Paraíso perdido

angel caído

¡Qué poco valoramos el presente! Aún menos que el futuro que soñamos pero vemos irreal, mudable o, meramente, inalcanzable.

El presente no existe. Tan pronto es “luego” como se convierte en “ha sido”. Tan sutil y esquivo como para escapársenos entre los dedos, literalmente a cada instante. No es posible detenerlo y, por tanto, tampoco lo es pensarlo, porque siempre es ayer o mañana. En la mente, salvo la voz de la conciencia que una y otra vez nos repite su monótono “yo soy”, el presente no existe. Y aun ese breve anuncio lo transformamos en falsedad imaginada, convertido en un animoso e imposible “sigo siendo”, aceptando sin más la continuidad. “Hago”, “estoy haciendo”, significa “he hecho”, también “seguiré haciendo”. Si entramos en sutilezas, es sencillo negar la realidad del presente.

Lo cotidiano, sin embargo, no es sutil. Más bien brusco, imperativo, grueso. El vivir sí parece tener presente. Y, pese a todo, instante tras instante, lo dilapidamos. Pensando en un futuro por hacer, tratando de organizarlo. Para luego, indefectiblemente, convertirlo en pasado. Poco importa que haya sido realizado o no el plan, o menos de lo que queremos suponer. El proyecto o su ejecución quedaron atrás, dentro de lo que debería ser realidad y memoria, tan tangible nos parece. Y, sin embargo, al quedar en el pasado lo situamos en el ámbito de la leyenda. Leyenda cotidiana, de andar por casa. La mayoría de las veces. Leyenda, pese a todo. Con sus tintes de magia y ensoñación. Tan caros a nuestra mente, propensa a inventar, a revisar y convencerse de que el recuerdo real existe y es capaz de englobar el pasado.

¡Qué fácil es convertir la leyenda en magia! Embellecer el pasado, soñarlo con carácter retroactivo y convencerte de que ese fantasma evocado se corresponde con la siempre borrosa realidad. Nada mejor que inventar el pasado, sacralizarlo y convertirlo en real. Pensarlo y creerlo real, que es lo mismo y a lo que estamos acostumbrados. Construir, con lo que fue fútil o decepcionante, un paraíso perdido al que siempre podremos volver, añorantes. Como si lo que nunca fue hubiera sido lo único real de nuestra vida o del pasado soñado por otros antes que nosotros y que hemos heredado antes que el dinero o los bienes.

Parece hermoso heredar sueños. Olvidamos lo frecuentes que son las pesadillas. Y la escasa coherencia interna que muestran, las más de las veces, las ensoñaciones. Si convertimos el pasado en paraíso, soñaremos con su regreso en el futuro aún por hacer. Su retorno imposible o su remedo, igual de inalcanzable. Y así, convirtiendo el pasado en falsedad, soñamos falsos futuros. Conque, voilá, tras tanta vuelta hemos conseguido eliminar el presente para luego borrar el pasado y hasta el futuro. Consecuencia: hemos borrado la existencia toda. No se trata de viajar en el tiempo, no de traer un pasado remoto y soñado al presente, al futuro. Se trata de convertir todo en imaginario, mejor cuanto más desligado de la realidad.

¿Acaso sería ese supuesto paraíso de Adán y Eva, referido en la obra de Milton, un fantasma tan vacuo o inexistente como todos esos pasados, presentes y futuros que nuestra voraz imaginación aniquila, reconstruye e inventa? Otra cosa me sorprendería. “Cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Sí, porque el futuro era o parecía más extenso y estaba por hacer. Y olvidamos sinsabores, dudas, indeterminación o errores solo para tranquilizarnos y darnos un poco de esperanza, aunque sea falsa. Esperanza en un pasado irreal y un futuro imposible. Mimbres que parecen demasiado débiles para la razón y son, sin embargo, asumidos y abrazados por gente de toda época y condición.

¿Qué sería de nuestra mente sin tales asideros en un mundo cruel donde lo único seguro es lo finito de nuestro paso y lo intrascendente de nuestras obras?

¡Ay, mejor me quedo con el humor! Igual de falso y ligero que estas ensoñaciones pero bastante más saludable que esta absurda tristeza.

Un comentario en “Paraíso perdido

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