El sueño de Napoleón

Napoleón

Con excusa del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea —el famoso “Brexit”, perdón por el horrible vocablo, o “palabro”, tan de moda durante estos días—, en fecha reciente leía con perplejidad la comparación que el exalcalde de Londres realizaba entre nuestra maltrecha y más económica que nunca Comunidad Europea y tiranos del pasado como los nazis y el mencionado emperador del título. Quizá le faltó añadir a nuestro Carlos I para tener un triunvirato maldito, a sus ojos, de conquistadores “europeístas” deseosos de unificar el continente por las bravas.

Al margen de la opinión que tamaño papanatas pueda suscitarme, al leerlo me acordé de un detalle de la vida de Napoleón y, por desgracia, de sus subordinados, que me parece curioso y es el motivo de este ensayo.

No quiero hablar del sueño europeo de Napoleón, ni de sus ínfulas y ambiciones. El pequeño gran hombre, tan pagado de sí mismo, presumía, entre otras cosas, de su escasa necesidad de reposo. Un personaje tan ocupado como él no podía malgastar su tiempo —un tercio de su vida para ser exactos— del mismo modo que el resto de los mortales con los que, posiblemente, no se sentiría particularmente hermanado.

Se supone que dijo que “Las mujeres y los idiotas necesitan diez horas de sueño, los heridos ocho y los hombres seis”, lo cual parece retratarlo como machista —suavicémoslo indicando que fue un hombre de su tiempo— y como obtuso de esos que piensan que lo válido para uno lo es también para los demás, asunto este último que bien merecería una entrada del blog. En otra parte he leído que en la frase hablaba de seis para el idiota, cinco para la mujer y cuatro para el hombre, pero me parece más de fiar la primera cifra. No solo porque cuatro me resulten particularmente escasas sino porque en otro lugar leí que, generoso, suponía inferiores a él a sus hombres, y no solo en rango, y ya que él tenía bastante con cuatro o cinco horas concedía a sus subordinados que necesitasen seis horas de reposo. Y lo llevaba a rajatabla, forzando a la tropa a seguir aquellos horarios independientemente de las necesidades fisiológicas de cada quien. Por lo visto, el sueño del corso tampoco era continuado, sino bastante irregular, con periodos de reposo de dos o tres horas con despertares intermedios de activo trabajo. En esto demostraba que tampoco era tan especial ni sus trastornos del sueño caso único. Ya que estamos hablando de un líder insomne, podríamos aquí mencionar el caso de la Dama de Hierro británica que dormía poco y mal, martirizaba a sus ayudantes y, como es bien sabido, terminó sus días demenciada, asunto que no tendría nada de particular si no fuera por el hilo conductor de este artículo.

Por si alguien no lo sabe, debo indicar que parece demostrada una importante correlación entre escasez de sueño y demencia en edades avanzadas. Igual que la hay con estrés, mal genio, falta de concentración o, directamente, la muerte en caso de privación total y prolongada.

Como confesión personal, diré aquí que, hasta que no disfruté de las noches toledanas en compañía de mi retoño, jamás pude imaginar que se pudiera sobrevivir durmiendo tan poco. Y me atrevo a añadir, sin temor a confundirme, que la sucesión de noches de insomnio podía convertir los días en auténticas pesadillas.

Que Napoleón no se demenciase tampoco debe sorprender a nadie. Lo primero porque es cierto que no todo el mundo tiene la misma necesidad de sueño. Lo segundo porque murió relativamente joven y quizá no tuvo ocasión de desarrollar los signos visibles de la enfermedad. O sí lo hizo y ello, entre otras cosas, sirvió para dar pábulo a las teorías posteriores acerca de su posible envenenamiento, ya fuera como magnicidio o accidentalmente a través del arsénico empleado en diversas pinturas. Habrá incluso quien opine que no podía demenciarse más de lo que ya apuntaba desde joven, aquejado como estaba de megalomanía.

Falta saber, claro está, si la demencia de la británica tuvo que ver también con la química aprendida en su juventud y no con la falta de sueño, lo cual daría pie a una interesante investigación al tiempo que privaría a este ensayo de parte de su sentido. Aunque parece poco probable que manejase muchas sustancias peligrosas en su trabajo con la señora Hodgkin.

Pero no es ahora el señor Bonaparte quien me preocupa, sino sus infelices soldados. Si bien las crónicas y la propia literatura nos han mostrado siempre que sus veteranos y licenciados lo admiraron y adoraron reverencialmente cuando vivo y después de muerto, lo que no podemos comprobar de modo fehaciente es si entre ellos la tasa de demencia fue mayor que en el general de sus contemporáneos como consecuencia de esa privación forzada de horas de sueño ordenada por su Emperador. Quizá sería este un asunto de interés para los historiadores y arqueólogos de lo curioso. Aunque no veo probable que pueda realizarse comprobación alguna al respecto. Dejo, pues, la idea en esta breve nota y confío en que la correlación no sea extensible a tantos desdichados padres que pierden horas y días de sueño durante el cuidado de sus hijos, ya sea mientras son bebés o, peor aún, cuando ya de mayores deciden vivir con tanta libertad como desinterés por los sentimientos y preocupaciones de sus mayores.

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