Extraños compañeros de viaje

carros de fuego

Voy a hablar de sinergias. Artísticas, ante todo. De amistades peligrosas. De afinidades electivas. De parejas, tríos, cuartetos. De suerte y oportunidad. Hablando, al tiempo, de viajes, quizá tan pausados como los que mencionaba en la entrada anterior.

Voy a hablar de la influencia de unas partes de una obra artística coral o, cuando menos, grupal, sobre las otras partes.

Que el mundo del “arte” y la “cultura” es extremadamente competitivo, al menos desde un punto de vista meramente mercantil, que es el único realmente válido, quizá importante, para el arte popular y de masas, no es algo que se le escape a casi nadie. Digo el casi porque siempre habrá ingenuos, de los de verdad o de los de pose, que ejercen como tales por mera impostura o por un peculiar sentido de la belleza o su propio concepto de sensibilidad, que piensen que el arte va más allá de lo monetario y la publicidad.

Pero no quiero hablar de arte capitalista, como tampoco hablaré de arte marxista ni de ningún incómodo e intrascendente ismo. Quiero hablar de influencias. Forzadas o naturales. Afortunadas o lamentables.

Cuando un director de cine o teatro, en colaboración —uso este término por simple eufemismo— con los productores, pone en marcha un proyecto, siempre debe conjuntar partes diversas y dispersas. Por gusto, por obligación, por necesidad, por compromiso, por exigencias del argumento, de la empresa, del pagador, de aquel comerciante que contribuye a la obra a cambio de que su amiga figure en el reparto. Igual ocurre, quizá en mayor medida y con consecuencias de más calado, cuando se comienza el rodaje de una película, no digamos ya una superproducción. E imagino que sucederá también para cualquier espectáculo, musical, circense o televisivo.

El caso es que tal unión de mentes, fachadas, voluntades, habilidades y talentos, en ocasiones da lugar a resultados extraños. No buscados, obviamente, y en los que tal vez parece poderse aplicar ese famoso efecto mariposa que conduce a generar variaciones inmensas a partir de sucesos o detalles intrascendentes. ¡Cuántas veces hemos oído quejarse al atribulado director de que su magnífica obra ha sido destrozada por el papel de los productores en el montaje o en la elección de actores y localizaciones! O lamentarse al guionista de la tropelía perpetrada por el director sobre su argumento. Al autor de la novela por el crimen de los guionistas en la adaptación. De nuevo al director por los egos calamitosos de las estrellas, impuestas o elegidas, que han malogrado la obra. Y eso sin contar con el papel de censores oficiales o extraoficiales, sean siervos de una dictadura o voluntarios adalides del maccarthismo.

Así las cosas, quien participa de un macroproyecto está claro que arriesga su buen o mal nombre y, en parte, su futuro artístico, al resultado impredecible, en la mayoría de los casos, de las tales sinergias. Quizá acepta ilusionado por el arte incluido aunque, las más de las veces, lo hará exclusivamente por el dinero y la necesidad de trabajar. También, sobre todo si tiene nombre y dinero, se involucrará por la confianza en que aquello funcione y mantenga o relance su carrera.

¿Cuántas películas han fracasado por un mal guión, una mala adaptación, un protagonista mal escogido, un deficiente montaje, una veleidad de productor/director/estrella? Y, a la inversa, ¿cuántos casos se han dado en el séptimo arte de proyectos de bajo presupuesto y discretas expectativas que se convierten en un bombazo? Los suficientes, en este último caso, para que los yanquis se hayan inventado el término sleepers para referirse a tales éxitos imprevistos. Uno y otro caso influyen en las carreras de los que participan. Profesionales consagrados, en el primer caso, que pueden condicionar su caché y los proyectos que se les ofrezcan. O promesas y hasta perfectos desconocidos que ascienden repentinamente en el escalafón, en el segundo.

Pero también otros aspectos que se consideran menos relevantes pueden alterar el producto. La fotografía o la banda sonora, incluso el vestuario y los efectos especiales podrían incluirse entre ellos. Un caso clásico: ¿Serían valoradas igual algunas películas de David Lean sin la música de Maurice Jarre? ¿Habría sobrevivido un mínimo recuerdo del filme “Carros de Fuego”, pese a sus oscars, sin la banda sonora del mismo título que lanzó a Evangelos Odysseas Papathanassiou al estrellato, al margen de ser conocido por sus numerosos éxitos menores previos?

DrZhivago

No debe extrañarnos que, en muchas ocasiones, una adaptación cinematográfica de un best-seller editorial resulte decepcionante. No se trata tan solo del diferente lenguaje de uno y otra. A veces la traducción es adecuada. A esa dificultad se suma, obviamente, la conjunción de talentos y personalidades, así como intereses. Por eso no sorprende que, en ocasiones y al contrario de lo apuntado, una novela mediocre dé lugar a una obra maestra del séptimo arte. Durante años eso es lo que se ha dicho de la obra más conocida de Margaret Mitchell, que la película es mucho mejor que el libro.

No diré que para gustos los colores, pero sí es bien cierto que nuestra imagen y nuestra carrera profesional, tanto entre los divos como entre la gente humilde, están más condicionadas por nuestros compañeros de viaje de lo que pensamos. No en vano, nuestro amplio refranero incluye frases como aquel “dime con quien andas y te diré quien eres” o el cervantino “a un hombre se le conoce por sus obras”, reflejo de aquel “a un árbol por sus frutos”.

Tampoco diré que mires bien qué compañeros de viaje escoges. Supongo que, a los que dependen de ti y te acompañarán durante lo esencial de tu vida, ya los seleccionarás con buen criterio. A los otros, que te vienen impuestos,deberás aceptarlos sin más y unir esfuerzos con ellos o, en el peor de los supuestos, protegerte de sus obras, según sea menester.

mariposa

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