colaboración.

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Así las cosas, nos movemos entre lo necesario y lo impresentable. Como en tantas situaciones, los extremos suelen ser bastante inapropiados. Quien no se publicita ni se molesta en adornarse ante la sociedad que, lo quiera o no, lo va a juzgar, es casi seguro que no será visto con ojos favorables. Todo lo más, conseguirá pasar más o menos desapercibido si es ese su deseo. El que sobrepasa los límites de lo razonable, inventando y mintiendo, puede lograr esa imagen favorable y hasta labrarse una posición, pero se arriesga a ser descubierto y perder todas o parte de sus prebendas. Y, lo que a mi juicio es aún más importante, él mismo se traiciona y se perderá por el camino. No por dejar de ser quien era, sino por pretender no serlo y engañar a los demás, perdiendo la honradez al tiempo que el respeto por los demás.

En este punto de la exposición, podría hablar de políticos, de millonarios, de famosos de toda clase cuyos nombres me vienen a la imaginación. También de individuos anónimos con los que me he cruzado y hasta tengo cierto trato. Personas, en todo caso, que engañan con un fin. Sin importar medios o consecuencias. Incluso les da igual la desgracia ajena que provocan y hasta la muerte que puedan sembrar. Podría hablar de ellos. También podría mencionar todos esos negocios y servicios que nos engatusan con una fachada hermosa y falsa que oculta una triste realidad. Empresas, colegios, centros sanitarios, polideportivos, centros sociales, residencias de ancianos que invierten más dinero y esfuerzo en lavar su cara y mostrar una imagen favorable que en mejorar sus servicios que tan poco casan con lo ofertado. Pero no lo haré. Todos sabemos la cantidad de embaucadores que nos rodean y el nivel de fingimiento que pueden exhibir para alcanzar sus oscuros propósitos.

Para mí, se trata de gente corta de miras. Por mucho que se empeñen, no dejarán de ser unos individuos intrascendentes cuya fama o dinero pasarán como lo harán sus breves existencias. Quizá alguno muera manteniendo una imagen pública favorable. Otros, ni tan siquiera eso. Pero todos, sin excepción, se habrán perdido por el camino y no habrán conseguido, salvo que se engañen a sí mismos, un mínimo cambio real en lo que son o desean ser. Y poco importa al respecto que el individuo forme parte de una empresa y justifique sus mentiras por la imagen corporativa.

Supongo que soy un ingenuo y doy demasiada importancia a cierta clase de honradez. Pero si uno pasa por la vida tratando de ser quien no es o de aparentar ser otra persona, me da la sensación de que está sustrayendo tiempo y sentido a una existencia que, de por sí, anda bastante escasa del primero, y no digamos ya del segundo.

No seré de los que afirmen taxativamente aquello de que a cada cerdo le llega su San Martín, porque no lo creo. Pero sí estoy seguro de que todos, en un momento u otro de nuestras vidas, tenemos que mirarnos al espejo y ver la persona que somos. Cada uno da valor a unos aspectos de su existencia pero, para mí, lo que pueda ver en el reflejo tiene cierta importancia. Más, sin duda y aunque cueste reconocerlo, que la imagen que me devuelvan aquellos que apenas me conocen y a los que podría haber engañado.

Por terminar con una imagen bastante más simpática, diré que, hablando de escaparates y engaños, no puedo dejar de recordar a ese magnífico personaje del admirable Ibáñez, el tendero tramposo del colmado de 13 Rue del Percebe. El tipo da grima. Se nota a la legua que es un timador, un aprovechado y un pesetero. Pero no pierde la sonrisa ni deja escapar ocasión para hacer pasar por respetable su negocio al tiempo que ejercita su burdo magín en el arte de sisar unos cuartos a los pobres clientes.

tendero percebe

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