Arte bidimensional

munnings going out at kempton

No pretendo hablar de pintura versus escultura. Ni de cine 2D frente a 3D. Ni menos aún de arte superficial frente a arte profundo, sean estos lo que cada cual pretenda. Se trata de un asunto mucho más sencillo. Quiero hablar de artistas plásticos tuertos, limitados por su deficiencia a la hora de percibir el mundo que querían plasmar y, me atrevo a suponer, impelidos por el mismo defecto a enamorarse de las facetas del arte para las que se les presuponía limitados.

¿Quién no ha cerrado alguna vez un ojo para mirar por un ocular de micro o telescopio? Igual que al hacer fotos o enhebrando una aguja. Es arquetípica la imagen del fotógrafo colocando ambas manos, pulgares extendidos, formando un rectángulo ante sus ojos y guiñando un ojo, por captar mejor el encuadre, prever la esencia de la imagen bidimensional que atrapará la cámara. Evidentemente no se ve igual. Pero no siempre ver con un ojo es signo de concentración o precisión. Con un ojo no se tiene profundidad de campo ni se calculan bien las distancias.

Los humanos poseemos visión estereoscópica, como los depredadores que deben lanzarse raudos sobre su presa. Nuestros antepasados saltaban de rama en rama y necesitaban tal visión. Por ello vemos en tres dimensiones. Pero, si nos falta un ojo, se acabó el 3D. Una limitación visual, sin duda. Propia de tuertos o estrábicos. Más frecuentes de lo que uno quiere pensar. Es relativamente fácil perder la vista, aunque solo sea la de un ojo y luego cause mayor terror pensar que un nuevo accidente ocular nos puede dejar ciegos.

Pero, sea por nacimiento o adquirido, el defecto no parece incompatible con las artes visuales, sino al contrario. Causa asombro —por lo menos a mí me lo produce— comprobar cuántas personas tuertas, o con importantes limitaciones visuales, se han dedicado al cine o la pintura a lo largo de la historia. Difícil comprobar si, en porcentaje, su presencia en este mundo se corresponde con la proporción general de los de su clase entre toda la población. Quizá sí, y tan solo parecen más notables por su peculiaridad, pero uno tiende a pensar que el mal que los aqueja les aumentó la atracción por lo visual.

No nos extraña saber de militares o escritores tuertos, para estos últimos tampoco la ceguera sería un impedimento. A nadie le parece que un Aníbal Barca se viera perjudicado por su falta. Tampoco que un Blas de Lezo o un Nelson fueran peores marinos aunque no tuvieran visión tridimensional. Aunque, pese al éxito de algunos de ellos y la impactante imagen que presentan, a nadie se le escapa que un torero tuerto pierde puntería al entrar a matar, aunque pueda compensarla con oficio. Desde luego ni Aníbal sería el mejor de los arqueros ni Moshe Dayán un gran tirador. Tampoco se sospecha de la sensibilidad de Luis de Camoens o James Joyce con su único ojo útil. Pero sí nos parece más raro y complejo el que un tuerto se dedique las artes plásticas, como si la percepción defectuosa significara menoscabo para su creatividad. Pintores como Victor Brauner o Sir Alfred J. Munnings. Un escultor como Francesco Fanelli. Pero, ante todo, un buen puñado de estupendos directores de cine entre los que se puede contar a John Ford, Raoul Walsh, Fritz Lang, André de Toth , Nicholas Ray, Sam Fuller o nuestro Fernando Trueba. Nadie pone en duda su arte. Al contrario, varios de ellos se cuentan entre los más grandes directores de la historia del séptimo arte y, sin embargo, su visión no era perfecta y un productor actual albergaría serias dudas a la hora de cederle un proyecto en 3D a cualquiera de los anteriores. Me pregunto si Trueba tiene previsto rodar en tres dimensiones alguna película.

Sea como sea, queda claro que, pese a la monocularidad, el arte no se vio perjudicado o, si lo fue, no se puede imaginar qué cotas sublimes habrían alcanzado los autores caso de haber rodado con los dos ojos y una visión perfecta. Pero claro, en la tierra de los artistas tuertos, igual que en cualquier tierra de artistas, los ojos físicos no han de ser lo esencial. ¿O es que imaginamos que un Monet, un Degas o un Rembrandt perdieron su valor cuando su visión se tornó defectuosa?

Me refería a visión bidimensional, no a arte plano, gris, sin sustancia. Son cosas bien distintas las dos dimensiones que sirven de continente y el arte —o la ausencia del mismo— que se puede colocar en su interior.

¡Cuántas personas con una visión magnífica serían incapaces de asomarse siquiera a la sensibilidad y oficio de alguno de estos artistas supuestamente limitados!

Hace falta bastante más que dos ojos, o uno bien usado, para ver lo que un verdadero artista, tuerto o no, desea mostrar al mundo.

john-ford

Un comentario en “Arte bidimensional

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