Práctica del montañismo

cervino

Podría decir que lamento decepcionar a quienes hayan imaginado, al leer el título, las altas cumbres y nevados paisajes que pueden verse en la hermosa imagen de presentación. Pero no sería cierto, puesto que el equívoco es intencionado.

Salvo por el retiro y la posibilidad de meditación que ofrecen las montañas referidas, las semejanzas entre la noble actividad de la escalada y el tema de este artículo son, por decirlo eufónicamente, más bien escasas.

En realidad, al margen de la castellanización del término, de quien quiero hablar en estas líneas es de Michel de Montaigne y la práctica del ensayo intelectual, del ejercicio del pensamiento crítico e individual que, me temo, viene siendo un ejercicio desacostumbrado para una triste mayoría de personas en nuestro tiempo. No sé si en todo tiempo, si bien la aceleración de las costumbres y la obligada, en muchos casos, superficialidad de relaciones y esfuerzos me hacen intuir que es en estos días que nos ha tocado vivir cuando, habiendo más información a disposición de todos, menos la utilizan y digieren la mayoría de los felices mortales.

montaigne

Obviamente, el género del ensayo no lo inventó Montaigne. Pensadores de toda época lo han llevado a la práctica, aunque no hayan usado tal nombre. Quizá observaríamos el asunto de otro modo si a los filósofos y pensadores de la antigüedad clásica hubiéramos tenido por costumbre denominarlos ensayistas. Montaigne lo es, igual que se confiesa deudor de la sabiduría griega y romana, la primera filtrada a través de la segunda, cuya peculiar educación le hizo recibir de un modo aún más intenso del que se acostumbraba en su siglo, aun entre gente bien formada. Nuestro hombre llena sus ensayos de citas clásicas y demuestra su admiración por muchos autores, como Plutarco o Tácito. Pero no se limita, ni mucho menos, a parafrasearlos. Él digiere experiencias, recaba informes, rumia pensamientos y nos ofrece el resultado de los mismos. Su lógica no pretende ser silogística. Al contrario, el francés está lleno de dudas y contradicciones. A veces nos parece un adelantado a su época y otras un noble anticuado. Pero se trata de ofrecernos su visión del mundo, meditada y filtrada a través de su personalísima mente y sus no menos peculiares gustos y servidumbres. Nos dice que le falla la memoria y eso lo obliga a repensar cachazudamente, casi con parsimonia, a veces con pereza y siempre, según él, con lentitud característica, todo lo que se presenta a sus ojos. No sabemos si tal imagen responde a humildad, falsa modestia o a una percepción propia y real, para su subjetividad al menos. Y a mí, personalmente, me parece lógico ese divagar y devanarse la cabeza, dando vueltas una y otra vez a las cosas, o, al revés, llegando a una pronta y firme conclusión.

Uno está harto de ver loros a su alrededor, repitiendo pensamientos ajenos, como hacían muchos peripatéticos de otro tiempo. Y otros que, por no tener, no poseen ni opiniones ajenas cuando las suyas son inexistentes. O sí las tienen, pero carentes del mínimo poso de meditación o mera intelección.

Leyendo a Montaigne uno lee los pensamientos de un ser humano y, se sienta o no identificado con el contenido, sí lo hace con la forma. Viendo a tanta gente alrededor o escuchando la radio, programas de televisión o películas de éxito, tiene la sensación de que solo se relaciona con cerebros a medio gas o sin combustible. Cuando le anuncian un debate televisivo casi le dan ganas de sonreír, si no fuera una situación tan triste el ver hermanados en falta de argumentos los coloquios amarillistas del escándalo o el mal llamado corazón con las intervenciones de políticos o mal llamados expertos sobre un tema. Casi llega a echar de menos el viejo debate de La Clave, aun con tertulianos fumando.

Y no es raro que, si se quiere marchar a toda velocidad y llegar a una infinidad de personas a las que uno se refiere como público, televidente o consumidor, no quede mucho espacio para la meditación, el sosiego o la crítica, pero resignarse a la superficialidad como una necesidad democratizadora resulta tan patético como denominar debates o tertulias a las referidas trifulcas de verduleras a que nos tienen acostumbrados.

Y, pensando en el sosiego, recuerdo con ternura al maestro Gila viajando en tren en su olvidada “El hombre que viajaba despacito”. Y hasta puedo contemplar con simpatía al lunático que asciende a la montaña más alta, más como eremita o monje budista que como mero montañista, para buscar el retiro y la posibilidad de silencio y meditación en un mundo que parece moverse a un ritmo más tranquilo que el de nuestras ciudades, mal llamadas modernas.

el hombre que viajaba despacito

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Un comentario en “Práctica del montañismo

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